Guille·Relatos

Cita

Después de que la camarera se acercara a preguntarle a la niña que estaba sola si necesitaba cualquier cosa por tercera vez, se abrió la puerta y entró un hombre trajeado. Miró por encima de sus gafas hasta dar con la mirada de la niña, fue a la barra y pidió un café solo y un batido de chocolate. Cuando ya los tuvo en las manos se sentó enfrente de la chica de cabellos dorados y abrió el maletín que llevaba en la mano.
-Este mes han entrado 836 personas y solo han salido 23, creo que debemos hacer algo, cada vez está más lleno -dijo el hombre leyendo informes que había sacado de su maletín-.
-Jo, espérate a que saboree el chocolate, que siempre vas directo al grano. ¡Disfruta un poco de la vida!
La niña empezó a reírse y al darse cuenta de que no había conseguido la misma reacción en su acompañante, se puso seria.
-Perdón. Creo que tienes razón, quizá deberías aumentar las horas de castigo, a ver si de esta manera la gente puede salir antes de allí.
-No creo que funcione, he tenido mucho tiempo para probar diferentes métodos y un aumento del castigo solo serviría para romper el alma de las personas, y eso es lo último que queremos, ¿no?

-Sí, todo lo que hacemos es a favor de las almas. ¿Y qué propones? -mientras decía estas palabras la chica iba repasando los bordes del dibujo de su taza con la yema del pulgar, acariciando la figura de la muchacha que adornaba todo lo relacionado con Pennyroyal Coffee-.
-Arreglar aquello que rompiste. Dándoles libre albedrío lo único que has hecho es que se destruyan aún más entre ellos, si eso es posible. Quizá ya va siendo hora de que llames a tu hermano.
-¡Nunca! -el grito hizo que toda la gente que estaba disfrutando de su café se giraran, sorprendidos-. Ya sabes que no voy a hacerlo, no después de la discusión. Dejaremos que las cosas sigan su curso.
-¿Y qué me dices de la chica a la que hiciste que atropellaran?

-Eso fue un error. No debería haberme metido en medio, pero por algo mal que hice hace años lo estaba pagando esa pobre muchacha. Creí que estaba haciendo bien, pero ahora me doy cuenta que me parezco más a él de lo que creía. Así que decidí acabar con ello. Estoy harta de que los humanos sufran nuestras consecuencias, a partir de ahora quiero que sean ellos los que escojan su destino.

-Pero ahora hay otros que están sufriendo. No sabemos el alcance de tu decisión, pero ya se están viendo los primeros cambios. Había personas con un cuerpo asignado para su retorno pero que no están muriendo por tu culpa. ¿Qué vamos a hacer?

La niña le dio el último sorbo a su batido y se levantó. Fue al mostrador y pidió lo mismo, con el primer nombre que se le ocurrió. Mientras la camarera se lo preparaba, no paró de mirarla, hasta que se decidió a hablar con ella.
-¿Ese señor te está molestando, Emma? Antes te he visto que le gritabas, ¿quieres que te deje mi móvil para que llames a tus padres o algo?
-Tranquila, es inofensivo.
Le dio la espalda a la camarera y volvió a su asiento, quemándose las manos en el camino.
-También está el problema del bosque: otra niña ha desparecido -comentó el señor del traje-.
-Lo sé, yo también leo los periódicos… ¿Y qué quieres que haga? Ya sabes que mi hermano me prohibió meterme en eso. Si acabo con el monstruo volverá, y no con buenas intenciones.
-¿Y si acabas con el problema de manera indirecta? Podrías hacer que los humanos, por iniciativa propia, cogieran sus antorchas y fueran a por él.
-No es mala idea… Metiendo una simple idea en la mente de alguna persona podría hacer un efecto dominó que acabara con la muerte de Cris. No sé si funcionaría, pero creo que debo intentarlo. ¿Y tú que vas a hacer al respecto? Lo único que has venido a hacer es contarme todos los problemas, esperando que te los solucione solita. Si estás aquí es porque tienes iniciativa propia, ¿por qué no la usas?
-No he venido a tener una charla paternalista sobre lo que está bien y lo que no. A fin de cuenta tú me creaste. Pero sí quiero que reflexiones sobre tus decisiones, porque hay vidas humanas en juego.
Acabó su café, dejó unas cuantas monedas en la mesa y recogió su maletín. Le dio un beso en la mejilla a la chica y fue hacia la puerta.
-Hasta la próxima reunión. ¡Y dale recuerdos a la Cazadora! -exclamó la niña, que se quedó un rato en su asiento, reflexionando sobre lo que le había dicho su amigo-.
Guillermo Domínguez

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