52 Retos·Guille·Relatos

#35 Deimos

 Piensa en tus miedos más oscuros. Haz un relato en el que a tu personaje le pasen al menos 2.
 
 
Hace ya dos años que el mundo desapareció. Estaba mirando mi propio reflejo cuando todo se volvió negro, dejándome allí sin saber qué hacer. 
 
Al principio me costó orientarme entre las sombras: constantemente tropezaba con la gente y los bordillos, a pesar de llevar bastón. Erik siempre me aconseja que me compre un labrador, pero no sabría cómo cuidarlo. Seguramente moriría de hambre porque no encontraría su comida o algo por el estilo. Ya tengo suficiente con cuidarme a mí misma, gracias.
 
Todavía me acuerdo de ese día, en el borde de un pequeño lago, mirándome a mí misma como si fuera la primera vez. Y acabó siendo la última. El médico me había aconsejado que permaneciera en casa, que bajara las persianas, así entraría la mínima luz. No seguí su consejo, preferí pasar mis últimos momentos con vista utilizándola para ver algo. Llevaba años con esa extraña enfermedad, mi vista fue degenerando poco a poco. Una lenta agonía. Pero tuve suerte de que Erik estuviera siempre a mi lado, sobre todo en esos primeros meses de oscuridad. No sé qué habría hecho sin él.
 
Era mi mejor amigo de la infancia, hasta que sus padres encontraron trabajo en otra ciudad y se mudaron. Nos escribimos cartas durante un tiempo, pero cada uno empezó a hacer su propia vida, y los mensajes se iban haciendo más escasos, hasta convertirse en tarjetas de Navidad o de cumpleaños. Pero de pronto, sin ningún motivo, volvió a la ciudad, y no podría haberlo hecho en mejor momento.

 
Las primeras semanas de mi ceguera fueron muy duras. Al principio mis padres me acompañaban a todas partes, pero ellos también tenían sus vidas y no se podían hacer cargo de mí todo el tiempo. Un día, a pesar de las prohibiciones de mi madre, decidí salir por mi cuenta. Tenía planeado ir al pequeño parque al lado de mi casa, cerca de la estación. Antes no me llevaba más de medio minuto, pero con mi problema actual tardé bastante más. Llegué bien y me senté en un banco a descansar, desde el que podía oler la marihuana de los niños del otro lado del parque. “Mis sentidos se están agudizando” pensé. Aunque claro, esos jóvenes llevaban años usando ese sitio como fumadero, no sé por qué mem sorprendía olerlos.
 
Después de tomar el sol un rato decidí volver a casa, no fuera que llegaran mis padres antes de tiempo y se asustaran al no verme allí. Inmersa en mis pensamientos y en no caerme, no me di cuenta de que había llegado un tren a la estación, y mientras yo bajaba lentamente las escaleras, una marabunta de pasajeros me rodeó. Me daban golpes por los lados, apartándome de su camino, y yo iba de un lado a otro intentando esquivarlos, sin éxito.
 
-Perdone… Disculpe –pero nadie me hacía caso, iban hablando por sus móviles o entre ellos, o simplemente nadie se daba cuenta de lo que estaba viviendo-.
 
Empecé a respirar cada vez más rápido, cuando de golpe una mano me agarró del brazo y me sacó del medio. Pensé que era uno de aquellos jóvenes drogadictos que venía a robarme al ver que estaba ciega o algo por el estilo. Estaba a punto de chillar cuando olí el perfume que llevaba mi misterioso atacante.
 
-¿Erik? ¿Eres tú?
 
No hace falta decir que habría reconocido aquel olor con los ojos cerrados, ¿no? Era un olor que me había acompañado gran parte de mi infancia.
 
-¡Dios, cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás? -empezó a lanzarme preguntas que no me daba tiempo a responder, pero estaba tan agradecida de poder oír su voz-.
 
Salimos de la muchedumbre y se dio cuenta de mi bastón. Le expliqué lo que me había pasado mientras me acompañaba hasta mi casa. Antes de entrar nos encontramos con David, mi vecino. Me preguntó cómo lo llevaba, y al explicarle que bien, ahora que había encontrado alguien que me ayudara, me pareció que se ponía nervioso. Supongo que el accidente que tuvo le sigue pasando factura.
 
Cuando vio que ya no había peligro alguno, Erik se fue, pero antes quedamos para dar una vuelta al día siguiente. No les conté a mis padres éste encuentro fortuito, porque a ellos nunca les había gustado mi amigo de la infancia. Siempre lo vieron como una mala influencia. A partir de aquel día, quedábamos cada tarde para pasear por la ciudad. Me cogía a su brazo y volvimos a ser tan inseparables como cuando éramos pequeños. Fue magnífico.
 
No quería separarme del todo de mi antigua vida, así que aún tenía cosas inútiles por la casa. Erik me ayudó a guardar todos mis libros en cajas y a meterlas en el trastero. A fin de cuentas, ya no podría usarlos más. Lo mismo pasó con el pequeño espejo que tenía en el bolso para maquillarme. Un día, paseando, me empezó a sangrar la nariz, con lo que él empezó a buscar pañuelos en mi bolso. Me los dio y me ayudó a parar la hemorragia, pero también me cogió aquel espejo y lo lanzó al suelo, rompiéndolo contra la acera.
 
-Vamos, ya estuvimos hablando de esto, no necesitas cosas inútiles en tu vida.
 
Mis padres empezaron a preocuparse por mí. Decían que me estaba volviendo cada vez más huraña, que me estaba encerrando en mi misma, y que ni siquiera levantaba la persiana por las mañanas.
 
-¿Y para qué voy a hacerlo? A mí me da igual cómo esté, porque no lo veo.
 
Si Erik hubiera estado allí me hubiera defendido, pero no fui capaz de decirles todo lo que pensaba, así que me fui de casa antes de que nos enfadáramos de verdad. Le llamé (él se había puesto en marcación rápida, solo me hizo falta apretar un botón) y enseguida me recogió. Me agarré a su brazo y empezamos a ir hacia el Parque del Búnker, en el que había perdido la vista. Siempre me había gustado ir allí, y no dejaría de hacerlo porque ya no pudiera disfrutar del paisaje.
 
Pero a medio camino me encontré con mis padres. Estaban preocupados por mí, decían que habían estado dando vueltas por el pueblo, temiendo que me pasara algo grave.
 
-Como veis estoy bien, tengo alguien que me acompaña, así que ya podéis volver a casa.
 
-¿De qué hablas? -mi madre seguía enfadada y se estaba comportando como una imbécil-.
 
-Mira, mamá, déjalo.
 
Seguimos con nuestro camino, pero mi madre aún no se había dado por vencida. Mientras mi padre seguía impasible, como siempre.
 
-Hija, ¿me puedes decir quién te acompaña?
 
-Erik, ¿es que acaso no lo ves? ¿Ahora eres tú la que se ha quedado ciega?
 
Pero notaba que algo andaba mal, mi madre había sonado asustada, y noté como mi brazo, el que estaba alrededor de Erik, caía al no tener donde agarrarse. Palpé a mi lado, pero no había nada. Quién fuera que había estado en ese momento había desaparecido, como si el Coyote mirara abajo y cayera al ver que estaba flotando en el aire.

 

Mis padres me cogieron y me llevaron a casa. Me prometieron que todo iría bien, que solo había sido una crisis nerviosa. Pero aún olía aquella colonia que me recordaba a mi infancia.
 
Guillermo Domínguez


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