52 Retos·Guille·Relatos

#43 Encargo

Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.

 

-Tranquilos, nadie va a morir esta noche.

Acto seguido el cuchillo voló de su mano y se clavó a escasos centímetros de la entrepierna. Se oyó un suspiro general y la gente empezó a aplaudir. La mujer que estaba en el círculo formado por personas llevaba un chaleco negro sobre una camisa blanca y pantalones negros. Detrás suyo había una chica con un sombrero que le quedaba grande, y si no estuviera siendo observada por tanta gente se estaría mordiendo las uñas hasta sangrar. La mujer del centro estaba sonriendo mientras miraba al chico atado de pies y manos a una estructura circular de madera, con el cuchillo clavado cerca de un lugar peligroso. Se había hecho el chulo delante de su novia y se había presentado voluntario para que la lanzacuchillos practicara con él. Mientras otra chica le ataba la mujer de los cuchillos había estado hablando al público, explicando que tenía experiencia y nadie resultaría herido.

-Pero, por si pasara algo, toma un premio de consolación -la mujer se quitó el sombrero y se lo puso a la pareja del voluntario-.

Ahora estaba atado, rígido y sudando por todas partes.

-Uno, dos… -la mujer del centro cogió otro cuchillo de su cinto sin apartar la mirada del chico y se lo lanzó a la izquierda. Ya pensaba que le atravesaría la mano, pero de pronto el brazo se le soltó. Le había cortado la cuerda-.

Sin decir nada lanzó tres cuchillos más y liberó al chico del todo. La gente estalló en aplausos y los novios corrieron a encontrase y abrazarse, mientras la mujer recuperaba los cuchillos. Sonó un multitudinario “¡Oh!” y la lanzacuchillos le quitó el sombrero a la chica y lo fue pasando entre el público en busca de monedas. Normalmente la gente era bastante generosa, solo había visto su espectáculo en series y películas y les impresionaba mucho. Cuando el gentío se fue dispersando se guardó el dinero en el bolsillo del chaleco (así por encima le pareció que podría llegar a los cuarenta euros) y fue hacia su caravana, cruzando las atracciones. Estaba en la parte alta de aquella explanada, junto a las demás caravanas de los feriantes. Alzó la vista a la derecha y vio aquella escultura de un mono. Ya llevaba varios años yendo a ese pueblo por las fiestas y seguía sin saber qué significaba. Pero el pueblo en general le gustaba, se había formado a partir de inmigración de todas las partes del mundo y se notaba. Miró el reloj y vio que quedaba poco para la medianoche, así que se dio prisa.

La luz de la caravana estaba encendida, y cuando entró se encontró a su hermana pequeña quitándose el vestido de ayudante.

-¿Cuánto te has llevado, Lara? -dijo la hermana, poniéndose un chándal viejo-.

La mujer, Lara, se quitó el chaleco y se lo lanzó a la cama. La hermana sacó el dinero y lo esparció por la cama, separándolo a medida que lo contaba. Mientras Lara se cambió también de ropa, se puso unas bambas manchadas de barro y una chaqueta negra larga con capucha. Por mucho que le dolía se quitó el sombrero. Dejó todos los cuchillos y cogió otros más afilados y brillantes de una pequeña caja en la estantería al lado de la puerta. Se los colocó en los agarres del pantalón, que quedaban tapados por la chaqueta, y miró por última vez una foto que había sobre la encimera. En ella se veía a dos chicos cogidos de la mano, y la cara de uno tenía un círculo rojo. Volvió a mirar el reloj, se despidió de su hermana, se puso la capucha y salió por la ventana para que nadie la viera. La parte de atrás de la caravana daba al polígono industrial del pueblo, que tuvo que rodear hasta llegar a su punto de encuentro. No dejaba de mirar el reloj, aunque le daba tiempo. Cuando llegó se puso detrás de los matorrales y esperó a su víctima. Esa mañana había hecho el recorrido, contando el tiempo que se tardaba y los puntos desde donde podrían pillarla. A esa hora sabía que no habría nadie, faltaban tres minutos para que todas las luces del pueblo se apagaran para que los ciudadanos pudieran ver los fuegos artificiales.

Un coche aparcó al lado de donde estaba escondida y dos hombres de bajaron. Uno estaba de espaldas, pero el otro tenía gafas de sol y lo reconoció como el novio de la víctima. No vio tampoco al conductor, pero supo que era quien le había contratado. Pagaba bien. Había repasado varias veces el plan con él, discutiendo varias maneras de acercarse, y al final habían decidido que no tendría que hacerlo.

Los dos hombres cruzaron el paso de cebra en dirección a la feria y las luces se apagaron. La víctima se paró un momento de la sorpresa, pero siguió andando. Lara salió con cuidado del arbusto y se plantó tras la pareja.

El primer cuchillo se clavó en la espalda de la víctima. Solo se vio el filo de cuchillo bajo la luz de la luna. La pareja se apartó al oír el sonido del golpe y se apartó. “Mejor,” pensó Lara “no me pagan por acabar con los dos”. Pero no iba a fallar. La víctima se giró para ver a su atacante y el segundo y el tercer cuchillo se le clavaron en el pecho, uno a cada lado del esternón. La víctima cayó y su pareja gritó, mientras en otra parte empezaban los primeros cohetes. Lara se acercó y con un movimiento rápido de muñeca le rebanó el cuello con el quinto cuchillo, el mismo con el que le cortó el dedo anular de la mano izquierda, con anillo incluido. Lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y se alejó. Y en ese momento sonó la traca final y un minuto después volvieron las luces al pueblo.

Le hubiera gustado decirle algo al prometido de la víctima, algo como “ánimo”. No hubiera servido de nada, pero al menos se hubiera sentido mejor consigo misma. El hombre que la había contratado le había advertido de que no debía soltar ni una palabra, al estar ciego el prometido tenía muy buen oído y la hubiera podido identificar por la voz. Volvió sobre sus pasos y dejó el dedo en una de las fábricas del polígono, escondido entre cajas de cartón dobladas. Al llegar a su caravana su hermana ya estaba dormida. Sobre la encimera había una nota diciendo que la despertara cuando llegara, pero no lo hizo. Le dio un beso en la frente, se quitó la ropa con cuidado de no manchar nada con la sangre de los cuchillos y se fue a dormir. A la mañana siguiente fue a la fábrica donde había dejado el dedo y en su lugar se encontró con una bolsa llena de dinero. Con parte de ese dinero le compró un sombrero como el suyo a su hermana.

Guillermo Domínguez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s