Marina·Relatos

Después del ocaso (2)

Podéis leer la primera parte AQUÍ.

Esta vez se despertó y se echó a llorar, temblando, sintiendo aún el cosquilleo de su cuerpo. Gritó, se arrancó la ropa y vomitó sin poder contener las náuseas. Por supuesto, la habitación estaba impoluta y cuando se sintió mejor y se volvió a vestir, el vómito ya no estaba, su ropa no tenía manchas y el dolor había desaparecido por completo.

¿Eran pruebas progresivamente peores? No se le ocurría nada más horrible que lo que acababa de vivir. Se preguntó si había fallado la prueba de la ballesta y esa había sido la consecuencia. O quizá no tenía nada que ver. No llegaba a comprenderlo.

-¿Cómo te encuentras? –Caleb había aparecido de la nada.

-¿Qué es todo esto? Tengo miedo –las lágrimas le salpicaron las mejillas. El hombre le ofreció los brazos y ella lo abrazó, hundiendo la cara en su pecho robusto, buscando consuelo en la única persona que se preocupaba por ella.

-Lo estás haciendo muy bien.

-¿En serio? No he hecho nada, solo…

-Está bien –la interrumpió -. Ya te he dicho que no había una forma correcta o incorrecta de hacer las pruebas. No buscan una respuesta o reacción, solo examinar. Pero cada vez será peor –la advirtió.

Carlota se puso a temblar.

-No puedo, no puedo… -él la cogió por los hombros y la obligó a mirarlo.

-Escucha, estás muy cerca, ahora tienes que seguir haciéndolo así -¿pero no había dicho que daba igual lo que hiciera? Carlota no entendía nada y se echó a llorar – Mira, si estas pruebas te superan, ni te imaginas lo que te espera allí abajo –Caleb la soltó y suspiró, la chica no dejaba de sollozar -. Está bien, cálmate. Mira, no debería decírtelo, pero sé que tienes motivos para ser positiva –ella lo miró con los ojos rojos, sorprendida, y lo abrazó. No podía creérselo.

-Gracias, gracias, gracias -el alivio que sintió fue tan grande que no podía dejar de repetirlo -. Me has dado esperanza, justo lo que necesitaba.

Caleb sonrió y le dio una palmada en la espalda antes de apartarse.

-Lo sé, lo sé. Los humanos y la esperanza. Es extraordinario como unas simples palabras pueden llevaros del llanto a la alegría sin que nada mejore realmente –y se esfumó como era habitual en él.

Más animada, Carlota decidió que no podía dejarse llevar por los delirios que esa habitación empezaban a causarle. El murmullo de la calle que se adivinaba en el ventanuco y las sombras de la puerta, la mantenían obsesionada con salir, con saber qué había fuera. Nunca se apagaban las luces y nunca se hacía de noche, aparentemente, así que no podía calcular el tiempo. Para acabar con la desidia, empezó a contar los segundos marcando el tempo con el pie. Sabía que sus intervalos no serían exactamente iguales, pero al menos se haría una idea del tiempo que pasaba. Cuando llevaba cuatro horas, según ella, haciendo eso, se cansó. Le vino una canción a la mente y empezó a cantarla y a bailar. Sí, no había nada en la habitación pero ella estaba ahí y su mente y su cuerpo eran una fuente inagotable de recursos, la imaginación no se le acabaría nunca. Apartó la semilla de un pensamiento, que quería recordarle que un exceso de dependencia de su mente en esas circunstancias podía llevarla a la locura, antes de creérselo.

Oyó un ruido y se giró bruscamente. La puerta, había oído la puerta. Pero cuando se giró, esta se cerraba con un clic, impidiéndole ver el exterior. Ignorando el ser que había entrado, corrió hacia ella y tiró del picaporte. Volvía a estar cerrada a cal y canto. Suspiró y prestó atención a la extraña criatura que la miraba con algo de sorpresa. Era un ser bajito y peludo. Parecía un oso pequeño, pero tenía rasgos humanos. No podía saberse si era macho o hembra y tenía una larga cola de rata.

-¡Hola, hola! –la saludó moviendo una mano diminuta y peluda, sonreía enseñando los colmillos.

-¿Qué eres? –ni siquiera le inspiraba miedo. Daba pequeños saltitos mientras andaba por la habitación.

-Es bonita, ¿verdad? –ignoró su pregunta. Carlota se encogió de hombros -¿Estás cómoda aquí?

-La cama es cómoda –reconoció -. Pero no soporto estar encerrada. Has abierto la puerta para entrar, ¿la abrirás para mí? –aventuró. La criatura soltó unos bufidos que parecieron una risa.

-Por supuesto… ¡que no! –otra vez esos bufidos irritantes –Soy Karazar –se presentó -, he creado esta habitación. Estoy muy orgulloso de ella. ¿Has visto cómo puedes ver la gente pasar pero nunca oírles claramente o tocarlos? ¿No te vuelve loca? Una invención mía –realmente estaba muy orgulloso -. ¿Sabes qué? ¿Sabes qué? Nadie se acuerda de cómo murió. ¿Tú te acuerdas? Seguro que no. Nadie se acuerda. Nadie. ¿Lo quieres saber? Yo te lo cuento –hablaba muy rápido y no la dejaba contestar. Carlota, curiosa por esa promesa y sabiendo que no la escucharía, se resignó a solo escuchar y se sentó en la cama -. ¡Fue una montaña rusa! ¡La mayor diversión creada por la humanidad te mató! ¿No es irónico? –volvió a soltar los bufidos de risa – Pero espera, eso no es lo mejor. ¿Quieres saber qué es lo mejor? Ni siquiera estabas montada en la atracción. No moriste haciendo algo divertido, nadie pudo decir: al menos murió con una sonrisa. Te cayó el vagón encima. Murió mucha gente y tú fuiste aplastada. Y ni siquiera moriste rápido, sino en la ambulancia, con un dolor horrible y todo destrozado –la criatura parecía estar pasándoselo a lo grande, como si le estuviera contando una anécdota graciosa. Carlota tenía recuerdos difusos. Recordaba estar en el parque de atracciones, se estaba comiendo un helado -. ¡Aún hay más! ¿Quieres saberlo? Tus amigos también murieron. Pero no todos. Uno sobrevivió y se suicidó. ¡El tío sobrevive a algo mortal y se suicida! ¿Quieres verlo? –antes de que Carlota pudiera negarse, habían aparecido en un baño. La bañera estaba llena y su amigo Javi lloraba con una cuchilla en las manos. Cerró los ojos para no verlo pero las imágenes seguían en su cabeza, proyectadas en su mente. Carlota gritó, suplicó, sollozó, todo inútil -¿Qué te ha parecido? Divertido, ¿verdad? –habían vuelto a la blanca habitación y el ser soltó más bufidos –Tengo más cosas de estas. Mira, este es el culpable de la muerte de un centenar de personas, entre ellas la tuya, y del sufrimiento de muchas más, familiares, amigos… -un hombre de unos sesenta años con un pulido bigote leía el periódico en una lujosa mansión, a su lado un perro de pelaje lustroso resoplaba en sueños. Una imagen idílica –Se quiso ahorrar un par de millones en seguridad y se salió con la suya. Este sí que es listo, no como tu amigo –volvió a reír -. ¿Quieres ver al que diseñó la montaña rusa y se vio obligado a no mejorar la seguridad? –entonces vieron un hombre en una celda, la mirada perdida, moratones en su rostro –¡Lo culparon a él! Los humanos sois fascinantes. ¡Oye, oye, oye! Se me acaba de ocurrir algo divertido: ¡te enseño tu funeral! Tus padres lloraron un montón, es muuuuy entretenido, ya verás.

La mujer cruzó las piernas lentamente, largas y bien cuidadas. Con un gesto estudiado, se estiró la falda roja, fingiendo que se cubría la rodilla para llamar su atención sobre ella. Después hizo una especie de carraspeo suave y parpadeó, siempre con la mirada fija a la carpeta que sujetaba.

-¿Cómo calificaría su experiencia según los siguientes parámetros: agradable, monótona, desagradable, aterradora u horriblemente dolorosa?

Carlota no respondió. Estaba hecha un ovillo sobre la cama, temblorosa, los ojos rojos. Desde que esa criatura la había visitado, había sufrido pruebas terribles, a cada cual más dolorosa.

-¿Cómo calificaría su experiencia según los siguientes parámetros: agradable, monótona, desagradable, aterradora u horriblemente dolorosa? –insistió la mujer, como un autómata, sin cambiar un ápice el tono de voz.

-Ho… Horriblemente dolorosa –murmuró. La mujer lo apuntó y le mostró una blanca sonrisa.

-Gracias, nos gusta saber cómo evolucionamos para ofrecer experiencias cada vez mejores y personalizadas a cada alma –la mujer estuvo un instante absolutamente quieta -. Me acaban de informar de que ha superado con éxito todas sus pruebas. Gracias por su paciencia. Puede pasar a la siguiente etapa –y sin ningún tipo de parafernalia, desapareció, silla incluida.

La puerta se abrió con un clic y Carlota se abalanzó sobre ella. ¡Sí, sí, se abría! Fuera no había un pasillo con gente, como había esperado, sino un yermo sin fin con una escalera de piedra estrecha de caracol. “Stairway to heaven” pensó, emocionada, empezando a cantar la famosa canción con lágrimas de alegría. Caleb se materializó en el primer peldaño y recibió su caluroso abrazo.

-¡Felicidades! Sé que las pruebas han sido muy duras, pero ya te dije que lo conseguirías. Directa hacia arriba, como querías –le sonrió y la empujó hacia la escalera -. Venga, empieza a subir. ¡Nos veremos allí!

Carlota asintió y empezó a subir peldaños. La escalera era muy estrecha y no tenía ningún tipo de protección. Le sorprendió ver que una escalera que llevaba al cielo estuviera en tan mal estado. Incluso se cayó un par de veces, rompiéndose todos los huesos con un dolor atroz. Pero cuando se despertaba otra vez curada sin ningún rasguño, volvía a empezar. Había mucha luz, aunque no podía ver el sol, y estaba deslumbrada. El calor era cada vez más insoportable y le salieron ampollas que se reventaban y daban lugar a otras. Soportó el dolor hasta ver que había algo al final. Contuvo las ganas de subir corriendo, por miedo de caer y tener que volver a empezar el calvario. Con paciencia subió los doscientos cincuenta y cuatro peldaños que le quedaban y se encontró en una sala de espera. Había una hilera de sillas pegada a la pared y la mujer que le había preguntado sobre las pruebas custodiaba una hermosa puerta de oro. Se sentó, buscando descanso, y entonces se dio cuenta de que las paredes se estaban volviendo rojas.

Marina R. Parpal

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