52 Retos·Relatos

#47 Ánima

Elige una letra del alfabeto (he escogido la “a”). Encuentra 5 elementos de tu habitación que comiencen por esa letra y escribe un relato sobre alguien que intenta escapar usándolos, al más puro estilo MacGyver.

Contó mentalmente los segundos, preparándose para salir de su cuerpo. Todas las luces se apagaron a la vez, permitiéndole sacar su alma y proyectarla hacia el exterior de la habitación. Allí fuera se dirigió a la enfermería, donde se encontraba el cuerpo inconsciente de Dani. Las luces se encendieron de nuevo y el monitor que había en el cabecero del camastro indicaba que todo estaba bien, así que fue al despacho de la jefa de seguridad. Por el camino vio a un par de guardias corriendo hacia su propia celda, donde solo la encontrarían a ella durmiendo, con los rizos rubios tapándole la cara, sin sospechar lo que estaba ocurriendo. Dani siempre le decía que se parecía mucho a su madre, que tenía el pelo igual que ella. Incluso tenían el color de los ojos parecidos, aunque los de su madre eran más claros. Ella siempre le decía que él parecía mucho más pequeño, que ya debería haber dado el estirón.

Atravesó la pared del despacho y vio a Arlandria sentada mientras leía unos informes. Ahora llegaba la parte más complicada: debía entrar en su cuerpo, pero ella había sido entrenada para evitar que ocurriera esto. Había repasado incontables veces el plan con Dani, pero nunca habían decidido qué era lo mejor para romper las barreras de su mente, no sabían lo que había en la habitación. Miró a su alrededor y lo único que vio fueron una estantería llena de libros y álbumes y un gran equipo de música antiguo. “Así que de aquí sale la música de cada mañana, ¿eh?” pensó Helena.

Entró en la estantería y empezó a mirar las fotos de los álbumes, hasta que encontró una en la que aparecía Arlandria de pequeña (la heterocromía la delataba) con un hombre que suponía debía ser su padre. Empujó suavemente el álbum hasta hacerlo caer, pero que pareciera un accidente fortuito. Arlandria se sobresaltó y uno de los papeles que tenía en la mano acabó al lado del álbum. Se agachó para coger ambos y los dejó en la mesa. Iba a devolver el álbum a su sitio cuando vio el dibujo de la portada, hecho por ella cuando tenía solo cinco años. Se volvió a sentar en la butaca y abrió el álbum, pasando las páginas y recordando su infancia. Al llegar a la foto con su padre, una lágrima se le formó en la comisura del ojo, y se la limpió antes de que pudiera caer. Helena aprovechó que estaba distraída para encender el equipo de música y subir el volumen al máximo*. Arlandria se llevó las manos a las orejas y antes de que pudiera levantarse otro álbum le golpeó en la sien, dejándola medio aturdida. Helena voló hacia ella, y consiguió entrar en su cuerpo. Con suavidad, movió las manos de un lado a otro, para comprobar que controlaba del todo el cuerpo. Se levantó y avanzó a trompicones hacia la puerta. Le costaba coordinarse, pero al menos había podido hacerse con el “botín”.

Fue a la sala de seguridad, desde donde desactivó todos los mecanismos de seguridad, escaneándose el ojo derecho, el verde. Apartó al hombre inconsciente en la silla y miró a través de las cámaras: la enfermería estaba vacía y el armario de las armas estaba abierto de par en par. Dani había hecho un buen trabajo. Él era mucho más poderoso que ella: mientras ella no podía hacer nada con su cuerpo cuando iba al plano astral Dani de alguna manera podía seguir moviendo su cuerpo, fingiendo que estaba allí presente mientras su alma vagaba por las instalaciones. Así había conseguido fingir que se encontraba mal para que le llevaran a la enfermería mientras su alma provocaba el apagón que la había permitido salir de su cuerpo y su celda.

Fue al armario y cogió un par de pistolas. Se guardó una en el cinto y otra en la bota derecha y fue hacia su celda. Empujó la puerta, que estaba abierta, y se cogió a sí misma en brazos. Sintió un escalofrío al tocarse desde otro cuerpo, era la primera vez que lo hacía y no le agradaba demasiado esa sensación.

Salió corriendo hacia el pasillo principal, pero antes se paró un momento ante la puerta que había a su derecha. Allí había sido donde les habían hecho todos esos experimentos a los dos, para comprobar hasta qué punto podían controlar sus almas. Había pasado muchas horas allí encerrada, moviendo objetos y controlando a otras personas. Se pasaba la mayor parte del tiempo con los ojos vendados mientras le clavaban agujas en los brazos y le inyectaban un líquido extraño. Y si no hacían lo que el doctor Trelos, les ponían una especie de casco, una “jaula”, como ellos lo llamaban, que te devolvía a tu cuerpo. Según había podido enterarse a través de un hombre al que había poseído, estaban intentando estimular su glándula pineal, la que se suponía que le daba esa capacidad debido a una mutación o algo por el estilo. Y con la “jaula” podían anular las ondas cerebrales que les permitían separar su ser en dos. Después de cada experimento se despertaba en su celda, sin recordar cómo había llegado allí. Una de las consecuencias de esas sesiones había sido la pérdida de la regla. Cuando ya llevaba un par de semanas de retraso empezó a gritar, creyendo que en uno de los momentos en los que estaba inconsciente la habían violado. El doctor Trelos le aseguró que eso jamás había pasado, y hasta que no pasaron los meses y no sintió ningún cambio en su cuerpo no se lo creyó.

Siguió su camino y cuando llegó a la esquina se paró y miró a ambos lados en busca de algún guardia. Pero en vez de eso se encontró con el doctor apuntándole a la cabeza a Dani. El niño tenía una “jaula” en la cabeza. Helena dejó su propio cuerpo en el suelo y desenfundó la pistola que llevaba en el cinto.

-Oh vamos, Helena, suelta esa pistola si no quieres que dispare a tu amiguito.

-Los dos sabemos que no dispararas, Dani es demasiado valioso.

-Tienes razón -el doctor dejó de apuntar la cabeza del niño y en vez de eso disparó al cuerpo de Helena en la pierna-.

Aun estando en otro cuerpo notó el ardor que desprendía su muslo, que casi le arrastró el alma de vuelta.

-Eso solo te dejará coja un tiempo, si he disparado bien, pero el siguiente puede ir a la cabeza. Suelta el arma.

Ella lo hizo con cuidado y la alejó de una patada.

-Muy bien. Ahora cógete a ti misma y vuelve a tu celda. Dani, síguela.

Empujó al niño e hizo que fueran los dos delante, para tener una buena perspectiva de ambos por si volvían a rebelarse. Se fijó en que Arlandria iba cojeando y pensó que sería interesante investigar este hecho. Los dos prisioneros giraron la esquina antes que él, y oyó unos susurros. Fue corriendo hacia ellos pero Dani ya había cogido la pistola que Helena se había guardado en la bota.

-Dani, por favor, si ni siquiera puedes ver a donde apuntas.

La bala le impactó de lleno en el estómago, que empezó a sangrar. El doctor soltó su pistola y cayó al suelo, intentando tapar la hemorragia con sus manos temblorosas. Dani se lanzó hacia donde había oído caer la pistola del doctor, la cogió y volvió con su amiga. Helena se estaba agarrando la rodilla con las manos mientras Arlandria empezaba a recuperarse. Antes de que pudiera despertarse del todo, Helena le pegó una patada en la cabeza y la dejó inconsciente otra vez. Dani intentó ayudar a Helena a levantarse, pero esta le apartó con suavidad y se apoyó contra la pared. Sin saber muy bien cómo funcionaba, consiguió quitarle la “jaula” a Dani de la cabeza.

-Dani, con la pierna así no puedo irme contigo. Sé que habíamos planeado esto juntos, pero tendrás que hacerlo tú solo a partir de aquí.

-Pero…

-Déjame acabar. Sé que será difícil, pero debes ser fuerte. Cógele la tarjeta de seguridad a Arlandria del bolsillo izquierdo, no sabemos cuándo volverá a funcionar bien el sistema. Con ella podrás abrir la puerta de fuera. Y si no te encuentras a ningún guardia después podrás salir de aquí. Llévate la pistola por si acaso. Y, sobre todo, cuando salgas no vuelvas con tu madre. Seguro que estos cabrones la estarán vigilando.

El niño hizo lo que le pedía y se quedó mirando en su dirección, sin saber qué decir. Helena vio lo asustado que estaba y le abrazó.

-Vamos, Dani, confío en ti.

El niño se fue corriendo, sin decir adiós, y Helena cogió la pistola que había tirado antes. Se apoyó contra la pared a la espera de que volvieran los guardias.

 

 

La delgada mujer se sentó delante del niño, mirándole mientras cenaba.
-¿Está buena la sopa, cielo?
-Mucho, mamá.
Cuando acabó, la mujer dejó el plato en el fregadero, que ya acumulaba una pila considerable. Ayudó al niño a lavarse los dientes y fulo llevó a la cama. Allí le cantó una vieja canción sobre la primavera, mientras él le acariciaba la melena rubia y rizada. Cuando se quedó dormido, la mujer siguió mirándole con sus ojos azules rodeados de ojeras. Llevaba tres días sin comer ni dormir, desde que se encontró a aquel niño ciego en pijama por la calle y dejó de poder controlar su propio cuerpo.

 

*Con esto quería referirme a “audio“, para así cumplir el reto.

Guillermo Domínguez

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