52 Retos·Marina·Relatos

#3 Noche de juegos

Empieza una historia con: “Estoy de pie en mi cocina…”. Debe ser una historia de suspense.

Estoy de pie en mi cocina cuando oigo las llaves en la puerta. Inmediatamente, se me ilumina la sonrisa y sigo pelando patatas en silencio, mientras la música caribeña inunda cada plato, la olla hirviendo y la sartén caliente. Creo que va a la habitación a cambiarse y mis sospechas se ven confirmadas cuando finalmente llega a la cocina y lleva un pijama de cuadros y zapatillas. Me sonríe y le sonrío. Me abraza por la cintura y apoya la barbilla en mi hombro, mientras echo las patatas en la sartén. “¿Qué haces?” me pregunta. “La cena” replico, dándole un beso suave. En ese momento se oye un quejido ahogado y se me eriza el vello de la nuca y él frunce el ceño. Le indico con la mirada que se ocupe y él asiente y abandona la cocina. Yo subo el volumen de la música y me centro en las espinacas, que están a punto de pasarse. Lo veo a tiempo y las retiro, ignorando el golpe seco que resuena fuera de los fogones. Cuando él vuelve está rojo y sudoroso, con la respiración alterada y el pelo hecho un caos. Tapo las patatas y lo peino amorosamente, agradeciéndole con un beso. Él parece relajarse y anuncia que se retira a leer el periódico, si no necessito su ayuda. Le doy permiso con una risita (quizás demasiado aguda) y le aviso que en diez minutos estará todo listo.

Cuando apago el extractor y pongo punto y final al Caribe, volviendo a mi casa adosada de barrio decente y tranquilo, la nieve me evoca sensaciones navideñas, a pesar de que ya es febrero y que esta Navidad ha sido un poco peculiar. Me quito esos pensamientos de la cabeza y cuando aparto la vista de la ventana lo vuelvo a oír. Esta vez el quejido es más suave, pero lo oigo perfectamente. A continuación algo golpea una puerta. Frunzo el ceño y voy hasta la sala de estar. John lee el periódico absorto, negando sutilmente. Con los brazos en jarras, mi mirada es furibunda. Parece surtir efecto, porque John levanta la cabeza y me mira sorprendido. El golpe se repite, evitándome cualquier explicación y él asiente. “Yo me encargo”. Me asegura. Suspiro y empiezo a poner la mesa. Como la música ya no me oculta ruidos exteriores, oigo perfectamente a John maldiciendo e insultando entre dientes. Un rumor de cadenas y el clic habitual me indican que al fin lo ha conseguido. Cuando vuelve parece satisfecho y se sienta frente a su plato. Lo imito y sirvo la cena. Empezamos a comer y entonces descubro la hora en el gran reloj de pared. “Las noticias”. Señalo. Él asiente otra vez y enciende el televisor. Este nos inunda de luz y sonido. Anuncios. En seguida la clásica melodía del telenoticias adorna unas líneas que cruzan la pantalla y las letras del título. Unos números señalan que ya son las nueve y una presentadora rubia de sonrisa artificialmente blanca nos da las buenas noches. El co-presentador que la acompaña, un hombre que ronda los cuarenta, con dentadura igualmente blanca e injertos de pelo en las entradas, repite sus amables palabras y presenta la primera noticia del día. Ha desaparecido un jugador de baloncesto. Por lo que parece fue secuestrado hace una semana, nadie lo había notado porque se iba de vacaciones. Debía volver ayer, pero no lo hizo y la familia descubrió que el piso había sido revuelto. La policia está investigando la escena del crimen y esperan que se pida un rescate en cualquier momento. A continuación, los presentadores dan algunos detalles de la prodigiosa vida del jugador y sus espectaculares habilidades físicas. Me levanto sin darme cuenta, estoy temblando. John pone una mano sobre la mía y me pide que me calme. Apaga el televisor. Aún me quedo de pie, tratando de relajarme, un minuto entero y finalmente me vuelvo a sentar. Cojo aire y lo suelto lentamente. “El sábado, en la noche de juegos de los Miller, vamos a hacer ver que no lo hemos visto”. Propongo. Él enseguida está de acuerdo conmigo. “¿Crees que van a volver a ganar?”, me pregunta pinchando una patata humeante. Me encojo de hombros. “Creo que hacen trampas. Los Smith ganaron la primera noche de juegos. Creo que este año los Cross y nosotros vamos a ser los que más nos esforcemos. No podemos ser los perdedores”. John mastica y hace una mueca de placer. Me ha quedado bien la cena. “Me gusta que nos reunamos cada 29 de febrero para la noche de juegos. Es muy divertido”. “Sí que lo es”.

Acabamos de cenar entre palabras banales y John me cuenta cómo le ha ido el día. Mientras él recoge la cena, yo caliento un plato en el microondas. Cuando el familiar pitido penetra mis oídos, saco el plato caliente y me coloco un pasamontañas y un abrigo negro encima de la bata. La puerta del sótano está cerrada con llave. La abro y enciendo la luz. Las escaleras se iluminan y veo el fondo. A la derecha, fuera de mi campo de visión se oye un ruido y la adrenalina empieza a inundarme, haciéndome sonreír. Bajo las escaleras y cruzo una segunda puerta. En la pequeña habitación observo el rincón. Los ojos inyectados en sangre me clavan una mirada entre furibunda y aterrorizada. La cadena en el pie se arrastra con un tintineo mientras él se desplaza hacia la esquina, John lo ha asustado bien. Coloco el plato en el suelo, a una distancia que sé que podrá alcanzar. Veo que hay vómito al lado del colchón viejo del suelo. Sin decir nada, me giro e ignoro sus gemidos de súplica, cerrando la pesada puerta de metal a mi espalda. Hicimos bien instalando una habitación del pánico, nos viene de perlas.

Me tumbo en la cama y paso el brazo izquierdo sobre la cintura de John, acercando su robusta espalda a mi pecho, oliendo su aroma y besándole la nuca. Noto como sonríe y se gira un poco para devolverme el beso. “¿Ha pasado algo?”. Niego con la cabeza y él asiente por tercera vez esa noche.

Seguimos el gps hasta el almacén. Entramos dentro con el coche y bajamos en silencio. John abre el maletero y entre los dos cargamos al hombre inconsciente hasta la jaula número 4. No hemos visto las otras tres. Volvemos al coche, cerramos el almacén y vamos con una sonrisa a casa de los Miller. Por fin es 29 de febrero y la noche de juegos está a punto de empezar. Los Cross ya están allí y beben vino mientras Lucinda les explica a los anfitriones el ascenso que recibió el mes pasado. Nos lo contó en la reunión de la asociación de vecinos cuando tuvimos que discutir la instalación de más iluminación en el vecindario, pero parece que una vez no es suficiente. Nos saludan efusivamente y nos sirven vino. John vuelve a felicitar a Lucinda y ácidamente le pregunta si está preparada para perder los juegos. Todos reímos y Bernie, la anfitriona, me pide que la ayude en la cocina. Allí no se limita a preguntarme mi opinión sobre el estado del pavo, sino que aprovecha para resoplar y quejarse sobre lo pesada que es Lucinda. Estoy de acuerdo pero añado que en el fondo es muy buena persona y que me gusta charlar con ella. Bernie tiene que ceder y darme la razón. “¿Habéis cerrado bien?”. Su voz es un murmullo y yo asiento. “¿Y Julian y Margaret?”, los Smith aún lo han llegado. “Supongo que no tardarán. Han llamado para avisar que se retrasarían”. Volvemos al comedor y nos sentamos en los sofás, Bernie aprovecha para explicar que su hijo Marcus volvió a Standford después de las Navidades y que le está yendo de maravilla. Pongo mi sonrisa más grande y la felicito por tener un hijo tan listo. Comento que nuestra Rachel decidió quedarse en Yale para estudiar y Bernie hace una sonrisa tan falsa como la mía. Los Cross no dicen nada y alegan no haber recibido noticias de ninguna universidad aún cuando les preguntamos si Joe ya ha sido aceptado en algún sitio. Sus risas agudas indican lo contrario pero nadie tiene la indecencia de comentarlo y Stuart, el marido de Bernie, añade que estas cosas llevan tiempo y deben ser pacientes. Justo entonces suena el timbre de la entrada y Bernie sale a recibir a los Smith mientras me pide que saque el pavo, por favor. Encantada compruebo que el color tostado del pavo es adecuado y lo retiro del horno. Saludo a los Smith y después de una breve charla de repetirnos las noticias que ya sabemos para “ponernos al día” nos sentamos a la mesa. “¿Habéis visto la noticia?”. Bernie sirve el pavo y parece ser un comentario natural pero la emoción del rostro la delata. Estoy segura que lleva toda la noche muriéndose por decir eso. “¿Qué noticia?” pregunta Lucinda. Y por su mirada de desprecio me doy cuenta que lo sabe tan bien como el resto, pero que no piensa caer en el juego de Bernie. “El jugador de baloncesto que alguien ha secuestrado”. “No había oído nada” añade el señor Smith. “Pues deberíais, podría ser importante para esta noche”. Bernie parece molesta con nuestra actitud pero nadie da su brazo a torcer. Después de cenar los Miller nos dirigen al estudio y abren un gran armario. Dentro hay una pantalla gigante y auriculares para todos. Nos sentamos en las sillas que hay delante el televisor. Stuart nos explica que han dedicado los últimos cuatro años a mejorar el sistema y que este año los juegos serán espectaculares. Bernie enciende la pantalla, esta está dividida en cuatro, una para cada campeón. Reconozco al jugador de baloncesto, que casi roza el techo de la jaula con la cabeza y zarandea los barrotes. Es el campeón número uno. “Hemos añadido máquinas de humo y armas escondidas” nos explica Stuart, orgulloso de su campo de juego. Lo felicitamos con sinceridad, queremos que el juego sea lo más emocionante y entretenido posible. “Bueno, ¿empezamos?” propone Lucinda, con los ojos brillantes de excitación. Stuart asiente y coge un micro. Todos nos ponemos los auriculares y observamos atentos la pantalla.

“Buenas noches, campeones. Bienvenidos a la Tercera noche de juegos bisiestos. Fuera de vuestra jaula tenéis un arma, cogedla y usadla. Tenéis cuatro horas para sobrevivir y acabar con los otros tres campeones. El ganador consigue la libertad. ¿Preparados? El juego empieza… ¡Ya!”.

Marina R. Parpal

3 comentarios sobre “#3 Noche de juegos

  1. ¡Me ha gustado mucho! Echo de menos, eso sí, un pelín de descripción más extensa de parejita de viejitos adorables para que el final sea más impactante, y la transición entre la primera noche y la de juegos debería ser, para mi gusto, más marcada ¡Estaré atenta a tus próximos relatos!

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