52 Retos·Guille·Relatos

#44 Río rojo

Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.
-No te volveré a fallar, te lo juro.
-Lo siento, pero no te puedo perdonar.
El joven se arrodilló y le imploró perdón, pero ya no había nada que hacer. Luca le tocó la frente empapada de sudor y le despojó de toda su humanidad, convirtiéndolo en el monstruo que es ahora.
Yo supe todo esto más tarde, cuando mi hermano llegó para decirme que se marchaba, que ya no podía aguantar estar rodeado de esta gente, porque creía que era cuestión de tiempo antes de que todos le traicionasen. Tuvimos una gran discusión, en la que nos dimos cuenta de que teníamos puntos de vista muy diferentes sobre la vida y sobre el sentido de nuestra existencia y la de los demás. Entre lágrimas mutuas me abrazó y se alejó de allí sin mirar atrás. Aún no he vuelto a verle.

Habíamos llegado a aquel pueblo de mala muerte hacía solo unos días. La principal fuente de ingresos era una mina de la que se extraía sobre todo cobre. A veces, cuando había algún tipo de accidente en las profundidades de los túneles, se vertía el mineral y este llegaba al río que había justo encima, llenándolo todo de un color escarlata que, según los pueblerinos, solo traía desgracias.
Nosotros habíamos decidido fingir esta vez que éramos hermanos, lo que solíamos hacer. Compramos un pequeño palacete medio derruido sobre una colina y lo reconstruimos, creando el primer orfanato del pueblo. La mina era muy peligrosa, dejaba muchas viudas y huérfanos a sus espaldas, que hasta ese momento habían tenido que vivir en la iglesia, que ya se estaba quedando pequeña. Decidimos acoger a todos aquellos niños y cuidarlos. Les ofrecíamos cama, alimento y educación a aquellos que la querían. Cada mañana dábamos clases de leer y escribir, matemáticas básicas y alguna otra lección que creíamos importante para su futuro. Los demás niños se dedicaban a mendigar por las calles de la villa, sin recibir demasiado.
Un día fuimos a la mina para ver la situación en la que vivían los trabajadores. Habíamos oído tantas historias acerca de las desgracias que producía que se nos hacía raro que siguiera existiendo. Al entrar por la boca del túnel vimos de primera mano la putrefacción de los puntales, olimos los miasmas que provenían del interior, y nos preguntamos cómo era posible que alguien pudiera trabajar allí. Nos acercamos a las cabañas que había al lado, donde dormían (pues era lo único que hacían los mineros aparte de cavar) los trabajadores y sus familias. Allí fuimos a hablar con el jefe del lugar, y tras una breve charla, le entregamos una bolsa con dinero para que mejorara la situación. Sigo sin saber qué hizo con ese dinero.
Al salir de su “oficina” nos encontramos con un chico que habíamos visto alguna vez por el orfanato, y nos paramos a hablar con él. Su madre había muerto hace años con el parto de su última hermana, y su padre había sido enterrado bajo toneladas de piedra hacia tan solo unas semanas. Aún no habían encontrado el cuerpo. Había mandado a sus seis hermanos al orfanato, y él se había quedado allí, intentando ganarse el sustento de su numerosa familia.
Yo me despedí de ellos, ya que debía empezar a preparar la cena para los niños, y les dejé solos, hablando. Cuando volvió al palacete estaba sonriente, como hacía años que no le veía, y eso me alegró a mí también.
Su alegría no duró mucho, porque esa noche ocurrió el primer asesinato. Nuestro orfanato se encontraba al lado del bosque, donde los niños solían salir a jugar por la tarde, después de las clases. En uno de esos juegos, un huérfano se había separado demasiado del grupo, y había acabado encontrando un cadáver destrozado. El alguacil llegó enseguida con sus ayudantes y se llevaron el cuerpo de la vista de los niños, que tardarían bastante tiempo en poder dormir.
El cadáver pertenecía al herrero del pueblo. Nadie sabía qué podía estar haciendo en el bosque, muchos supusieron que se dirigía a la mina, donde tenía una aventura con la mujer de algún minero o algo por el estilo. Pero lo que sí se sabe es que esa noche dos niños nuevos durmieron con nosotros en el orfanato. La madre no podía mantenerles, aunque solía venir y pasaba tiempo con ellos.
En un pueblo tan pequeño como ese, los rumores se propagan como una plaga. Después del segundo asesinato, tres semanas después del primero, la gente empezó a crear historias sobre asesinos en serie, monstruos, demonios.
Pero a pesar de todas esas desgracias Luca seguía desapareciendo en medio de la noche y aunque creía que no me daba cuenta, sabía hacia dónde se dirigía. Entabló una gran amistad con Cristian, el minero con los seis hermanos, y pasaba muchas horas con él. Quizá eran más que amigos, pero nunca se lo pregunté. Un día, al cabo de las semanas, me confesó que le había explicado todo, nuestro origen, nuestras capacidades… Él le había prometido que no se lo contaría a nadie y Luca le creyó. No le dije nada sobre el tema, porque siempre había sido el más sensato de los dos, confíe en su buen juicio.
Yo no era la única que había descubierto su relación. Más de un día volvimos a la mina con cualquier excusa, y cuando Luca se iba con Cris, otro chico se les quedaba mirando, desde la distancia. Cuando le pregunté por él a Luca me dijo que era el mejor amigo de Cris, y que no le daba buena espina. Nunca nombramos la palabra asesino por respeto a Cristian, pero los dos sospechábamos de él.
El jueves era el día de la colada, y me llevaba a los niños al río para que entre todos pudiéramos lavar la ropa. Nos ayudábamos entre nosotros, así aparte de tareas domésticas también les enseñaba a colaborar entre ellos.
-¡Sangre!
Me giré y vi a una niña subida a una roca en medio del río, viendo como el agua que se acercaba teñía de carmesí todo a su paso. Saqué a los niños del agua y cogí la ropa que se había caído y que empezaba a ser arrastrada por la corriente. No me dio tiempo a salir de allí, y las piernas se me quedaron impregnadas de desgracia.
Ese hecho fue pasando de boca a boca y si los rumores no eran lo suficientemente disparatados por aquel entonces, la gente se superó. Muchos creían que el Apocalipsis estaba cerca, que aquellos asesinatos solo habían sido el preludio del fin del mundo. Y los demás, más sensatos, que hasta ese momento no habían creído las mentiras, admitían que algo raro estaba pasando. A partir de esa noche fue implantado un toque de queda por el alguacil, aunque hacía semanas que los pueblerinos intentaban estar en casa lo antes posible, no iban al bosque si no era completamente necesario y, sobre todo, nunca iban solos.
Los gritos de la muchedumbre nos despertaron a medianoche. Arropada bajo mi sabana, me asomé a la ventana. Allí abajo, rodeando el palacete, se encontraba el pueblo entero con antorchas y horcas en las manos.
-¡Monstruos! -gritaban agitando el fuego en sus manos- ¡Devolvednos a los niños!
Luca me tocó en hombro con suavidad, asustándome. Él se había dado cuenta de qué estaba pasando.
Los rumores ya se habían esparcido y habían infectado las simples mentes de los pueblerinos. Solo necesitaban una excusa para lanzarse en contra de aquello que desconocían y que les causaba terror. Y esa excusa se la había proporcionado Cristian. Se había ido de la lengua, contando algo que no comprendía. Y la gente, en vez de cuestionarse la información que recibía, había decidido coger sus armas y se había lanzado hacia el “enemigo”. ¿Es que acaso iban a por los extranjeros para no tener que ir a por sus propios vecinos? ¿Está tan arraigada la violencia en su naturaleza?
-Coge a los niños y escóndelos en el sótano -susurró Luca-.
-¿Qué piensas hacer?
-Tú hazlo, ya.
Me puse mi bata y salí corriendo. Cuando entré en la habitación de los niños, muchos de ellos estaban llorando viendo a sus vecinos yendo a por ellos. Los demás estaban demasiado dormidos como para comprender algo. Los llevé a todos escaleras abajo y nos encerré con llave en el sótano.
Fuera empezaron a oírse gritos. Les obligué a taparse los oídos, aunque sabía que esos sonidos serían difíciles de olvidar, incluso para mí.

Cuando salí fuera, al cabo de las horas, me encontré con un pueblo fantasma, habitado por cadáveres sangrientos. Aparté la mirada de aquello y vi a Luca con la ropa llena de sangre, llorando. Entre las marañas de cuerpos vi uno rígido, manchado de sangre que no era suya y que no podía moverse ni gritar. El amigo de Cris estaba estirado en el suelo, mirando con ojos de pánico a Luca, que lo cogió del pie y se lo llevó a rastras. Lo miré mientras se alejaba hacia el bosque, dejando un rastro de sangre de la espalda del chico. Yo volví al orfanato y me quedé cuidando de los niños lo que quedaba de noche.
Por lo que me contó Luca, se encontró a Cris  en el poblado minero tirado en el suelo, con el lado derecho de la cabeza sangrando. Los mineros le habían empujado cuando este había intentado impedir que fueran a por nosotros y se había golpeado la cabeza con una piedra al caer. Había querido evitar el derramamiento de sangre causado por su culpa, pero aún así todos habían muerto.
Cristian le había convertido en un monstruo. Y Luca hizo lo mismo a él. Le encerró en aquel bosque para la eternidad, obligándole a alimentarse de aquellos que se perdieran entre sus árboles. La primera vida que se cobró fue la de su mejor amigo, el verdadero asesino, pero muchas siguieron después de esta.

Cogí a los niños y los llevé al pueblo más cercano, donde los aceptaron en el orfanato. Me dolió tener que dejarlos, pero era lo mejor tanto para ellos como para mí. Los vigilé a lo largo de los años, y aunque tuvieron una vida muy difícil, esta no fue infeliz del todo. Aunque nunca olvidaron ese pueblo y lo que habían vivido allí.
El pueblo estuvo deshabitado durante años, pero una familia sin un techo bajo el que cobijarse encontró entre esas ruinas un hogar, y poco a poco, gracias a más familias como esta, fue volviendo a la vida. Al principio siguieron trabajando en la mina, pero esta acabó por perder el poco valor que había tenido. Se centraron en el río, en sus muchos peces y, más tarde, instalaron una central hidroeléctrica. Aquel pueblo de mala muerte pasó a ser una ciudad próspera, y en la actualidad no tiene nada que envidiarle a la capital. Sigue manteniendo su esencia, aunque en sus entrañas viva el hijo de la corrupción del hombre.

 

Guillermo Domínguez

2 comentarios sobre “#44 Río rojo

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