52 Retos·Guille·Relatos

#42 Perspectiva

Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.
 
“Imagina que un padre y su hijo suben al tren. Si sientan y esperan hasta que llegan a su parada. Cuando ya han llegado la madre les pregunta que cómo les ha ido.
-Muy bien, el niño no se ha movido en todo el trayecto.
¿Es esto verdad, Med? Depende del punto de vista. Según el padre, su hijo no se ha movido del asiento, y esto puede ser cierto. ¿Y qué pasa para un observador ajeno? El tren se ha movido, y con él el niño. Por lo tanto no es cierto que no se ha movido.
Todo en la vida es igual: depende del punto de vista. Así que no creas que tu perspectiva es la única, pues es absolutamente falso.”
Esta anécdota era de las preferidas de mi abuelo, cada vez que iba a su casa, me sentaba en su regazo y me explicaba su punto de vista de la vida. Vivía rodeado de relojes, en todas partes y de todos los tamaños. Esta tarde me he acordado de mi abuelo, de sus anécdotas, sus manías y de lo mucho que lo quería.
También he recordado su funeral, lleno de familiares y amigos, que el mismo había planeado con meses de adelanto. Pues mi abuelo era así: estaba obsesionado con el tiempo, en todas sus formas, y quería que sus momentos después de abandonar esta vida fueran tal y como él lo había planeado.
Cuando me enteré de su repentina muerte, acababa de volver de la escuela. Mi padre estaba en el sofá, llorando, con mi madre a su lado consolándole. Cuando me vieron me dijeron que me sentara, y me contaron que había tenido un infarto cuando estaba solo en su casa.
En ese momento no lo entendía, aun no comprendía lo que quería decir la muerte, no ver a alguien nunca más. Y aún no lo entiendo…

Y a los dos días me vistieron todo de negro y me llevaron al funeral. Nunca había visto a tanta gente junta tan triste. Allí vi a un montón de miembros de mi familia, incluso a los que solo veía por navidad.
-¡Palamedes! Por fin te encuentro.
Solo por el nombre reconocí quién era. Le encantaba hacerme rabiar con eso, pues sabía lo mucho que lo odiaba. Me giré y vi a mi prima Casandra, como era de esperar, con su pelo rojo recogido en una trenza. Cada vez que pienso en ella me acuerdo de ese momento, y de lo que me contó a continuación.
Los familiares se fueron turnando por el altar, leyendo elegías, discursos emotivos, poniendo vídeos llenos de fotos de mi abuelo. Entre alguno de estos poemas Cas me cogió de la mano y me apartó del gentío.
-Prométeme que no le dirás a nadie nada de lo que te voy a contar ahora. Por favor, prométemelo, Med. Y si se lo cuentas a alguien te mato.
Enredamos nuestros meñiques y apretamos fuerte. A día de hoy aún no le he contado esto a nadie, así que supongo que eres la primera persona. Además dudo mucho que esta promesa siga en pie, dado que hace un mes que murió…
-Es que no sé cómo decírtelo… Y encima seguro que no me crees. Yo ya sabía que el abuelo iba a morir. Tuve un sueño en el que mis padres me lo explicaban, y fue así como ocurrió en la realidad. No sé si fue solo una coincidencia o qué, pero no es la primera vez que me pasa.

Le iba a responder que no me lo creía, que seguro que me estaba gastando otra broma de las suyas, pero entonces un primo segundo nos pilló y nos devolvió entre la multitud de familiares lloriqueantes.

También consiguió decirme, entre susurros, que el abuelo Andrés le había dicho una vez, hacía años, que cuando fuera mayor tendrían una charla muy importante, como la que había tenido con su abuela. Y ya nunca podrían tener esa conversación.

Los últimos en hablar fueron mi padre y mi tío, el padre de Casandra. El texto que leyeron era un discurso que había escrito mi propio abuelo antes de morir. Y trataba de su tema favorito.
“La vida se basa en el tiempo. Nace de él y vuelve a su lecho tras la muerte. Y podemos encontrarlo en sus tres formas primordiales:
El pasado es aquel que va ganando terreno día tras día, y que solo podemos encontrarlo en nuestro recuerdo. No existe en forma física, pero nos marca a todos y nos hace tal y cómo somos. Éste es un tiempo muy importante, pero debemos tener cuidado y no caer en sus garras, vivir siempre en nuestros recuerdos, pues esto solo nos llevaría a la amargura.
Después está el presente, efímero por naturaleza. En un abrir y cerrar de ojos cambia y se vuelve pasado, ya fuera de nuestro alcance. Pero es el tiempo más preciado, el que nos hace sentir vivos y en el cual podemos elegir nuestros actos. Sin este tiempo ninguno de los otros sería posible, pues es el único que realmente existe.
Y por último está el futuro, aquel en el cual muchos de nosotros creemos vivir. La vida es aquello que pasa mientras hacer otros planes, o eso dicen. Y hay veces que parece ser cierto. Vivimos tan pendientes de nuestro futuro que en ocasiones se nos escapa lo más obvio, aquello que está delante de nuestras narices.
Si estáis oyendo esto es que mi tiempo ha acabado, pero no por ello quiero que estéis tristes. Debéis disfrutar del tiempo que aún tenéis en la tierra, y hacer todo lo posible por aprovecharlo. Utilizad el tiempo como combustible para hacer todo aquello que alguna vez habéis querido hacer, pues llegará un momento en el que será demasiado tarde. Luchad por aquello por lo que creéis, haced de vuestro tiempo algo valioso, así nunca habrá sido desperdiciado.
Y recordad: todo depende del punto de vista en el que se mire.”
Todo esto me ha venido a la mente mientras estaba paseando esta tarde. Estaba llegando a casa del ensayo con la banda cuando un niño corriendo me ha cogió por detrás del abrigo.
-Perdone, señor, ¿me puede decir la hora?
Al girarme creía estar viendo una ilusión: ese niño era idéntico a mi abuelo. Tenía sus mismos ojos y una pequeña cojera en la pierna derecha, por culpa de un accidente de bici cuando era pequeño.
-Señor, ¿me ha entendido?
-Sí, perdona… Son las 19:42. ¿No es muy tarde para que estés solo a estas horas?
-Bueno, eso según su punto de vista. En la otra punta del mundo ahora están despertándose.
Y volvió a salir corriendo, por lo que la cojera se le notaba aún más. Me quedé allí de pie, mirando como giraba la calle.
Al llegar a casa no he querido contarles nada a mis padres, estoy seguro que dirían que todo son imaginaciones mías. Y quizá no están equivocados. Pero una parte de mí está convencido que ese niño era mi abuelo.
Quizá debería subir al desván y mirar en la caja que nos dejó en herencia, le prometí que le echaría un vistazo en su lecho de muerte, y está acumulando polvo desde hace años.
Igual encuentro algo interesante.

Guillermo Domínguez

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