Marina·Relatos

μνήμη

Este es el relato original, sin  cambios ni cortes que escribí para la escaleta que me tocó del #ProyectoRemolacha. Me olvidé de poner el título dentro del documento (yo soy así), pero era un guiño a los títulos inteligibles de Guille, ya que la escaleta era suya.
Las manos le sudan horrores. Ha sido idea suya pero le empiezan a asaltar las dudas. ¿Y si funciona? O, peor, ¿y si pueden verlo? No es consciente de que está sacudiendo la pierna derecha con nerviosismo hasta que ve a la chica de al lado mirándolo mal. Para en seco y piensa en sonreírle, pero no lo hace. Coge una de las revistas de la mesita al lado del sofá, Science. Muy apropiado. Empieza a ojear un artículo, pero ni siquiera comprende lo que está leyendo: sus ojos pasan por las páginas, pero su mente está centrada en la inminencia de lo inevitable. Ya no puede echarse atrás. Ha firmado todos los papeles y ha hecho la prueba inicial. La primera vez no estaba nada nervioso, pero después de ver lo real que era… ¿Por qué pensó que ofrecerse para que trastearan sus recuerdos sería divertido? Otro chico sale ahora del laboratorio. Parece que ha llorado pero se le ve sereno. Medio minuto más tarde, un enfermero abre la puerta, lee un papel enganchado a una carpeta y llama al siguiente: Joel Casado. Ese es él. Coge aire y lo suelta lentamente para calmarse, antes de asentir y levantarse. 
El laboratorio no es nada parecido a la pequeña sala donde le han hecho las pruebas de la primera fase, este parece sacado de una película de ciencia-ficción. En el centro hay una especie de sillón blanco como los que se encuentran en los dentistas, con la diferencia de que este tiene un montón de cables que lo rodean. Ve que hay unas correas y eso lo asusta. Unas pantallas a la izquierda muestran constantes e información incomprensible para él. Lo que demuestra que sigue en la vida real es la gente. Hay una mujer y tres hombres. Uno es el enfermero que lo ha llamado, quien parece estar comiendo un caramelo y mira el móvil. Probablemente su único trabajo es encargarse de hacer pasar a la gente. La mujer se le acerca y le tiende la mano.

-Buenos días. Soy la Dra. Ross. Soy la responsable de este estudio. ¿Ha rellenado el formulario? –le estrecha la mano y asiente. Se lo entrega. Ella no lo mira, lo pasa a uno de los hombres –Perfecto. Ramón revisará que todo está correcto y Mario le preparará para la prueba –señala al tercer hombre -. Quítese la camiseta. Como ya habrá leído en el contrato, le colocaremos unos electrodos y un receptor para estimular los recuerdos, por más recónditos que sean. No se asuste –parece hacer un amago de sonreír -, nosotros no veremos nada, sería imposible. Lo único que hacemos es ayudarle a recuperar la memoria –Mario le pone los electrodos y conecta las máquinas. Por último le coloca el receptor en la cabeza, rodeándole el cráneo -. Le voy a hacer una serie de preguntas.
Joel, a pesar de haber sido informado de que la primera fase de la prueba solo era para comprobar que fuese apto para la parte real, está sorprendido del despliegue de maquinaria que eso supone. En la primera ocasión se había tumbado en una rudimentaria camilla, le habían hecho preguntas y después de haberle inyectado un líquido, las habían repetido, demostrando que recordaba todos los detalles olvidados. Eso era todo. Pero las correas…
-Está usted en el proyecto porque tiene algunos recuerdos que querría recuperar, ¿es así? –empieza la Dra. Ross. Se ha sentado en un taburete y cruza las piernas. Es alta y morena, de mediana edad, sus facciones son muy marcadas y sus cejas, aunque cuidadosamente depiladas, muy pobladas.
-Sí, es así.
-¿Podría describir el recuerdo que desea recuperar?
-Se trata de… -sabía que tendría que contarlo, debe serenarse. Está muy nervioso y tiene que carraspear para recuperar la voz –Se trata de la muerte de mi madre. Sé lo que pasó porque me lo han contado pero no soy capaz de recordarlo. Por lo visto, el shock de presenciarlo fue demasiado fuerte y anulé ese recuerdo –explica lo más asépticamente que puede.
-Ajá. ¿Qué le han contado?
-Por lo visto me llevaba al colegio un día de lluvia. Un camión iba más rápido de lo normal y no debió ver nuestro coche por la lluvia. Chocó contra nosotros. Yo era pequeño e iba en una sillita de estas de protección y me hice algunas heridas pero mi madre murió en la ambulancia de camino al hospital.
-¿Qué edad tenía?
-¿Quién?
-Usted –la doctora levanta la vista para lanzarle una mirada insultante.
-Ocho años.
-Ajá –repite volviendo a bajar la mirada hacia la libreta que va rellenando -. ¿Qué recuerdos tiene?
-Pues… Cada vez me cuesta más… Recuerdo que llovía muchísimo, había tormenta, con relámpagos, truenos y tal… Tenía algo de miedo. Y sueño. Era muy pronto y no quería ir al colegio. Mi madre entraba a trabajar temprano y me llevaba antes de la hora, había un salita donde otros niños con padre madrugadores desayunaban y esperaban la hora de inicio. 
-El accidente, por favor –lo interrumpe sin delicadeza.
-Sí, perdón. Bueno pues tenía sueño. Mi madre me metió en la sillita. Recuerdo que la odiaba. La sillita, quiero decir. Ya era mayor para ella pero mi madre era algo sobreprotectora supongo. Creo que me dormí en el coche. Solo recuerdo que mi madre había encendido la radio y escuchaba las noticias, supongo que eso sumado al monótono ruido del motor y la lluvia fueron un somnífero mortal –se da cuenta de lo desafortunada que es esa palabra -. Perdón. Después solo recuerdo muchas luces, gritos… No de mi madre, de los médicos. No recuerdo qué decían. Creo que me llevaban en una camilla a toda prisa mientras me hacían cosas. No sé si me desmayé o me anestesiaron. Recuerdo a mi padre llorando cuando me desperté en la habitación. Eso lo recuerdo con total nitidez, me dio mucho miedo. No sé cuándo me dijo que mi madre había muerto. Supongo que cuando empecé a preguntar por ella.  
-Muy bien. ¿Se ha sometido a algún proceso de recuperación de los recuerdos alguna vez?
-Sí. Fui al psicólogo durante muchos años, mi padre me obligaba y cuando fui más mayor me sugirió una terapia de hipnosis. Dijo que recordar lo que pasó me ayudaría a superarlo –no le cuenta que se siente culpable por haber sobrevivido mientras su madre moría en una triste ambulancia, por empezar a olvidar su rostro a pesar de las fotografías que aún decoran su casa.
-¿Resultó?
-No mucho. Antes de ir no recordaba absolutamente nada. Con la hipnosis recuperé algunos recuerdos, como lo del día lluvioso y que me dormí, lo del hospital… Nada más. Fui durante meses y le costé una fortuna a mi padre, así que lo dejé. Y entonces vi su anuncio.
-Sí, nuestro objetivo es ofrecer un método real y fiable de recuperación de los recuerdos. Y creo haberlo conseguido. El chico anterior ha podido recordar todo su trauma.
-¿De verdad?
-Así es.
-¿Y se ha sentido mejor? 
-No lo sé. No soy psicóloga, solo hago un experimento. Bien, vamos a empezar –anuncia. Ya le han puesto todos los electrodos y una especie de casco que cubre de la nuca a los ojos -. Le vamos a inyectar lo mismo que la última vez, pero con una dosis más alta. Le hará adormecerse y podrá recordar con total nitidez. Céntrese en ese recuerdo, por favor, será más fácil así. El método de acceso a su recuerdo es parecido a la hipnosis a la que asistió pero la recuperación es absolutamente científica y real.
Alguien, quizá Mario, le inyecta un líquido en el brazo derecho. En seguida empieza a sentirse relajado y algo ido.
-¿Cómo se encuentra? –responde que bien –Perfecto. Por favor, céntrese en el recuerdo que antes me ha descrito. Es un día lluvioso y tiene que ir a la escuela. ¿Quién lo despierta?
Algo tan concreto que jamás ha sabido, absolutamente irrelevante a su parecer y, sin embargo, lo recuerda.
-Mi padre. Ya se va a trabajar. Me levanta la persiana y me obliga a despertarme y levantarme. Me dice que tengo la ropa preparada sobre la silla –siente que la voz le sale muy espesa -. Protesto y él insiste. Me da un beso en la frente y se va. Oigo la puerta de la entrada. Después entra mi madre, exclama que debería estar vestido ya, que tiene prisa, se está poniendo unos pendientes dorados. Qué guapa es. Castaña y de piel morena. Creo que me parezco a ella, pero su nariz es perfecta, no como la mía que es aguileña como la de mi padre –se da cuenta de que está divagando -. Perdón. 
-Está bien. Relájese y viva el recuerdo. No hace falta que lo describa, después le haré unas preguntas.
Se deja llevar por esa droga de nombre impronunciable.
Su madre lo arrastra hasta la cocina y le hace beberse la leche con Cola Cao. Lo manda a lavarse los dientes y la cara y lo peina con los dedos y algo de brusquedad mientras lo riñe por levantarse tarde. Coge la mochila y la sigue al garaje. Cuando el coche ya ha arrancado, se da cuenta de que se ha dejado la chaqueta pero no dice nada por no hacer enfadar a su madre y también por pereza, se está muy bien dentro del coche mientras fuera llueve. Durante unos minutos la lluvia lo mantiene sorprendido, mirando por la ventanilla, es tan espesa que apenas puede ver los árboles que adornan su calle y los semáforos brillan con una luz mortecina y fría en esa condición atmosférica. Finalmente, la monotonía del paisaje y el sonido lo adormece y sueña con un guerrero de tres metros y de color rojo, con una máscara amarilla, que lucha contra una especie de Godzilla gigante. La pelea es brutal y él a ratos es el guerrero y a ratos Godzilla, es bastante divertido. Se despierta bruscamente al oír un improperio gritado por su madre. Jamás la había oído decir algo así. Está mascullando algo sobre un conductor temerario que se pega demasiado. Acelera. Y, entonces, el golpe. Joel ve como la gran masa se acerca por la izquierda y quiere avisar a su madre, advertirle de lo que inevitablemente ocurrirá, evitar su muerte. Pero no puede moverse, solo puede ocupar ese cuerpo que una vez le perteneció y observar cómo el camión impacta contra ese lado del coche. Todo es muy rápido. Grita, asustado, y las lágrimas de terror le empañan la vista. Aun así ve como la carrocería cede contra su madre, quien apenas tiene tiempo de intentar cubrirse, y los cristales se quiebran en minúsculos pedazos que saltan al interior. El ruido es ensordecedor y terrible, el impacto, el metal, los cristales, el chirrido de los dos vehículos resbalando sobre el asfalto empapado. Y, después, un segundo de silencio. Un silencio que solo él siente. La radio sigue sonando, se oyen coches frenando de sopetón, bocinas, la lluvia. Joel no oye nada de todo eso. Solo ve a su madre en el asiento en diagonal al suyo, el cinturón la mantiene erguida pero la cabeza le cuelga como a un títere esperando ser manejado. Hay muchísima sangre. Y el sonido vuelve. Oye una sirena. Se mira y descubre la sangre en su cuerpo y con esa visión es consciente del dolor y se desmaya.
 
Empieza a recobrar la consciencia con un montón de gente alrededor que habla a toda prisa y maneja instrumentos sobre su cuerpo. Llora y grita de dolor. Le piden que se calme, pero es demasiado. No ha podido avisar a su madre. No ha podido evitarlo. Y esta vez lo sabía, estaba allí…
La luz lo ciega momentáneamente y durante unos segundos piensa que sigue allí, en el recuerdo, ya cruzando el hospital en camilla con los fluorescentes directamente sobre los ojos. Pero no es así. La Dra. Ross lo mira algo preocupada y se da cuenta de que hiperventila y las lágrimas le inundan las mejillas.
-Hemos tenido que parar, tenía las constantes muy aceleradas –le explica -. ¿Cómo se encuentra? 
-Bien, bien… Gracias. Lo siento. Ha sido… -busca una palabra adecuada, pero nada puede reflejar lo que siente en ese momento –Devastador. Ha sido devastador.
-Lo comprendo. Muchos pacientes se sienten abrumados durante las primeras sesiones. Le voy a hacer unas preguntas para comprobar lo que ha recordado –saca su libreta y se dispone a anotar los resultados.
Han pasado dos semanas desde que el recuerdo de la muerte de su madre se ha vuelto una imagen vívida en su mente y ya han hecho tres sesiones más. Han recordado todo ese fatídico día al completo y con todo lujo de detalles. En la última sesión exploraron su cuarto cumpleaños y había sido capaz de poder decir de qué color eran las velas.
-Buenos días, pase –lo saluda la doctora con su característica sequedad. Se sienta en el sillón, como de costumbre, mientras ella lee sus notas -. Sus resultados son magníficos, de los mejores que estamos obteniendo –empieza -. Creo que podemos ir más allá –y le sonríe. Por primera vez de forma sincera.
-¿Más allá? –no está seguro de estar preparado.
-Tranquilo. Será como en las últimas sesiones. Pero si funciona, podré dar mi experimento casi por concluido. Intentaremos recordar su nacimiento. Puede ser abrumador –confiesa.
-¿Mi nacimiento? ¿Es posible? –está tremendamente sorprendido.
-Hoy lo sabremos.
Como siempre, lo preparan y se tumba en el sillón, relajándose y dejándose llevar por la droga inyectada y la voz hipnótica de la doctora, guiándolo hacia el recuerdo correcto.
El espejo le devuelve una mirada segura y un rostro suave. Se peina la rubia cabellera lentamente, meditativa, y levanta la barbilla para mirarse un grano que empieza a salirle. Deja el peine y se aplica una crema en ese lugar para evitar un mal mayor. Aprovecha para mirarse bien, se estira la piel y gira la cara a lado y lado para comprobar que todo esté como ella espera. Esta entrevista de trabajo le tiene que salir perfecta. Un dolor agudo irrumpe de repente en su brazo izquierdo y el aire se escapada de sus pulmones. El pecho le arde. Intenta pedir ayuda pero se ahoga y el suelo se precipita bruscamente hacia ella.
Marina R. Parpal

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