Marina·Relatos

La orquídea negra (Marina)

Este relato lo escribí para el reto Inventízate de El Libro Del Escritor (ELDE) y debía cumplir los siguientes requisitos: Llevar por título La orquídea negra, que se mencionara el título, que rompiera un cliché, que un personaje llevara un libro y que tuviese 500 palabras.

La vio de lejos en el otro andén y se puso las gafas por inercia, buscando el color de sus ojos. Un tren le impidió descifrar si eran azules o verdes y cuando el enorme y trepidante vehículo desapareció hacia las montañas, ya no quedaba rastro de ella.
Dejó caer las gafas y estas le golpearon el pecho, prendidas del cordón, y volvió la vista al libro, solo para cerrarlo medio minuto más tarde, consciente de haber leído la misma línea quince veces. La visión de esa sirena errante lo había descolocado por completo y una extraña desazón había conquistado su alma.
Su tren llegó y se levantó con el desánimo de quien ha saboreado la derrota. Alguien tiró del codo de su chaqueta mientras subía y al girarse se encontró con una aparición mística.
-¿Has vuelto? –apenas le salió la voz. Ella asintió.
-Debía hacerlo. La razón me hizo subirme a ese tren pero algo más profundo –no se atrevió a decir qué – me ha hecho volver. Adán, ha pasado tanto tiempo…
-¿Me conoces?
¿Era eso lo que había despertado su interés? El lejano recuerdo de un deseo olvidado, quizá.
-Eva, del campamento de verano del 93 –pareció decepcionada pero no perdió la sonrisa -. Cuando me has mirado he sabido inmediatamente quién eras. Me diste mi primer beso…

Por supuesto. En cuanto mencionó el campamento de verano la reconoció y los recuerdos se agolparon en su estómago. Eva de puntillas para llegar a sus labios. Eva mordiendo descaradamente una jugosa manzana roja, desafiando la irónica coincidencia de sus nombres. Eva, maestra y aprendiz del amor más puro e inocente. Una bella orquídea floreciendo. Un terrón de azúcar en el paladar de la memoria.
-Has cambiado. Estás preciosa –ni siquiera lo pensó, las palabras escaparon de sus labios. Pero era cierto. La madurez le había sentado bien, él no estaba tan seguro de su suerte.
-Tú también. ¿Quieres ir a tomar un café?
Ni siquiera se dieron cuenta de lo largo que se había hecho ese café, al que le siguió una cena, unas copas y un beso. Adán se sintió adolescente de nuevo. Eva prácticamente lo arrastró hasta su casa. Lo desnudó contra la cama, perdiendo su ropa en el proceso. Paró solo para rebuscar en un cajón. Sacó unas esposas.
-¿Te da miedo lo salvaje? –su sonrisa era terriblemente lasciva. Él negó con la cabeza y se dejó esposar, embriagado por las copas y la situación. El deseo dio paso al miedo cuando Eva sacó un puñal –Lo que más me gusta es ver la confusión en vuestra mirada –susurró antes de hundir el arma en su cuello. La sangre salió a borbotones y Adán trató de decir algo inútilmente.

 

Lilith, después de quince víctimas, seguía sorprendiéndose de lo fácil que era manipular el pasado y usarlo para su macabro propósito.
Marina R. Parpal

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