Marina·Relatos

Después del ocaso (1)

Me ha quedado demasiado largo para una entrada, así que la semana que viene colgaré la segunda parte.

La mujer cruzó las piernas lentamente, largas y bien cuidadas. Con un gesto estudiado, se estiró la falda roja, fingiendo que se cubría la rodilla para llamar su atención sobre ella. Después hizo una especie de carraspeó suave y parpadeó, siempre con la mirada fija a la carpeta que sujetaba.

-¿Cómo calificaría su experiencia según los siguientes parámetros: agradable, monótona, desagradable, aterradora u horriblemente dolorosa?

Carlota dudó un instante y miró a su alrededor antes de contestar. La habitación blanca, iluminada con una luz blanca y brillante que nunca se apagaba. Una puerta translúcida que solo dejaba adivinar sombras que cruzaban por delante, una cama sin sábanas contra la pared y un ventanuco alto que daba a la calle, era todo lo que había. La mujer se sentaba en una silla que había aparecido junto a su inesperada presencia.

-De momento diría monótona. Pero empieza a ser desagradable.

-¿Puede describir exactamente qué es lo que le produce la incomodidad? –preguntó mientras apuntaba su respuesta anterior. Carlota se levantó de la cama y paseó por la habitación buscando las palabras. Señaló el ventanuco.

-Esto, por ejemplo. Puedo ver los pies de la gente pasando por la calle, oigo murmullos, pero nunca puedo entender lo que dicen. O la puerta. Veo gente, sé que hay gente. Pasan por delante todo el día. Pero solo son sombras. Si esto va a durar mucho más, voy a volverme loca.

-¿Cuánto tiempo cree que lleva aquí?

-Sin saber si es de día o de noche no sé decirlo con seguridad. Un par de días, supongo. Quizá menos.

La mujer no respondió, solo siguió apuntando.

-¿Qué cree que es peor: el sufrimiento físico o el psicológico?

Carlota dudó un instante.

-El psicológico, supongo. No lo tengo claro. Depende del tipo de dolor físico, ¿no? –la mujer la miraba impertérrita –Pero al menos si te pegan tienes a alguien a quien culpar. Si tú eres la única responsable, ¿cómo luchas contra ello?

-Gracias por sus respuestas –le sonrió falsamente -. Queremos ofrecer el mejor servicio.

Se levantó, se acercó a la puerta y desapareció. Carlota se frotó los ojos, ¿había o no había abierto la maldita puerta? Sin una respuesta clara, se dejó caer en la cama con un suspiro.

Aburrida, solo pensando. No tenía sueño, no tenía hambre, no tenía ninguna necesidad y, por primera vez en su vida, deseaba tenerlas todas. Sentir el dolor del hambre, la desesperación del sueño, algo. Cualquier sensación diferente al tedio de ese lugar era bienvenida.

Oyó un ruido y se incorporó de un salto. De nuevo, alguien había entrado sin que ella lo viera. Y la puerta seguía cerrada. Esta vez se trataba de un hombre de tez oscura y sonrisa arrogante. Cruzaba los brazos y se adivinaba la musculatura trabajada bajo la chaqueta de cuero.

-Hola, Carlota –la saludó una vez esta se había recuperado de la sorpresa.

-¿Quién eres? –la mujer no le había respondido y dudaba que el hombre lo hiciera.

-Soy Caleb, tu guía –se equivocaba -. ¿Sabes dónde te encuentras? –relajó la postura y adoptó un tono amable, casi amistoso.

-¿Mi guía? No lo tengo muy claro –no se atrevía a poner su temor en palabras -. ¿Esto es… el infierno?

Caleb soltó una carcajada.

-Carlota, por favor, ¿acaso parece el infierno?

Ella dudó y se enrolló un rizo en el índice, lo que hacía cuando estaba nerviosa.

-Bueno, creía que nadie había acertado en su descripción. Tampoco esperaba calderos y demonios. Al fin y al cabo, nadie ha vuelto de la muerte para asegurarlo.

-Te equivocas…

-¿Jesús? –lo interrumpió y él pareció hacer un esfuerzo enorme por no poner los ojos en blanco.

-Bueno, no iba a decir eso. Lo de Jesús es un caso aparte, un truquillo necesario. Lo que quería decir es que todos podéis volver a la vida. En otro cuerpo, por supuesto, ¿pero qué importancia tiene el recipiente?

-¡Ninguna! –exclamó con desesperación -¡Ninguna! ¿Cómo puedo volver?

Caleb volvió a sonreír.

-No es tan fácil. Estás en el purgatorio, llámalo sala de espera, si quieres. Solo van al infierno directamente las personas que han cometido crímenes atroces y cosas así. Los pecadillos nos dan igual, pero hay que evaluar. Se decidirá si has sido… ¿cómo explicarlo? Más buena que mala o más mala que buena, por simplificar, y entonces te mandarán arriba o abajo. Arriba disfrutarás del placer y la paz y lo más importante: aprenderás el equilibrio de la vida y sus respuestas. Cuando lo hagas, te reencarnarás. Abajo, en cambio… Bueno, sufrirás y padecerás un castigo hasta la redención, cuando podrás ser mandada arriba y, después, a la vida de nuevo. Uno es más largo y doloroso que el otro, pero ambos caminos llevan al mismo lugar.

Carlota analizó sus palabras, intentando comprender todo lo que le decía. Por lo visto había algo de cierto en lo que le habían enseñado en el colegio de monjas.

-¿Cuándo sabré qué se ha decidido? ¿Tengo que esperar al juicio final aquí encerrada?

Caleb no se contuvo esa vez y soltó una carcajada.

-Olvida todo lo que crees saber sobre espiritualidad. Ninguna religión acertó del todo. Es un poco de todas y nada de ellas. Ya lo verás por ti misma. Yo soy quién te va a ayudar en el viaje: si vas arriba, te enseñaré las respuestas; si vas abajo, te aplicaré el castigo exigido.

Carlota quiso tragar saliva, pero tenía la boca seca. La abrió y volvió a cerrarla sin saber qué decir.

-No digas nada –añadió Caleb como si hubiera adivinado su pensamiento -. Empiezan las pruebas, no hay acierto o error, determinarán dónde acabas. Solo puedo desearte suerte.

Se esfumó y en su lugar apareció una ballesta. Enorme, casi ridícula en ese lugar tan blanco y limpio. Y, entonces, se activó.

La primera flecha se le clavó en el estómago. Fue tan inesperado que su cerebro necesitó un instante para procesarlo antes de reaccionar con un intenso dolor.

Aún estaba llevándose la mano a la herida cuando la segunda flecha le atravesó el hombro. Cayó para atrás, con ambas flechas en el cuerpo. Se arrancó la primera y la sangre empezó a brotar. Gruñía de dolor mientras intentaba estirar la del hombro, que había salido por el otro, y la sangre seguía cubriendo el suelo, en un charco rojizo.

La tercera y la cuarta flecha le dieron en el pecho. Sintiendo que le faltaba el aire, la quinta se le clavó en la cara. Apenas sintió dolor, no tuvo tiempo.

Se despertó sintiendo mucho frío. Se había desmayado, no sabía si por la falta de sangre o por el último impacto. Probablemente, un poco de ambas cosas. Se sentó en la cama y reflexionó sobre lo que le había pasado. Debería haber muerto, pero puesto que ya se encontraba en el purgatorio, supuso que eso no era posible. La ballesta no estaba, no había sangre en el suelo, blanco e impoluto de nuevo, ni siquiera en su cuerpo, que no conservaba las heridas. Se palpó la cara, el hombro, el estómago: nada, ni heridas ni dolor. ¿Había superado la primera prueba? ¿O la había fallado? Había sido vencida por la ballesta, pero no estaba segura de saber cuál era la reacción correcta: ¿dejarse matar con humildad o luchar contra ella? Pensó en el Dalai Lama, él seguro que no lucharía, se sentaría a meditar o algo así. Aunque estaba convencida de que los Dalai Lama iban directos al cielo.

Pensaba en todo esto mirándose los pies colgando y en constante balanceo, un gesto habitual en ella, cuando paró en seco. Había visto algo, un movimiento. Se levantó de un salto y se agachó para mirar debajo. La cama era una especie de plataforma flotante que salía de la pared con un colchón encima. No tenía mucho misterio. Sin embargo, vio amontonadas cientos de cucarachas repugnantes. Los insectos siempre le habían dado mucho asco, especialmente esos. Las cucarachas se retorcían unas encima de otras y producían un ruido de antenas y patas terrible. Empezaron a salir, cada vez más. Carlota gritaba. Con un miedo atroz a pisar alguna, se subió sobre la cama. Para su alivio, las cucarachas no subieron por la pared, solo recorrían la estancia. Pero la calma duró poco, los bichos no dejaban de salir, de manera que apenas podían desplazarse y tenían que pasar unos sobre otros. Como si de una bañera de pesadilla se tratara, el nivel de insectos aumentaba y empezaba a acercarse a la cama. Carlota se mantenía de puntillas, pálida de terror. Vomitó, viendo lo inevitable, imaginándolo. Las arcadas no paraban, ni lo hacían las cucarachas, que ya habían llegado al colchón y empezaban a subirle por los pies, empezando a cubrirla incluso por debajo de la ropa. Gritó hasta que la primera cucaracha le llegó al cuello. Entonces cerró la boca y los ojos con fuerza y se cubrió la cara, intentando con los brazos tapar las orejas y la nariz. Pero fue inútil. Los insectos, imparables, se colaron a través de la barrera. La boca se le llenó de repugnantes patas y antenas. Quería vomitar pero no podía, se ahogaba.

Marina R. Parpal

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