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Oro negro

Hacía tiempo que Cristalina no se encontraba demasiado bien. Era por el agua, lo sabían todos, empezaba a enfermarlos. Lo había anunciado el chamán de la tribu, Solaris, en una de sus expediciones al más allá. Se dirigía hacia la luz y desaparecía bañado en ella. Cristalina siempre rezaba para que volviese y sabía que el resto hacían lo mismo, sin Solaris la tribu caería en la anarquía más absoluta.

Pero el agua se estaba contaminando y los asustadizos habitantes de Pacífica cada vez estaban más inquietos. Solaris no les daba ninguna explicación, solo mensajes de esperanza que empezaban a no ser suficientes y la gran jefa les pedía que confiaran en el viejo chamán. Cristalina empezó a coger grandes bocanadas e intentar respirar con normalidad, tosió un par de veces y consiguió calmarse. Le dolía la cabeza y sentía un malestar en el estómago, así que nadó de vuelta y se dirigió a la aldea.

Escama Dorada, la gran jefa, había heredado ese título de su madre. Solo los ancianos recordaban ya su nombre real y podían distinguirla de la que fue su antecesora. Era firme y severa pero también piadosa y amable con sus vecinos. Tumbada en un sillón hecho de esponjas de mar y decorado con las más delicadas conchas, recibía las peticiones diarias de los habitantes con una sonrisa que no se expandía demasiado. Pardo, un viejo al que le achacaba un tremendo dolor vertebral, le exponía con pelos y señales su dolencia, olvidando que el día antes ya había acudido a ella con exactamente el mismo relato y que la gran jefa ya le había resuelto el problema. Aun así, Escama Dorada esperó pacientemente a que acabara y le repitió la misma solución: construirían más bancos de esponjas en los que poder descansar en toda la aldea. Pardo se lo agradeció y se despidió entre quejas de dolor. Malva se disponía a entrar en el salón central cuando alguien le pegó un empujón y se le adelantó. Cristalina se había precipitado hasta el sillón, casi cayendo sobre la gran jefa. Esta se levantó de golpe, dispuesta a reprenderla por su comportamiento alocado y su falta de respeto, pero la joven sirena tenía los ojos inyectados en sangre y parecía estar ahogándose. Durante un segundo, Escama Dorada olvidó su título y se sintió simplemente Turquesa, una asustadiza habitante de Pacífica, pero reaccionó a tiempo y agarró a Cristalina por la cintura golpeando su fuerte cola para impulsarse hacia la cabaña de Solaris.

El viejo chamán ya había sido advertido de que Escama Dorada se dirigía hacia su hogar cargando a Cristalina y salió a su encuentro. La adolescente no parecía ser consciente de donde estaba, cada vez que sus branquias se abrían su grito era desgarrador. Rápidamente Solaris vio que los ojos le sangraban, el rojo se perdía en el océano. El viejo se dio cuenta de que no sabía cómo salvarla. En doscientos sesenta y cuatro años solo había visto un caso similar. Toda una aldea había muerto ante sus ojos sin que él pudiera hacer nada. Supo que Cristalina correría el mismo destino. Y quizá el resto de la tribu la seguiría. Temiéndose lo peor, Solaris obligó a la joven a tumbarse y le pidió a Escama Dorada que esperara fuera y espantara a los curiosos. A pesar del terrible dolor que sentía, Cristalina logró obedecer y lloró entre gritos mientras el chamán le aplicaba un mejunje en el vientre. Después le lavó las agallas y las cubrió sin taparlas del todo con un alga muy especial. La sirena empezó a calmarse. Los gritos se vieron sustituidos por sollozos y los ojos dejaron de sangrarle. Le dio a oler una especie de molusco extraño que la sumió en un profundo sueño.

Tardó semanas en recuperarse pero Cristalina volvió a nadar y poco a poco recuperó el habla. El dolor del estómago nunca llegó a irse del todo y su alegre y refrescante personalidad se perdió en ese accidente. La tribu sentía miedo. Miraban a Cristalina como si pudieran contagiarse. Y quizá era así. El chamán, aunque no de forma clara, parecía insinuar que no sabía qué era esa horrible dolencia. Escama Dorada cerraba la puerta del salón central más pronto cada noche y cuidaba de su hija hasta que esta se dormía, siendo su guía en el mar de pesadillas al que la enferma se adentraba al cerrar los ojos. Ocre, el padre de Cristalina, la relevaba al llegar la mañana la acompañaba a donde fuera durante el día.

Los viejos de la aldea empezaron a enfermar muy rápidamente. Por supuesto, a cierta edad, todas las sirenas achacaban algunas enfermedades y perdían facultades, viendo cercano el final de sus vidas. Pero eso era diferente. Presentaban los mismos síntomas. Los mayores de doscientos fueron los primeros en mostrarlos. Similares a los de Cristalina, aunque en menor medida: dolor crónico de estómago y dificultad para respirar. A esas alturas toda la aldea se sentía más débil y notaba algún pinchazo en la tripa de vez en cuando. Era el agua. Y cada vez empeoraba.

Pronto, toda la tribu estaba sumida en una letargia enfermiza. Los niños se mareaban y no tenían fuerzas para levantarse de la cama, los viejos iban muriendo demasiado rápido y los adultos, cansados de cuidar de todos y empezando a verse afectados por los síntomas, no tenían ánimo para esforzarse en nada que no fuese imprescindible.

Solaris se preparaba para la muerte. Él también tenía fuertes dolores y apenas podía ver ya, sintiendo que el más allá lo llamaba. Decidió seguirlo. Como solía hacer, aunque esa vez sabía que no volvería más. No se despidió. Lamentó haber sido demasiado orgulloso para haber tomado un aprendiz que pudiera seguir su legado y cuidar de la tribu. Era demasiado tarde para arrepentirse. Siguió subiendo, se acercaba a la luz. Esperaba que todos murieran sin conocer su secreto, sin saber lo que había en ese lugar al que iba en busca de respuestas. Los había protegido todo ese tiempo y no quería que pasaran el fin de sus días conociendo la verdad. Era demasiado horrible. Oh, sí, la luz lo envolvía. Y, de repente, el agua dejó de cubrirlo. Su pálida cabeza escamosa asomó a la superficie y con la mano membranosa apartó una bolsa de plástico que se le acercaba. El agua estaba más oscura que la última vez. El chapapote se acercaba.

Marina R. Parpal

 

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