Book Tag

Book Tag: Dioses del Olimpo

Hoy os traemos una entrada un poco diferente: no estamos acostumbrados a hacer Tags. Pero como este mes está dedicado a Grecia, por La vuelta al mundo, queríamos hacer cosas “nuevas” para cerrar este mes. Y por eso os traemos este Book Tag sobre los dioses del Olimpo, que hemos visto de Milibroteca, ¡qué lo disfrutéis!

Apolo

Primera parte de una saga que te gustó mucho

G: El Reino de los Sueños, primera parte de El Ejército Negro. Me gustó mucho de pequeño esta trilogía, en la que se mezcla fantasía en la Edad Medieval, con la actualidad. Trata de un chico, Arturo, que cada noche sueña que vive en la Edad Media, entre magos, caballeros… y tiene que vivir entre esos dos mundos.
M: El Clan de la Loba, primera parte de La Guerra de las Brujas. Es una novela juvenil muy interesante. No solo plantea un mundo fantástico y la aventura que conlleva, sino que también trata temas como la adolescencia o la familia.

Afrodita

Pareja favorita literaria
G: Kvothe y Felurian. Nada más que añadir.
M: Oscar y Marina. Me ha entrado algo en el ojo…

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52 Retos·Guille·Relatos

#45 Medea

Crea un relato que contenga una escena en la ducha.
No sé en que momento Medea apareció por primera vez en mi mente. Al principio solo era un fantasma en el fondo de mi cabeza, al acecho.
Ella aparecía en cada uno de mis relatos. Notaba su presencia entre mis páginas, observando el devenir de los hechos desde una posición privilegiada. Al final no hubo cuento sin una muchacha pelirroja que parecía estar en el momento adecuado en el sitio adecuado.
Descubrí su nombre mientras me duchaba, donde suelen ocurrirseme todas las ideas, y al darle nombre le di poder. Y así fue como Medea empezó a ocupar todos mis pensamientos, no dejaba de imaginar sus aventuras e intentaba proyectarlas sobre las páginas en blanco, sin éxito. No avanzaba más allá de la tercera página, sentía que a ella no le gustaba y me obligaba a empezar de nuevo una y otra vez. Tonto de mí pensaba que por fin mi musa me había encontrado. Quizá era una musa demasiado exigente, pero no podía quejarme. Rechazo tras rechazo habían conseguido que mis esperanzas desaparecieran poco a poco. Hasta que llegó ella, claro está.

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Reseñas

El fin de la infancia #Arthur C. Clarke

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Childhood’s end

Autor: Arthur C. Clarke
Año de publicación: 1965
Páginas: 226
ISBN: 9788445077009
Saga: No

 


SINOPSIS
Cuando unas naves se quedan suspendidas en el cielo, la historia de la humanidad cambia para siempre. Los superseñores, unos seres que no se mostrarán ante los humanos hasta que no pasen 50 años, traen la paz a la Tierra, aunque no se sabe si tienen algún motivo oculta para hacerlo…

OPINIÓN PERSONAL

“Durante un instante que pareció eterno, Reinhold observó, junto con el mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora… En ese instante la historia suspendía su aliento… La raza humana ya no estaba sola.”

Descubrí este libro a través de este vídeo de María Antonieta (a la que recomiendo seguir, por cierto), y me pareció tan interesante la trama que tuve que leerlo. Lo empecé hará seis meses o así, pero tuve que dejarlo porque en época de exámenes me cuesta mucho leer (solo puedo novelas gráficas, prácticamente). Y así fue como volví a retomarlo, y qué gran idea fue esa.
Cuando estos “superseñores” (como decide llamarles la población) se instalan en el cielo, empiezan a decir a los humanos lo que tienen que hacer y, aunque hay algunos que están en desacuerdo, poco a poco la humanidad llega hasta la utopía. Los crímenes desaparecen, como las guerras, todo el mundo disfruta de paz e incluso han desaparecido fronteras que dividan el mundo. Pero todo esto tiene un precio: por su seguridad no se podrá investigar el espacio exterior. Y la ciencia también se repercute, porque nada de lo que se pueda crear podrá llegar al nivel de la tecnología de los superseñores, por lo que se deja de investigar. Y ya no hablemos del aspecto de los aliens: no me esperaba para nada, y me encantó.

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Guille·Relatos

Teogonía

Al principio de todo lo único que había era la nada. Sin ninguna luz que iluminara el espacio vacío, me encontraba eternamente rodeada de oscuridad. Di vueltas por aquella extensión negra, en busca de algún rastro de existencia, sin lograrlo. 
 
Pero de pronto, al cabo de un tiempo (el cual tampoco había sido creado aún) vi un punto resplandeciente en la lejanía. Empecé a gritar sin éxito, el vacío me lo impedía, y salí corriendo en su búsqueda. Y entonces me vio.
 
Era una amalgama de materia y energía flotantes, cambiando de forma a cada instante. Al fin y al cabo yo era como él. Nos acercamos y una parte de nosotros se tocó, lo que provocó que todo nuestro ser explotara y se expandiera por todos los confines de un universo aún por ser creado.

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Guille·Proceso·Relatos

Capítulo 5: Apocalipsis C

En el capítulo de hoy os contaré una historia que ya expliqué (aunque de forma bastante resumida) en Fulgor. Os ha gustado la referencia a la saga de Loureiro, ¿eh? Que conste que no la he leído ni lo pienso hacer.
Como ya os expliqué en la primera entrada de esta sección, casi todos mis relatos están relacionados. En ellos tengo diversas tramas aún por acabar y una de ellas es la de Casandra. Hubo un tiempo en el que tenía bastantes deja vus, lo que intenté plasmar en un relato pero sin que ninguna idea me llegara a gustar. Y al final decidí hacer una de interpretación del mito griego de Casandra, como ya hice con Postrimería y el de Caronte.
Y así surgió Hermana de los hombres*, que pudisteis leer la semana pasada, en el que una chica llamada Casandra podía ver el futuro sin poder cambiarlo. Ella había visto en su propio futuro, que era perfecto, pero el hecho de que ya lo supiera todo de antemano le quitaba las ganas de vivir esa vida.

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52 Retos·Guille·Relatos

#50 I.Cerbero (Borrador)

Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal.

(Poner cita sobre muerte o algo así. Buscar La divina comedia, seguro que hay algo bueno)
El hombre se vistió con tranquilidad, abrochándose los botones de su camisa negra lentamente. Se ató los zapatos y se puso los guantes de piel. Cogió la mochila del armario y de dentro sacó la correa. Cuando el gran Boerboel negro oyó el ruido de la correa en los guantes de su amo salió corriendo hacia él y se plantó delante suyo.
El dueño le sonrió, se agachó y empezó a acariciarle con una mano mientras desliaba la correa con la otra. (Aún recordaba la primera vez que lo vio, peleándose con sus hermanos en aquella jaula. La chica le contó, mientras firmaba los papeles. que la madre había muerto en el parto y que del padre no sabían nada. Él le preguntó si alguien había adoptado ya a alguno, pero ella le dijo que no, que él era el primero.) El hombre y el perro bajaron la colina y se hicieron inseparables. (No sé si ponerlo aquí o qué) Cuando ya se la hubo puesto se levantó, se aseguró de que tenía las llaves en el bolsillo, y los dos salieron de la casa.

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Acciones·Resistiendo·Sin categoría

Doris Lessing: Sobre no ganar el Premio Nobel #AdoptaUnaAutora

Seguimos con la iniciativa Adopta Una Autora. La última vez os expliqué quién era Doris Lessing y ahora os traigo el texto de la conferencia para la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura que le fue otorgado en 2007. Lessing, por problemas de salud, no participó de la ceremonia en Estocolmo y encargó la lectura de su texto a su editor, Nicholas Pearson.
Esta entrada estaba programada para el día 8 de marzo, ya que la Academia Sueca reconoció la capacidad de la autora para retratar “la épica de la experiencia femenina, y su escepticismo y fuerza visionaria con la que ha examinado una civilización dividida”. Sin embargo, la he retrasado un día por la iniciativa #NosotrasParamos.

Resistencia Lectora agradece muy especialmente a Jonna Petterson, directora de Relaciones Públicas de la Fundación Nobel, su autorización para traducir y publicar este texto.

Sobre no ganar el Premio Nobel
Estoy de pie junto a una puerta y miro a través de remolinos de polvo hacia donde me han dicho que aún existe bosque sin talar. Ayer conduje a través de kilómetros de tocones y restos calcinados de incendios donde, en el ’56, se encontraba el bosque más maravilloso que jamás haya visto, ahora completamente devastado. Las personas tienen que comer. Y necesitan material para encender el fuego.
Me encuentro en el noroeste de Zimbabwe a principios de la década de 1980 y estoy visitando a un amigo que era maestro en una escuela de Londres. Está aquí “para ayudar a África”, como solemos decir. Es un alma genuinamente idealista y las condiciones en que encontró esta escuela le provocaron una depresión de la que le costó mucho recuperarse. Esta escuela se parece a todas las escuelas construidas después de la Independencia. Está compuesta por cuatro grandes aulas de ladrillo uno a continuación del otro, edificados directamente sobre la tierra, uno dos tres cuatro, con medio salón en un extremo, para la biblioteca. En estas aulas hay pizarrones, pero mi amigo guarda las tizas en el bolsillo, para evitar que las roben. No hay ningún atlas ni globo terráqueo en la escuela, tampoco libros de texto, carpetas de ejercicios ni biromes, en la biblioteca no hay libros que a los alumnos les gustaría leer: son volúmenes de universidades estadounidenses, incluso demasiado pesados para levantar, ejemplares descartados de bibliotecas blancas, historias de detectives o títulos similares a Fin de semana en Paris o Felicity encuentra el amor.
Hay una cabra que intenta buscar sustento en unos pastos resecos. El director ha malversado los fondos escolares y se encuentra suspendido, situación que suscita la pregunta habitual para todos nosotros aunque por lo general en contextos más prósperos: ¿Cómo puede ser que estas personas se comporten de tal manera cuando deben saber que todos las están observando?
Mi amigo no tiene dinero porque todo el mundo, alumnos y maestros, le piden prestado cuando cobra el sueldo y probablemente nunca le devuelvan el préstamo. Los alumnos tienen entre seis y veintiséis años porque quienes no pudieron asistir a la escuela antes se encuentran aquí para remediar tal situación. Algunos alumnos recorren muchos kilómetros cada mañana, con lluvia o con sol y a través de ríos. No pueden hacer tareas escolares en sus casas porque no hay electricidad en las aldeas y no es fácil estudiar a la luz de un leño encendido. Las niñas deben ir a buscar agua y cocinar antes de partir hacia la escuela y cuando vuelven de ella.
Mientras estoy con mi amigo en su cuarto, varias personas se acercan tímidamente y todas piden libros. “Por favor, mándanos libros cuando regreses a Londres.” Un hombre dijo: “Nos enseñaron a leer, pero no tenemos libros”. Todas las personas que conocí, todas ellas, pedían libros.
Estuve varios días allí. El polvo volaba por todas partes. Las cañerías se habían roto y las mujeres tenían que acarrear agua desde el río. Otro maestro idealista llegado de Inglaterra estaba enfermo después de ver el estado en que se encontraba esta “escuela”.
El último día de mi visita finalizaba el ciclo lectivo y sacrificaron la cabra. La cortaron a trocitos y la cocinaron en una gran fuente. Era el esperado banquete de fin de ciclo, guiso de cabra y puré. Me alejé de allí antes de que terminara, conduje de vuelta entre calcinados restos y tocones que habían sido bosque.
No creo que muchos alumnos de esta escuela lleguen a obtener premios.

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