52 Retos·Relatos

#21 Orchestra

Empieza una historia con: “Pero ese no era el final”. Haz un flashback y explica cómo ha(n) llegado hasta ese punto y el verdadero final.
Estoy sentada en el fondo, sin que él me vea. Él está en el centro del escenario, en calzoncillos (esos que parecen unos tejanos que tanto le gustan), hablando con una chica que finge ser su mujer. Él tiene muchos libros en las manos y no deja de gritarle. En realidad en esta escena no debería esta semidesnudo, pero así es como lleva toda la obra. De pronto se escucha la música infernal, y todo a mi alrededor empieza a temblar y a deshacerse en pedazos. Y se sumerge en la oscuridad. Pero ese no era el final.
No recuerdo el momento exacto en el que fui creada. Supongo que, como los sueños, llegué in media res. Y en estos años junto a él he interpretado a todos los personajes posibles. Sus amigos, su familia, sus amantes. He pasado por todas las personas de su vida, e incluso a otros personajes surgidos del fondo de su mente. Y esos son los mejores. Me dejan más libertad para expresarme, al no estar basada en nadie real puedo ser todo lo que quiera. 
Esta noche he sido el profesor del examen que tiene el lunes y esa chica al final de las butacas. El sábado tiene una obra y está muy nervioso. Lleva unos días soñando con sus frases y sus movimientos.
Estaba disfrutando mucho, pero, como cada noche, suena la maldita alarma y tenemos que volver a escondernos. Nos refugiamos en el fondo de su mente, al acecho, esperando que llegue la noche otra vez para poder interpretar una nueva función. Somos muchos aquí dentro. Estamos apretados unos a otros en esta maldita caverna. Cuando se apaga la luz para él se enciende la nuestra. Y por fin podemos salir y ser quienes somos en realidad, aunque esto implique ser miles de personas. 
Y aquí estoy ahora, a oscuras. Noto como mis articulaciones crujen cuando intento moverme. Empiezo a quedar sin respiración, todo da vueltas a mi alrededor. Y la luz se enciende. 
Me miro y soy un hombre, vestido con ropa informal, sentado y con un bolígrafo en la mano. Alzo la vista y le veo en medio de la gente, en lo que parece ser una feria del libro o algo parecido. Apaguen los teléfonos móviles, empieza la función.
Guillermo Domínguez
Marina·Relatos

Silencio

https://www.iradeo.com/station/embed/143153

Parece que el silencio sea más violento que el ruido desgarrador de un grito, un gemido, un sollozo escondido. Quizá sea por todo eso que conlleva estar callada, solo contigo, tu mente y tus dudas. Quizá sea por las miradas que compartimos cuando no hablamos, por tener que escuchar los latidos de un corazón muerto y darnos cuenta de que nada bombea nuestra sangre.

Quizá el silencio seas solo un monstruo terrible que acecha en los callejones de la memoria y nos persigue con un filo interminable. Nos apuñala callada y lentamente y vamos muriendo desangrados sin que nadie se dé cuenta. Quizá el silencio no es más que un arma arrojadiza usada por los que conocen la vida y el dolor y tratan de asustarnos, de echarnos en cara nuestro ruido, nuestra estúpida risa y las lágrimas que corren por nuestras mejillas sin que nadie pueda pararlas. Me quedé sin música y tuve que enfrentarme a mi silencio, a mis demonios, los que tanto buscaban en momento de morderme, poseerme con dolor infinito y quedarse mis entrañas. Son terribles los silencios cuando esperas y peores cuando nada puede hacerse. Un quizá está lleno de palabras, una esperanza y algo de temblor. Un nada está tan vacío que nos precipitamos sin fondo hacia el miedo, el terror absoluto. Quizá por eso la gente prefiera el grito y el aullido junto a la oreja, la música insulsa que no diga nada o que no se entienda. Enciende la radio. Está rota. Enciende el televisor. No hay luz. Corre, huye, la calle está desierta. Vuelve, el agua, haz correr el agua, hunde la cabeza en la bañera y escucha el rumor incansable que te ahoga e impide pensamientos. Muere. Pero no, para en el último instante. La muerte es el mayor silencio. Pero los demonios no pueden atraparme en ella, no debo enfrentarme a nada. Si solo encuentro oscuridad, habré ganado. Y muere. Pero ha perdido.
Marina R. Parpal
Reseñas

Justicia auxiliar #Ann Leckie

FICHA TÉCNICA

Títol original: Ancilliary Justice
Autor: Ann Leckie
Traductor: Victoria Morera
Any de publicació: 2002
Pàgines: 415
ISBN:  978-84-666-5688-7
Saga: Sí, es el primero de la trilogía Imperial Radch


SINOPSIS

En un planeta helado y remoto, una soldado llamada Breq se está acercando al cumplimiento de su misión. En el pasado, Breq era Justicia de Toren, una crucero de batalla colosal con una inteligencia artificial que conectaba a miles de soldados que servían al Radch, el imperio que había conquistado la galaxia.

Ahora, un acto de traición la ha hecho pedazos y solo cuenta con un único y frágil cuerpo humano, numerosas preguntas sin responder y un ardiente deseo de venganza.


RESEÑA


AUTORA

Ann Leckie nació en Ohio el año 1966. Durante su juventud no consiguió publicar ninguna de sus novelas de ciencia ficción, hasta que escribió Justicia Auxiliar. Después de tener a sus hijos, se convirtió en una ama de casa aburrida, por lo que participó en el NaNoWriMo de 2002, donde escribió el borrador de este libro, que ha ganado todos los premios importantes de este género y ha sido nominado en muchos más. Ha tenido muchos trabajos en su vida, y uno de ellos fue el de secretaria de la Unión de Escritores de Ciencia Ficción en Estados Unidos.

TRAMA
La trama nos sitúa en Nilt, el planeta helado de la sinopsis, donde Breq está llevando a cabo su venganza. El libro es totalmente adictivo, aunque no hay demasiada acción, pero no la necesita, desde mi punto de vista. Durante gran parte de la novela la historia salta del presente al pasado, en el que se nos va contando cómo ha ocurrido todo hasta el presente. Me ha parecido mucho más interesante el pasado, tanto por sus personajes como por lo que nos cuenta. Sobre todo no estéis esperando todo el rato el por qué, ya que este tarda bastante en descubrirse, y es mejor ir disfrutando del camino (lo que se tendría que hacer con todos los libros, vamos). Y ya os digo que vale la pena el camino.

Sus personajes me han parecido muy interesantes, sobre todo Breq, o Justicia de Toren. Es genial la manera en la que Leckie ha conseguido crear un narrador en primera persona que a la vez es omnisciente. Al ser la nave puede saber todos los movimientos, sentimientos y a veces pensamientos de los tripulantes de ella misma. Esta IA tiene múltiples cuerpos, llamados auxiliares, con los que se mueve y lleva a cabo los deberes que tiene como nave. Sigue a sus tenientes y su capitana y las obedece en todo lo que puede. Hay momentos en los que pasa diversas veces de un cuerpo a otro, por lo que se van saltando las escenas continuamente sin que haya ninguna distinción. Es un personaje muy complejo e interesante, me ha encantado.

Otro punto que quiero comentar es el mundo en el que se sitúa. Por algunos comentarios que dejan caer, se supone que es un mundo futurista en el que algún punto la humanidad salió de la Tierra y fue conquistando planetas. En el “presente” el Radch es un gran imperio governado por la Lord, que ha ido anexionando los diferentes planetas para volverlos “civilizados”. Este imperio tiene sus propias costumbres y religión, aunque Leckie dice en la entrevista al final de libro que está ligeramente basado en la Roma antigua.
Y un punto muy interesante de esta cultura es el género. Cuando se encuentran en territorio radchaai todos hablan en femenino, pero esto no es más que una “traducción” del idioma.

“Para las radchaais no es relevante ser hombre o mujer y el idioma que hablan, que es el mío, no indica, de ninguna forma, la distinción entre sexos.”

Cuando se encuentran en territorio del imperio hablan en femenino, y Breq piensa siempre así, pero si están en algún otro sitio tienen que tener cuidado no equivocarse del género. La autora explica muy bien este tema en su página web. Ella incluso dice que no sabe el género de muchos de sus personajes, porque este no es un hecho relevante para la trama. Y por lo tanto podréis entender que en un caso como este no mire si cumple los distintos tests.
Algo que me ha molestado es que se sabe el sexo de pocos personajes, pero casi todos son hombres… Si al final van a ser todos hombres, ¿por qué todo el rollo de que no importa el sexo? Pero bueno, la verdad es que me ha gustado mucho el tema de los pronombres menos en esto, es curioso leer una novel sin saber el género de sus personajes. También hay que felicitar a Victoria Morera, la traductora, por llevar a cabo este reto. Tiene que ser dificilísimo, porque además el inglés es un idioma bastante neutro en cuanto a adjetivos y nombres, por ejemplo.

Los temas de los que habla también son muy interesantes. habla de la colonización (las “anexiones” del Rach), de la identidad (con Breq y sus múltiples cuerpos), de una lucha entre conservadores y liberales… Hay que decir que para ser su primero novela, Leckie lo ha hecho realmente bien.

Esta trilogía se supone que está compuesta por libros independientes, aunque al final del primero hay bastantes tramas abiertas, y el final te deja ganas de más, mi miedo ahora es ver cómo resolverá esos puntos con una historia independiente…

OPINIÓN PERSONAL
A pesar de ir con las expectativas muy altas, tanto por su gran cantidad de premios como por las numerosas reseñas positivas que había leído, no me ha decepcionado para nada. Como he dicho, hay poca acción, pero me ha tenido enganchado a sus páginas. Me ha gustado ir descubriendo el mundo, los personajes y sus motivaciones… Aunque supongo que habrá gente que no le gustará del todo por este motivo.
Estoy deseando leer los siguientes libros, aunque por el momento no están en español…

En resumen, una gran novela de ciencia ficción con unos personajes y un mundo genialmente construidos.


VALORACIÓN


¿Lo habéis leído? ¿Queréis hacerlo?
52 Retos·Relatos

#44 Río rojo

Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.
-No te volveré a fallar, te lo juro.
-Lo siento, pero no te puedo perdonar.
El joven se arrodilló y le imploró perdón, pero ya no había nada que hacer. Luca le tocó la frente empapada de sudor y le despojó de toda su humanidad, convirtiéndolo en el monstruo que es ahora.
Yo supe todo esto más tarde, cuando mi hermano llegó para decirme que se marchaba, que ya no podía aguantar estar rodeado de esta gente, porque creía que era cuestión de tiempo antes de que todos le traicionasen. Tuvimos una gran discusión, en la que nos dimos cuenta de que teníamos puntos de vista muy diferentes sobre la vida y sobre el sentido de nuestra existencia y la de los demás. Entre lágrimas mutuas me abrazó y se alejó de allí sin mirar atrás. Aún no he vuelto a verle.
Habíamos llegado a aquel pueblo de mala muerte hacía solo unos días. La principal fuente de ingresos era una mina de la que se extraía sobre todo cobre. A veces, cuando había algún tipo de accidente en las profundidades de los túneles, se vertía el mineral y este llegaba al río que había justo encima, llenándolo todo de un color escarlata que, según los pueblerinos, solo traía desgracias.
Nosotros habíamos decidido fingir esta vez que éramos hermanos, lo que solíamos hacer. Compramos un pequeño palacete medio derruido sobre una colina y lo reconstruimos, creando el primer orfanato del pueblo. La mina era muy peligrosa, dejaba muchas viudas y huérfanos a sus espaldas, que hasta ese momento habían tenido que vivir en la iglesia, que ya se estaba quedando pequeña. Decidimos acoger a todos aquellos niños y cuidarlos. Les ofrecíamos cama, alimento y educación a aquellos que la querían. Cada mañana dábamos clases de leer y escribir, matemáticas básicas y alguna otra lección que creíamos importante para su futuro. Los demás niños se dedicaban a mendigar por las calles de la villa, sin recibir demasiado.
Un día fuimos a la mina para ver la situación en la que vivían los trabajadores. Habíamos oído tantas historias acerca de las desgracias que producía que se nos hacía raro que siguiera existiendo. Al entrar por la boca del túnel vimos de primera mano la putrefacción de los puntales, olimos los miasmas que provenían del interior, y nos preguntamos cómo era posible que alguien pudiera trabajar allí. Nos acercamos a las cabañas que había al lado, donde dormían (pues era lo único que hacían los mineros aparte de cavar) los trabajadores y sus familias. Allí fuimos a hablar con el jefe del lugar, y tras una breve charla, le entregamos una bolsa con dinero para que mejorara la situación. Sigo sin saber qué hizo con ese dinero.
Al salir de su “oficina” nos encontramos con un chico que habíamos visto alguna vez por el orfanato, y nos paramos a hablar con él. Su madre había muerto hace años con el parto de su última hermana, y su padre había sido enterrado bajo toneladas de piedra hacia tan solo unas semanas. Aún no habían encontrado el cuerpo. Había mandado a sus seis hermanos al orfanato, y él se había quedado allí, intentando ganarse el sustento de su numerosa familia.
Yo me despedí de ellos, ya que debía empezar a preparar la cena para los niños, y les dejé solos, hablando. Cuando volvió al palacete estaba sonriente, como hacía años que no le veía, y eso me alegró a mí también. 
Su alegría no duró mucho, porque esa noche ocurrió el primer asesinato. Nuestro orfanato se encontraba al lado del bosque, donde los niños solían salir a jugar por la tarde, después de las clases. En uno de esos juegos, un huérfano se había separado demasiado del grupo, y había acabado encontrando un cadáver destrozado. El alguacil llegó enseguida con sus ayudantes y se llevaron el cuerpo de la vista de los niños, que tardarían bastante tiempo en poder dormir.
El cadáver pertenecía al herrero del pueblo. Nadie sabía qué podía estar haciendo en el bosque, muchos supusieron que se dirigía a la mina, donde tenía una aventura con la mujer de algún minero o algo por el estilo. Pero lo que sí se sabe es que esa noche dos niños nuevos durmieron con nosotros en el orfanato. La madre no podía mantenerles, aunque solía venir y pasaba tiempo con ellos.
En un pueblo tan pequeño como ese, los rumores se propagan como una plaga. Después del segundo asesinato, tres semanas después del primero, la gente empezó a crear historias sobre asesinos en serie, monstruos, demonios.
Pero a pesar de todas esas desgracias Luca seguía desapareciendo en medio de la noche y aunque creía que no me daba cuenta, sabía hacia dónde se dirigía. Entabló una gran amistad con Cristian, el minero con los seis hermanos, y pasaba muchas horas con él. Quizá eran más que amigos, pero nunca se lo pregunté. Un día, al cabo de las semanas, me confesó que le había explicado todo, nuestro origen, nuestras capacidades… Él le había prometido que no se lo contaría a nadie y Luca le creyó. No le dije nada sobre el tema, porque siempre había sido el más sensato de los dos, confíe en su buen juicio.
Yo no era la única que había descubierto su relación. Más de un día volvimos a la mina con cualquier excusa, y cuando Luca se iba con Cris, otro chico se les quedaba mirando, desde la distancia. Cuando le pregunté por él a Luca me dijo que era el mejor amigo de Cris, y que no le daba buena espina. Nunca nombramos la palabra asesino por respeto a Cristian, pero los dos sospechábamos de él.
El jueves era el día de la colada, y me llevaba a los niños al río para que entre todos pudiéramos lavar la ropa. Nos ayudábamos entre nosotros, así aparte de tareas domésticas también les enseñaba a colaborar entre ellos. 
-¡Sangre!
Me giré y vi a una niña subida a una roca en medio del río, viendo como el agua que se acercaba teñía de carmesí todo a su paso. Saqué a los niños del agua y cogí la ropa que se había caído y que empezaba a ser arrastrada por la corriente. No me dio tiempo a salir de allí, y las piernas se me quedaron impregnadas de desgracia.
Ese hecho fue pasando de boca a boca y si los rumores no eran lo suficientemente disparatados por aquel entonces, la gente se superó. Muchos creían que el Apocalipsis estaba cerca, que aquellos asesinatos solo habían sido el preludio del fin del mundo. Y los demás, más sensatos, que hasta ese momento no habían creído las mentiras, admitían que algo raro estaba pasando. A partir de esa noche fue implantado un toque de queda por el alguacil, aunque hacía semanas que los pueblerinos intentaban estar en casa lo antes posible, no iban al bosque si no era completamente necesario y, sobre todo, nunca iban solos.
Los gritos de la muchedumbre nos despertaron a medianoche. Arropada bajo mi sabana, me asomé a la ventana. Allí abajo, rodeando el palacete, se encontraba el pueblo entero con antorchas y horcas en las manos. 
-¡Monstruos! -gritaban agitando el fuego en sus manos- ¡Devolvednos a los niños!
Luca me tocó en hombro con suavidad, asustándome. Él se había dado cuenta de qué estaba pasando.
Los rumores ya se habían esparcido y habían infectado las simples mentes de los pueblerinos. Solo necesitaban una excusa para lanzarse en contra de aquello que desconocían y que les causaba terror. Y esa excusa se la había proporcionado Cristian. Se había ido de la lengua, contando algo que no comprendía. Y la gente, en vez de cuestionarse la información que recibía, había decidido coger sus armas y se había lanzado hacia el “enemigo”. ¿Es que acaso iban a por los extranjeros para no tener que ir a por sus propios vecinos? ¿Está tan arraigada la violencia en su naturaleza?
-Coge a los niños y escóndelos en el sótano -susurró Luca-.
-¿Qué piensas hacer?
-Tú hazlo, ya.
Me puse mi bata y salí corriendo. Cuando entré en la habitación de los niños, muchos de ellos estaban llorando viendo a sus vecinos yendo a por ellos. Los demás estaban demasiado dormidos como para comprender algo. Los llevé a todos escaleras abajo y nos encerré con llave en el sótano.
Fuera empezaron a oírse gritos. Les obligué a taparse los oídos, aunque sabía que esos sonidos serían difíciles de olvidar, incluso para mí.
Cuando salí fuera, al cabo de las horas, me encontré con un pueblo fantasma, habitado por cadáveres sangrientos. Aparté la mirada de aquello y vi a Luca con la ropa llena de sangre, llorando. Entre las marañas de cuerpos vi uno rígido, manchado de sangre que no era suya y que no podía moverse ni gritar. El amigo de Cris estaba estirado en el suelo, mirando con ojos de pánico a Luca, que lo cogió del pie y se lo llevó a rastras. Lo miré mientras se alejaba hacia el bosque, dejando un rastro de sangre de la espalda del chico. Yo volví al orfanato y me quedé cuidando de los niños lo que quedaba de noche.
Por lo que me contó Luca, se encontró a Cris  en el poblado minero tirado en el suelo, con el lado derecho de la cabeza sangrando. Los mineros le habían empujado cuando este había intentado impedir que fueran a por nosotros y se había golpeado la cabeza con una piedra al caer. Había querido evitar el derramamiento de sangre causado por su culpa, pero aún así todos habían muerto.
Cristian le había convertido en un monstruo. Y Luca hizo lo mismo a él. Le encerró en aquel bosque para la eternidad, obligándole a alimentarse de aquellos que se perdieran entre sus árboles. La primera vida que se cobró fue la de su mejor amigo, el verdadero asesino, pero muchas siguieron después de esta.

Cogí a los niños y los llevé al pueblo más cercano, donde los aceptaron en el orfanato. Me dolió tener que dejarlos, pero era lo mejor tanto para ellos como para mí. Los vigilé a lo largo de los años, y aunque tuvieron una vida muy difícil, esta no fue infeliz del todo. Aunque nunca olvidaron ese pueblo y lo que habían vivido allí.
El pueblo estuvo deshabitado durante años, pero una familia sin un techo bajo el que cobijarse encontró entre esas ruinas un hogar, y poco a poco, gracias a más familias como esta, fue volviendo a la vida. Al principio siguieron trabajando en la mina, pero esta acabó por perder el poco valor que había tenido. Se centraron en el río, en sus muchos peces y, más tarde, instalaron una central hidroeléctrica. Aquel pueblo de mala muerte pasó a ser una ciudad próspera, y en la actualidad no tiene nada que envidiarle a la capital. Sigue manteniendo su esencia, aunque en sus entrañas viva el hijo de la corrupción del hombre.

Guillermo Domínguez
Marina·Relatos

Contacto

Hacía tiempo que investigábamos la señal. La habíamos percibido hacía tan solo unos meses, algo leve y lejano pero claramente artificial. Se barajaron algunas opciones, algunas escépticas propusieron teorías de lo más pintorescas en que esa señal podía ser emitida por medios naturales. Pero desde el principio algo me había dicho que no era así y tenía la ferviente creencia que algo más similar a nosotros de lo que creíamos estaba listo para conocernos.

Y, finalmente, llegó el día en que fuimos capaces de percibir con más claridad la señal. Lo que al principio había sido una imagen borrosa cobró definición y vimos cosas, muchas cosas. Pronto a la imagen se le sumó el sonido y pudimos comprobar que los seres hablaban. Eran bípedas y de una medida menor a la nuestra, con pelo solo en algunas partes del cuerpo. Tardamos en darnos cuenta que se cubrían con telas de diferentes medidas y colores. No tenían una coherencia concreta, ni se definían por una única líder. Empezamos a trabajar, a aprender sobre ellas y sus sociedades, había miles. Parecía imposible hacerse una idea concreta de ese  mundo que según la información que daban estaba tan lejano. Por lo visto, hacía centenares de años que habían lanzado las imágenes al universo. ¿Acaso se habrían extinguido en ese período de tiempo? Era la primera cultura alienígena con la que hacíamos contacto y nos era imposible hacer nada más que mandar imágenes de vuelta y esperar que las recibieran en medio milenio. Aunque nuestra tecnología parecía superior, quizá tardaba menos. ¿Pero cómo sabríamos que nuestro mensaje se recibía, si debíamos esperar siglos antes de conocer la respuesta? La euforia de saber que no estábamos solas en el universo se me contagió solo por un instante, mientras veíamos las imágenes y antes de ver evidencias del tiempo pasado desde su creación y lanzamiento. Después me invadió una profunda desazón, jamás vería el desenlace de esa historia. Y, aunque debía estar orgullosa y feliz por mi civilización y sus futuras científicas, no era así, solo sentía decepción. Callé y sonreí ante mis compañeras, seríamos premiadas y las líderes de todo el mundo querrían conocer al equipo que descubrió otra vida en el universo. ¡Seremos ricas! Exclamó alguien. Yo solo asentí.

Recuerdo esto desde la maltrecha habitación que ocupo desde que me volví demasiado mayor mientras miro en la pantalla las astronautas encargadas de ir a conocer a nuestras vecinas espaciales. La sonda que mandaron las que ocuparon nuestro lugar ha vuelto con buenas noticias y más rápido que las imágenes: la especie aún existe y quiere conocernos. Nadie me ha invitado, una vieja gloria poco original.
Marina R. Parpal
Proceso

Capítulo 1: Postrimería o El origen de todo

Aprovechando que me ha tocado inaugurar esta nueva sección, me gustaría hablaros de un relato muy especial para mí: Postrimería. Este fue uno de los primeros relatos que escribí de manera más seria, hasta entonces solo había escrito el inicio de decenas de novelas que no habían llegado ni a las 10 páginas (y pocas eran las que llegaban a tanto). Pero que no escribiera en serio no significa que no creara, porque nunca he dejado de crear mundos e historias, pero no conseguía plasmarlos de la manera que quería. No me convencían como estaban escritos, y los empezaba una y otra vez hasta que dejaba la historia estancada y se perdía entre mis recuerdos.
El origen de Postrimería, aunque suene a cliché, fue a través de un sueño. Ese sueño también lo plasmé, aunque cambié varios detalles, en Ocaso, y acabé dándole otro trasfondo (finalmente es un sueño de Will, obsesionado con el niño que despareció en Litha).
En este sueño yo estaba en una especie de parque de atracciones, y me subía a la montaña rusa. Cuando esta estaba en el punto más alto, se desplomaba y yo caía con ella, pero al aterrizar no me había hecho ningún daño. Miraba a mi alrededor pero no veía nadie, hasta que, investigando un poco, veía a alguien bajar unas escaleras. Me decidí a bajarlas y allí había una especie de sala de espera, donde había bastante gente. Aquí es donde empieza a cambiar el sueño del relato, porque en mi sueño nos cansábamos de esperar y decidíamos jugar a una especie de balonmano (no me preguntéis por qué, yo tampoco logro comprenderlo). Poco a poco me empezaba a dar cuenta de que las paredes y las camisetas de la gente se estaban volviendo rojas, y fue cuando comprendí que estaba muerto, y había acabado en el infierno. Completamente asustado, corría escaleras arriba y llegaba al exterior, donde había gente. Empezaba a gritarles y a moverme delante suyo, pero nadie me veía, a excepción de una señora en silla de ruedas que reía sin parar: estaba loca. Aquí mi sueño vuelve a degenerar, porque varias personas también intentan subir las escaleras y yo las intentaba parar tirándoles sillas que habían aparecido de la nada. Y supongo que me desperté poco después.
Este sueño me encantó, a pesar del miedo que había pasado, y fue lo que me impulsó a escribirlo. Al principio se convirtió en varias redacciones del instituto, que aproveché para ir probando varias cosas, hasta que decidí dejar solo la esencia y cambiarlo todo. 
Y dándole vueltas acabé convirtiendo este sueño en una actualización del mito de Caronte, que es como ha acabado definitivamente. Presenté este relato al concurso literario de mi instituto, pero no gané. Y fue gracias a esto que decidí escribir más, intentando mejorar con cada relato que escribiera. A día de hoy aún no he ganado ningún concurso de relatos ni nada parecido, y sigo escribiendo para mejorar. 
Postrimería sentó las bases de lo que acabaría llamándose “Diégesis“, el nombre que le he puesto al mundo que he creado, y donde se sitúan la mayoría de relatos que hay en este blog. Me gusta ver como los diferentes personajes que he creado a lo largo de los años se relacionan entre sí, como van creando una historia conjunta desde sus diferentes puntos de vista. Como he dicho antes, nunca he dejado de imaginar, aunque no escribiera, y a partir de Postrimería esas historias enterradas en el fondo de mi memoria volvieron a surgir, muchas de ellas algo cambiadas, y fue cuando empecé a escribir con más ganas.
Me estoy alargando mucho para la moraleja a la que quiero llegar: escribe. Ya, no es demasiado profunda, pero es lo que quiero deciros. Nada debe impedir que creéis aquellos que os guste, ni el fracaso ni siquiera vosotros mismos. Así que, si de verdad quieres escribir, ponte a hacerlo ya.
52 Retos·Relatos

#28 Coro

 Escribe un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Céntrate en cómo llegó a tener esa llave y qué abre.
“Y ahora, despierta.”
Mis parpados se van abriendo lentamente, dejando pasar la luz hacia mi retina. Me incorporo con dificultad (no he dormido bien) y entonces me doy cuenta de que hay algo frío en mi puño cerrado. Mi mano se abre y me muestra una pequeña llave negra, oxidada. La acerco a la ventana, en busca de alguna pista sobre su origen, pero es completamente lisa. Oigo unas voces en el pasillo y me guardo la llave en el zapato, no quiero que me quiten el único objeto que tengo.
Se oye un ruido de llaves y se abre la puerta (nota mental: probar de abrirla con mi llave más tarde). Un carcelero entra y trae consigo un chico de unos 20 años, que mira al suelo como avergonzado.
-Te traigo un nuevo compañero de juegos, espero que lo paséis bien.
Abandona la habitación y cierra la puerta, pero echar el cerrojo. Ya son las nueve, y nos dejan salir para que estiremos un poco las piernas. Miro al chico, pero este sigue en la misma posición, y el pelo no me deja verle bien.
-¿Prefieres la litera de arriba o la de abajo?
Alza la vista y me mira sin comprender, hasta que pasea la mirada por la habitación y ve que estoy sentado en la cama de abajo, donde llevo durmiendo bastante tiempo. A mi último compañero se lo llevaron hace un par de semanas a otra ala, debido a su comportamiento violento. Pagó su rabia contra la pobre señora Delgado, una adorable anciana que sigue viendo a su hijo muerto. Incluso le da de comer.
-Me gusta más la de arriba, si no te importa -dice mientras mueve la cabeza tímidamente en su dirección-.
-Perfecto, así no tengo que moverme. Y ahora deberíamos ir a desayunar, las tostadas se acaban en seguida.
Nos sentamos en una mesa pequeña con nuestras bandejas (sin tostadas, nos hemos tenido que conformar con unos cereales con leche y una manzana). Cuando se aparta el pelo para comer, me doy cuenta de que creo conocerle. Me recuerda a alguien que conocí hace muchos años, pero no consigo saber quién.
-Y dime, ¿qué hiciste para entrar aquí?
-Dicen que soy un pirómano, que incendié la casa de mis vecinos -el pelo le ha vuelto a caer sobre la cara mientras remueve los cereales sin probarlos-. Ni siquiera tienen en cuenta que si hubiera habido un poco de viento mi casa también habría ardido…
Por la manera en que lo dice supongo que fue su defensa en todo momento, pero esa frase no le había conseguido la libertad.
Más tarde nos tocó ayudar a preparar la comida para la noche. Era el trabajo de mi compañero, pero me había cambiado el turno con el vecino de la habitación de enfrente (su hija había muerto en un accidente de coche y él se dedicaba a verla por la calle, por eso se lleva bien con la señora Delgado) para que no se sintiera solo. Por algún motivo me sentía responsable de él.
Mientras limpiábamos los platos y cazos noté como se quedaba absorto mirando el fogón en el que aún estaba trabajando uno de los cocineros (a nosotros no nos dejan acercarnos ni a las llamas ni a los cuchillos). Yo aparté la mirada rápido, no soporto la imagen del fuego.
Ahora estamos en nuestras camas, y creo que él ya se ha dormido. Hace un momento me ha preguntado por qué estoy yo aquí. Le he tenido que confesar lo que le pasó a mi mujer y a mi hija. No hay día en el que no piense en ellas. No consigo hacer que los doctores vean lo mucho que las quería, que hubiera sido incapaz de hacerles daño.
Doy una vuelta en la cama, apartando todos esos pensamientos y preparándome para dormir. Y, como cada noche, empieza a escucharse una pequeña melodía de violín por los pasillos. Cuando estaba en casa creía que me iba a volver loco, ni siquiera podía dormir, ahora pienso que es parte de mí. Incluso me cuesta dormirme hasta que no la escucho. La verdad es que me he cansado de hacer que todo el mundo la oiga, sin resultado, así que he acabado aceptando que está solo en mi cabeza.
El sol se asoma desde la pequeña ventana sobre el pequeño retrete y hace que me despierte. Aún en la cama me asomo y miro hacia arriba, pero no veo a mi compañero. Me levanto, me desperezo un momento y salgo de la habitación a la búsqueda de mi nuevo amigo. Me asomo al comedor, pero no le veo, así que pruebo suerte en el sótano, donde algunos enfermos hacen la colada. Allí me saluda el jefe de sección, que tampoco sabe dónde está. Como no ha habido suerte salgo de allí y me dirijo al comedor de nuevo, cuando lo oigo otra vez. Reconozco las primeras notas del violín, y al girar una esquina la veo delante de mí, mirándome a los ojos con la cara llena de hollín. Esta exactamente igual que siempre, con el camisón descolorido y la parte baja quemada. Todavía huele a humo. En su mano descansa un mechero que parece dorado, en perfecto estado, como si nunca se hubiera movido del despacho de mi padre. 
No puedo quitar la vista de sus ojos profundos, cuando ella levanta una mano en mi dirección, esperando a que acepte su caricia. Ese movimiento me devuelve a la realidad, me giro y salgo corriendo de allí, hasta que desaparece la canción de mis oídos. 
Ya en el comedor otra vez, me encuentro a mi compañero, que solo había estado en la habitación de al lado, oyendo batallitas del enfermo. Me pregunta si estoy bien, que me ve muy pálido, y solo le contesto que me ha entrado morriña, que ojalá estuviera en casa con mi familia. Lo cual es cierto.
A partir de aquí el día sigue normal, pero no puedo quitarme de la cabeza la canción, y todos los recuerdos que esta conlleva. Recuerdo a la chica que fumaba delante de mi ventana cada noche, de cómo la miraba a través de los huecos de la persiana, y de cómo se desnudaba, aunque sabía que yo estaba allí. Recuerdo también aquellas tardes de verano, estirado en mi cama sin hacer nada, tan solo escuchando el violín de la casa de enfrente. Una noche me habló desde su ventana, a pesar de que no lo había hecho nunca, pidiéndome fuego. No tendría que haber intentado complacerla.
El chico me despierta de mi ensueño, avisándome de que se ha acabado nuestro turno arreglando el jardín (que no está demasiado bien cuidado, somos de los pocos que se preocupan por el trozo de tierra que nos dejan tocar), así que volvemos juntos a la habitación. Hablamos un buen rato hasta que se apagan las luces, momento en el que pasa el celador revisando cada habitación en busca de comportamientos extraños. De esos nunca faltaran en un sitio como este.
En plena noche me despierta de nuevo la melodía. Finjo no oírla y me giro en la cama, de espalda al resto de la habitación. Pero el tono va subiendo y mis nervios se pierden enseguida. Me levanto de golpe, para pedir ayuda a mi compañero, pero no está. Empujo la puerta con suavidad y esta se abre, aunque no debería hacerlo. Voy a la habitación de al lado, a la que también puedo entrar, pero tampoco hay nadie a quien pedir ayuda. Oigo el violín al fondo del pasillo, amenazándome con atraparme, pero huyo en dirección contraria. Por mucho que corra siempre noto su presencia detrás de mí, por mucho que no quiera girarme. La carrera me lleva a dar la vuelta a todo el hospital, hasta llegar de nuevo a mi habitación, que esta vez está cerrada. Empujo con todas mis fuerzas la puerta, sin que se mueva. Me giro y allí está ella. Noto algo frío en mi zapato, y no hace falta que mire para saber qué es. 
“Abre la puerta, vamos.”
Me agacho, cojo la llave y abro la puerta lentamente, temiendo lo que pueda encontrarme. 
Y detrás estoy yo, de pie en mi cocina con una garrafa de gasolina en las manos, esparciendo su contenido por todas partes. Cuando las paredes y muebles ya están lo suficientemente empapados, saco un mechero del bolsillo, y prendo fuego a mi hogar. Las llamas empiezan a correr por el suelo, y aprovecho que aún no son muy grandes para salir de allí. Cierro la puerta, y mientras bajo las escaleras puedo oír perfectamente los gritos de mi hija en su habitación.
“Ya está, lo tenemos.”
Mis parpados se van abriendo lentamente y veo que estoy atado a una silla. Intento liberarme de las cuerdas, y me doy cuenta que delante de mí hay tres hombres mirándome fijamente. Por sus batas puedo deducir que dos de ellos son doctores, mientras que el otro viste un traje y apunta algo en unos papeles. 
-Creo que esto será válido para el juez, ahora solo hay que esperar al juicio -comenta el hombre del traje, mientras les da la mano a los otros hombres-. Este método vuestro es muy eficaz, que no os extrañe que os llamemos más veces cuando tengamos algún caso complicado. 
-Y nosotros estaremos encantados de poder ayudar -dice el doctor más alto, que me empieza a quitar las correas.
El celador me devuelve a mi habitación, donde está mi antiguo compañero, que igual no atacó a la señora Delgado como pensaba. Me saluda con la cabeza y me estiro en mi cama. No paro de darle vueltas a lo que acabo de ver, la confirmación de mi culpabilidad, cuando noto que alguien se sienta en la cama. Ella me mira desde la punta del colchón, sonriéndome, y se estira a mi lado.
Guillermo Domínguez