52 Retos·Guille·Relatos

#30 Extraviado

Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
-Te estoy diciendo que no tendrías que haber cruzado ese puente.
-¿Y que hago ahora? ¡No puedo dar la vuelta aquí en medio!
-¡No me grites! Pues para un momento y lo miramos bien. Estúpida cobertura…
El hombre aparcó el coche en un lado de la carretera y bajaron su mujer y él. Abrieron el mapa sobre el capó y siguieron discutiendo sobre la dirección que debían tomar. Mientras su hijo miraba por la ventaba aquellos altos árboles, que parecían devolverle la mirada. Cogió su pequeño muñeco de un extraño monstruo con cabeza de flor y lo movió por el aire soltando bufidos y exclamaciones sin sentido. De pronto el niño empezó a notar una presión creciente en su entrepierna, que hasta ese momento había dejado pasar por no cortar el juego. Se bajó del coche y les dijo a sus padres que tenía pipí, y ellos solo le dijeron que tuviera cuidado sin tan solo mirarle.
El pequeño se adentró poco a poco en el bosque, buscando un árbol apartado.
-Hola.

A su derecha había otro niño, un poco más grande que él, que lanzaba una y otra la vez una moneda al aire, sin comprobar el resultado.
-Tienes ganas de ir al baño, ¿eh? Te entiendo. Ahí detrás hay un pequeño retrete improvisado, ¿te vienes?
El niño se giró y vio a sus padres aún discutiendo, así que cogió la mano que le ofrecía el chico y le acompañó. Mientras se internaban en el bosque otros niños fueron apareciendo. Algunos se acercaban y le saludaban, mientras que otros se quedaban en el margen y parecían estar tristes.
Al cabo de un rato llegaron a una verja que cerraba la puerta de lo que se suponía que era una vieja mina, según un cartel que colgaba medio caído de un lado. El chico quitó una cadena oxidada y abrió aquella valla, y cuando intentó coger la mano del niño, este se apartó.
-¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo? No hay de qué preocuparse, no hay nada ahí dentro.
-Sí.
-Vamos, entra.

-Nosotros te acompañamos -los otros niños le rodearon y empezaron a infundirle ánimos-.

El pequeño empezó a andar hacia la mina, recibiendo suaves empujones en la espalda. Volvió a coger a mano del chico, que había sacado una linterna de su bolsillo, y se adentró en la mina.

Al cabo de un cuarto de hora sus padres se dieron cuenta de que su hijo aún no había vuelto. Se separaron y empezaron a gritar su nombre entre el silencio de los árboles. El padre lo encontró tirado en el suelo, con el pantalón mojado y una expresión de pánico en su rostro.
Guillermo Domínguez

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