Divagaciones·Resistiendo

Curiosidades literarias 2: El retorno

El mundo de la literatura está plagado de curiosidades, a las que ya dedicamos esta entrada el año pasado. Ahora volvemos con más, esperando que os resulten curiosas (vale, perdón ya nos vamos):

  • El Rey de los cameos: ya sabemos que los artistas tiene la afición de hacer cameos en series y películas, pero el que hizo Stephen King en Sons of anacrhy llega al siguiente nivel. El escritor ya había aparecido en adaptaciones de sus libros (como la serie de La cúpula), pero esta vez apareció en la famosa series de moteros interpretando a Richard Bachman, su seudónimo. Durante años King estuvo publicando bajo este seudónimo, hasta que en 1984 le descubrieron, entre otras cosas, por la prosa de los “dos” escritores era demasiado parecida. Después de eso el autor declaró que Bachman había muerto de “cáncer de seudónimo”, aunque más tarde apareció un última novela póstuma. Incluso escribió una novela sobre este hecho, La mitad oscura, en la que un autor “mata” a su seudónimo pero este vuelve para matarle.

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  • El día que Víctor Hugo se quedó sin palabras: todos conocéis a Víctor Hugo, el autor de Los miserables, entre otras novelas. Y también sabéis la enorme cantidad de palabras que tiene (Goodreads me chiva que son 1463). Pues resulta que al acabarlo se fue de vacaciones, pero quería saber cómo iba la edición de su novela, así que escribió una carta a los editores. Parece ser que agoto el cupo de palabras que podía escribir, porque en la carta solo ponía “?”. Los editores, evidentemente, contestaron con un “!”.
  • El arduo cometido de interpretar la poesía: dice la leyenda que una vez estaba Lorca oyendo recitar un poema de Rubén Darío que dice “…que púberes canéforas te ofrendan el acanto”. Lorca se levantó del asiento de golpe para que lo repitiera que solo había entendido el “que” y nada más. Pero no es la única anécdota: otro poeta, Dylan Thomas, dijo una vez que sus poemas no los entendía ni su madre.
  • Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos (1).jpegEl cementerio de los libros raros: en una tierra muy muy lejana (Connecticut) existe la llamada Biblioteca Beinecke de Manuscritos y Libros Raros, que pertenece a la Universidad de Yale, y como podéis comprobar por el nombre, seguro que está llena de curiosidades literarias. Una de las más extrañas es el llamado Manuscrito Voynich, escrito en el siglo XV por un autor anónimo y en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible. A este lenguaje lo llamaron voynichés. Hay muchas hipótesis acerca de su autor, lo que contiene o el supuesto código en el que está escrito (podéis leer muchas de ellas en su página de Wikipedia). Actualmente una editorial española se ha encargado de reproducirlo, y este verano ya estará disponible. Por favor, si os hacéis con él avisadme.

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Artículos de los que he sacado la información:

http://ovejanegra.peru.com/temas-libres-10-curiosidades-literatura-universal-257502

https://www.euroresidentes.com/entretenimiento/apasionados-libros/13-curiosidades-sobre-las-bibliotecas

Guille·Relatos

Cornisa

La ciudad descansa bajo sus pies, que cuelgan en hacia el abismo. Bajo ellos veía a la gente pasar de un lado a otro, sin tener consciencia de la chica que estaba a punto de caer sobre ellos. Había subido muchas veces a aquel edifico abandonado, preparado para lo que estaba a punto de hacer. Esperó hasta que vio que había menos gente y se preparó para tirarse.

-Hola.

Se giró tan rápido que perdió el equilibrio y por poco se precipitó al vacío, pero la chica que le había hablado corrió hacia ella, la cogió del brazo y con una fuerza inusitada la levantó y la devolvió al tejado. Su salvadora vestía toda de negro, tanto la chaqueta con capucha, como los pantalones y los zapatos. Tras la capucha se le veía un poco la cara, morena, y los ojos verdes que la estaban mirando fijamente.

-Aún no es tu momento -dijo la encapuchada mientras se giraba y recogía un arco y un carcaj que Vit no había visto hasta entonces y se los colocó a la espalda-.

-¿Eres la muerte?

-No, tan solo soy una de sus ayudantes.

-¿Eres un demonio?

Su salvadora se la quedó mirando un buen rato hasta que se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras.

-Espera -dijo Vit-. ¿Quién eres? ¿Por qué me has salvado?

-No soy nadie. Y no podía dejarte morir, tienes aún mucha vida por delante.

-Por favor, no te vayas. No me puedo quedar sola ahora mismo.
La cazadora la miró con la misma cara inexpresiva y fue con ella. Vit se sentó en el

centro del tejado con las piernas cruzadas y la chica la imitó a cierta distancia. Se quedaron horas hablando. O más bien Vit hablaba y la chica (que tras mucho insistir dijo que se llamaba Asenet, aunque hacía milenios que no la llamaban así) contestaba con monosílabos y poco más. Al final quedaron el día siguiente en el mismo sitio a la misma hora, Vit no empezaría las clases en la universidad hasta unas semanas más tarde. Vit bajó la primera, y cuando vio que Asenet no la seguía volvió a subir al tejado. Pero allí no había nadie.

No sabía cómo, pero Asenet siempre llegaba la primera y se marchaba sin que Vit la viera. No tardaron demasiado en enamorarse. Ambas estaban muy solas, se comprendían entre sí. Poco a poco se fueron confesando sus sueños y miedos. El padre de Vit había muerto en el fatídico accidente de tren que había acabado con tantas vidas y había dejado gran cantidad de heridos. A Vit le costó mucho que Asenet le confiara su historia. Al fin y al cabo, no era humana. Lo había sido hace muchísimos años, hasta que murió por una plaga. Había sido una sacerdotisa muy importante, de ahí que al morir la consideraran para su puesto de trabajo actual. Era una Cazadora, una especie de demonio que se encargaba de llevar a las almas errantes al otro lado. Sus flechas solo herían fantasmas, le dijo. Ella se encargaba de casi toda Fara, y estaba muy alta en los rangos de Cazadores.

-Si pudieras ver otros planos de existencias me verías como soy realmente.

-¿Y cómo eres?

-No es fácil de explicar. Bueno, tengo alas.

-¡¿Qué?!

También le habló de la Muerte, que no era más que un funcionario, y de la bestia que se escondía en el bosque. Era una zona prohibida para los Cazadores, aunque sabía que había almas perdidas allí.

El verano se acabó y las clases volvieron a empezar, por lo que tuvieron que pasar sus citas a la tarde. Y como un día encontraron botellas de alcohol rotas y colillas por el tejado empezaron a quedar en casa de Vit. Sus padres trabajaban hasta tarde, tendrían la casa libre durante mucho tiempo. A partir de ahí su relación se hizo más estrecha. Vit nunca se lo mencionó, pero tenía la sospecha de que Asenet la vigilaba por las noches desde otro plano, notaba su presencia. Y al final hicieron el amor. Si Vit hubiera podido ver otros planos habría visto las alas de Asenet extenderse cuando llegó al orgasmo.

 

-Los errantes están aumentando en Fara y alrededores.

-¿Y eso?

-Alguien no está haciendo su trabajo.

-¿Ella? Lo dudo, siempre ha sido constante. Quizá le pasa algo raro.

-Le he preguntado, pero siempre responde con evasivas. Enviaré algunos cazadores a que la sigan, no podemos permitirnos esto. No ahora.

-¿Ya vuelves con lo mismo? Acaba con esto de una vez o seré yo el que acabe contigo.

 

Asenet le había dejado una nota a Vit en su habitación, diciéndole que ese día no podrían verse. Ahora estaba sentada en el mismo tejado donde la había conocido, esperando. No eran muy sutiles, sus perseguidores. Aunque habían ido cambiando de plano cada cierto tiempo podía oír sus alas batir. Al fin y al cabo, los había entrenado ella. No sabía cuánto tiempo llevaban siguiéndola, no si conocían la existencia de Vit, pero no podía volver a verla hasta que hubiera arreglado eso.

Se levantó y abrió sus alas. Dio un paso atrás para impulsarse y cuando estuvo a punto de volar, estiró el brazo y cogió del cuello al cazador. Lo trajo hacia su plano y a su alrededor aparecieron más cazadores al acecho.

-¿Por qué me seguís?

-La Muerte nos lo ha ordenado -dijo una de las cazadoras-. Dice que no estás haciendo tu trabajo y teme perderte. Ya nos hemos tenido que encargar de un alma que llevaba meses estancada.

-Pues volved y decidle que no me pasa nada. Es una orden.

-No podemos hacerlo -dijo el cazador al que había agarrado del cuello-. Ya le hemos contado lo de tu amiga la mortal. Ahora mismo se están encargando de ella.

-¿Qué le habéis hecho? -por instinto Asenet agarró su arco y preparó una flecha-.

-Aún nada. Se la han llevado al bosque, no vaya a ser que algún mortal nos vea.

-¿Al bosque? ¿Es que sois estúpidos?

-Solo cumplimos órdenes. Como deberías hacer tú.

Asenet soltó la flecha y golpeó al cazador con el arco en la mandíbula. Los demás se lanzaron hacia ella, pero ya había cambiado de plano y estaba volando hacia el bosque.

 

Vit estaba muerta. O eso creía ella. Alguien se le había acercado por la espalda y lo siguiente que sintió fue el frío aire del bosque donde se encontraba ahora. Veía el mundo a su alrededor, pero no podía sentirlo: ni tocar los árboles que veía ni oír los pájaros que tenían que estar allí. Quizá ni siquiera el frío fuera real. A su alrededor había gente observándola, con el mismo uniforme que Asenet. A veces, si entornaba los ojos podía ver una sombra a sus espaldas. Se apartó del árbol que no podía tocar y empezó a andar a trompicones, sus piernas no funcionaban demasiado bien, hasta que una flecha le atravesó el pie. Y entonces sí que sintió. Cayó sobre la otra rodilla y empezó a gritar, notando un dolor extremo en el pie herido. Una cazadora se acercó, le quitó la flecha y la miró a los ojos sin decir nada. Se miró el pie, pero lo que no vio fue sangre ni ninguna herida.

Pasos. Pasos de gigante. En alguna parte del bosque oyó grandes pisadas, y se dirigían hacia donde estaba ella. Los cazadores se miraron entre sí y se pusieron en formación, todos en fila apuntando hacia la distancia. Uno de ellos soltó la flecha y cogió otra del carcaj sin mirar. Vit intentó correr en dirección contraria, pero sus piernas aún no respondían como debían hacerlo, y el dolor del pie tampoco ayudaba. Cayó al suelo y por encima de su cabeza pasó un cazador, que se estrelló contra un árbol y no volvió a levantarse. Se giró aún en el suelo y vio el origen de las pisadas, aunque no podía verlo demasiado bien por lo rápido que luchaba contra los cazadores. Las flechas le atravesaban, esa bestia no era un fantasma. Parecía una persona, o al menos era humanoide, pero era muchísimo más alto y fuerte. Tenía la ropa hecha girones, unas garras que iban rajando cazadores a su paso y ojos amarillos. Y estaban mirándola.

Se levantó como pudo y volvió a correr, agarrándose a los árboles. Oía la lucha continuar a su espalda, hasta que solo oyó las pisadas que se acercaban de nuevo. No pudo ni girarse a tiempo, las garras le atravesaban el pecho. Se desplomó, no podía ni asimilar el dolor. Intentó gritar, pero su garganta no le respondía. Notó una mano gigante que la agarró de la pierna y la empezó a arrastrar por el bosque. Mientras la arrastraba vio a los cazadores caídos, o los trozos que quedaban de ellos.

Se estaba yendo. Notaba como cada vez más los pocos sentidos que le quedaban iban perdiendo fuerza. Iba a morir, otra vez. Se concentró en el dolor del pecho y poco a poco fue volviendo a la realidad. Se giró como pudo y se quedó mirando a aquella bestia. Y entonces vio como aparecía un puño de la nada y se estrellaba en la cara del monstruo. Asenet había llegado. Aquel ser soltó a Vit y se centró en la cazadora, que iba saltando a su alrededor golpeándole con su arco y sus puños. Asenet consiguió apartar al monstruo de Vit y fue volando hacia ella para llevársela de allí. Pero las garras del monstruo se cerraron alrededores de su ala, y se la arrancó de cuajo. El grito de Asenet fue insoportable. Aun así siguió luchando.

El monstruo era rápido, pero Asenet era más ágil, aunque al haber perdido un ala había perdido algo de equilibrio. Le golpeó con todas sus fuerzas en un lado de la cabeza y pareció que por fin le había herido. Pero la criatura volvió a la carga, cogió a la cazadora por el cuello y la lanzó contra el suelo. Vit cerró los ojos antes de que estampara su pie sobre Asenet.

 

-¿Ya está arreglado?

-Sí. Mis cazadores llegaron tarde, ya estaban las dos muertas, pero al menos tenemos un problema menos.

-¿Y qué has hecho con el cuerpo de la muchacha?

-Los cazadores lo habían dejado en el palacete del bosque. Cuando se deshicieron de los cadáveres de todos los cazadores muertos incineraron el de la chica. Lo que no sabemos es qué le ha pasado a su alma, se lo habrá quedado el monstruo.

-Sí, lo más seguro. Buen trabajo, no esperaba menos de ti. Hasta pronto.

-Espera un momento. ¿Cuánto tiempo llevabas planeando esto?

La chica guiñó un ojo al hombre trajeado y se esfumó.

Guillermo Domínguez

Reseñas

El columpio #Cristina Fernández Cubas

Logo creado por LaUdelMig

¿Conocéis la iniciativa de Adopta una autora? Si estáis aquí, probablemente sí. El objetivo de esta iniciativa es dar a conocer la vida y obra de una autora a través de unas cuantas entradas dedicadas exclusivamente a ella. Nosotros hemos decidido participar y yo he adoptado a Cristina Fernández Cubas, una autora española que ganó este año el Premio Nacional de Narrativa.

FICHA TÉCNICA

columpio.jpgTítulo original: El columpio

Autor: Cristina Fernández Cubas

Año de publicación: 1995

Páginas: 137

ISBN:  9788472238572

Saga: No

SINOPSIS

«Un día, mucho antes de que yo naciera, mi madre soñó conmigo» Así empieza la extraña aventura de una joven que, tras la muerte de su madre y deseando encontrar sus orígenes, emprende un viaje a un rincón perdido de los Pirineos : Allí conocerá a sus tíos, Bebo, Lucas y Tomás, se alojará en la Casa de la Torre, recorrerá los parajes donde su madre, de niña, jugaba al diábolo y los tíos construían canales en el jardín, o «columpiaban por turno a Eloísa, su querida Eloísa…». Pero no todo resulta tan placentero como en las pocas fotografías viejas y cuarteadas que la narradora ha llevado consigo. A estas instantáneas se irán sumando otras. Cada vez más desconcertantes, más enigmáticas. Sólo al final la joven comprenderá su asombroso papel en este inquietante álbum de recuerdos ajenos.

RESEÑA

PERSONAJES

La protagonista, cuyo nombre no llegamos a saber nunca (algo habitual en Cubas) vive en París, y tras la muerte de su madre decide visitar a los tíos de los que tanto hablaba ella. Es una chica egoísta, como reconoce ella misma en un momento, que a través de este viaje quiere conocerse mejor a sí misma y a su difunta madre.

Eloísa, la madre, también es muy importante, ya que aunque no aparezca como tal está siempre presente, tanto en los recuerdo de la narradora como en los de sus hermanos y primo. Poco a poco iremos conociendo su carácter, sus pasiones de la infancia y aquello por lo que decidió marchar del Valle. Y gracias a la madre podremos saber más de la relación que tenía con su hija y lo mucho que ha influido en su vida.

Los otros protagonistas son los tíos: Lucas, Tomás y Bebo. Cada uno tiene una personalidad muy marcada (está el inventor, el cocinero, el introvertido) tienen características en común, como algún comportamiento infantil. Ya desde el principio vemos que hay algo extraño en ellos, en su manera de tratar a su sobrina.. Se nota la ausencia de Eloísa, la que formaba un papel principal en su mundo. Son unos personajes muy curiosos, y la resolución de “su misterio” me ha parecido genial.

TRAMA

Esta es una novela de Cubas y se nota. La trama me recordó mucho a Los altillos de Brumal: una joven que vuelve al pueblo de su infancia, un lugar extraño, lleno de misterios y sombras, y que acabarán cambiándola. Es muy interesante cómo la autora consigue meterte tanto en la historia con su prosa, soltando un misterio al principio (el sueño de la madre en el que vio a su hija de mayor) y no te suelta hasta que lo hayas descubierto. O no. Porque si la autora sabe hacer algo bien es dejar que tu imaginación acabe sus relatos, teniendo que formarte tu punto de vista, tus interpretaciones.

Como suele hacer, utiliza elementos “normales y cotidianos” (la visita a la familia) y consigue transportarte a otro mundo lleno de misterios. En esta novela nos lleva al Valle, un pequeño pueblo de los Pirineos que vive en el anonimato durante el invierno pero empieza a llenarse cuando llega el calor. Mediante las pequeñas excursiones de la protagonista iremos conociendo algunos de los personajes que viven allí, aunque no tienen prácticamente protagonismo, solo servirán para dar su visión del pueblo y, sobre todo, de los tíos y su Casa de la Torre. Quizá para ser una novela me han faltado más misterios, pero los que hay me han gustado mucho.

Tal y como dice el título, esta novela va de un columpio, y nos pasaremos todo el tiempo creyendo que estamos sobre uno, sintiendo el vaivén de la “realidad”. Dudaremos todo el rato pensando si es real o un sueño, si lo que nos muestra es presente o pasado. Y como ya he comentado, nosotros seremos los que decidiremos esto.

OPINIÓN PERSONAL

Como podéis ver, me ha gustado mucho. La última novela que leí de Cubas, La puerta entreabierta, me dejó algo frío (aunque me gustó, pero me esperaba más). Después de ese pequeño fiasco bajé mis expectativas, pero con esta novela me las ha devuelto, mostrando la Cubas que tanto adoro. Vuelve a sus temas recurrentes y a los misterios que tanto me gustaron de sus relatos. Porque si hubiera reducido algo las páginas hubiera pegado a la perfección en sus antologías, tienen el mismo ambiente y te dejan con una sensación similar. El final me ha parecido genial, dando los mínimos detalles para que seamos nosotros los que lo construyamos, lo que me encanta.

En conclusión, una gran novela, que refleja alguno de las mejores características de la autora y que atrapa desde el principio con sus misterios.


VALORACIÓN

52 Retos·Guille·Relatos

#22 Sanatorio

Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.

Un extraño sonido le arrastró desde el sueño a la realidad. Abrió los ojos y se giró, en busca de la fuente del ruido. Sentado en su silla de ruedas estaba Abel babeando embobado con Peppa Pig (lo máximo que su mente destrozada podía soportar sin ponerse a llorar), riéndose con sus ronquidos característico, haciéndole parecer un cerdo como la que salía en esos momentos en pantalla. Germán se recolocó en su butaca y se puso a leer el libro que le había caído en las rodillas al dormirse. Era Misery, un libro sobre una loca de cuidado que secuestraba a su autor favorito. La doctora Iberu había hecho un gran trabajo incorporando una pequeña biblioteca en la sala común, pero por algún motivo lo único que había eran libros de terror. Germán ya había leído a Lovecraft, Shelley, algún cuento de Poe y ahora estaba a medio camino de leerse a todo King. Le hizo gracia la protagonista de Misery, lo mucho que se parecía a alguno de sus compañeros del lugar. En ese momento el protagonista estaba haciendo pesas con su máquina de escribir, pero los ronquidos no le dejaban concentrarse.

Se levantó de la butaca, le arrancó el mando a Abel de las manos y lo lanzó a la otra punta de la habitación, donde una paciente estaba jugando al solitario en el suelo. Abel se le quedó mirando, con una gota danzando en la comisura del ojo. A Germán le entraron arcadas. Solo falta que le cayera cera de las orejas para que todos sus orificios estuvieran goteando. Siempre tenía mocos, y los esfínteres hacía tiempo que no le funcionaban. Según otros pacientes le habían contado, Abel había sido jardinero en un internado para niños pijos donde se dedicaba a espiarles y hacer cosas raras en su cabaña. Le habían pillado oliendo ropa interior de la Patrulla Canina (“al menos no de Peppa Pig, eso habría sido el colmo” pensó Germán) mientras una jeringuilla sobresalía de su brazo. En el juicio había repetido una y otra vez que él no sabía lo que hacía, que una voz entre los arbustos le obligó a hacerlo. Germán se reía de los tontos que eran los jueces, creyéndose estupideces como esa. Al fin y al cabo él mismo había acabado en aquel loquero gracias a la credulidad de un juez.

-¿Qué miras, cerdo de mierda?

-¡Mierda, mierda, mierda, mierda! -Abel no paraba de gritar, ahora con la cara hecha un cuadro por las lágrimas y mocos-.

-¡Que te calles!

-¿Qué está pasando aquí? -el enfermero Titre salió de detrás del mostrador de las pastillas y se plantó en medio de la sala, donde los demás pacientes habían formado un corrillo-. Germán devuélvele el mando. Ya.

Le miró con odio, pero lo hizo, mientras soltaba insultos entre los dientes.

-Bien hecho, ahora vez que te tengo que dar tu pastilla -dijo el enfermero de espaldas, yendo al mostrador-.

-Pero no me toca hasta dentro de una hora…

-Te toca cuando yo te lo diga.

Germán se acercó y el enfermero le entregó el vaso de plástico con sus pastillas dentro. Echó un vistazo antes de tragárselas, y vio una de color verde que era nueva para él, pero se la tragó sin hacer preguntas. No quería más problemas ese día.

-Bien hecho.

 

La cerradura automática se abrió en plena noche, despertándolo. Estaba empapado de sudor y con la boca llena de sangre, que escupió en el pequeño retrete enganchado en la pared. Asomó la cabeza por la puerta: el pasillo estaba vacío. Fue dar un paso fuera de la habitación y el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor, tuvo que agarrarse a la pared como pudo. Avanzó a trompicones con los ojos cerrados, notando aún la sangre en su boca.

-Suicídate.

-No mereces vivir.

-Sé lo que hiciste el año pasado.

Germán abrió los ojos, pero no vio a nadie. Solo sombras que se arremolinaban a su alrededor y que hicieron que perdiera el equilibrio. En el suelo se tapó los oídos lo más fuerte que pudo, sin que el volumen disminuyera. “Al final la locura me ha atrapado” pensó. Se levantó y siguió caminando a pesar de aquellas desagradables voces. Cuando llegó a la esquina empezó a oír otro ruido, y este no parecía producto de su imaginación. Esperando que fuera algún doctor fue hacia allí corriendo. No era más que un cerdo enorme sentado al lado de las escaleras. El animal estaba roncando, Germán se extrañó de que nadie más hubiera aparecido para acallar ese horrible ruido.

-Hazlo.

-Acaba con él.

Se giró y entre las sombras le pareció ver algo. Una persona con máscara de cirujano y los ojos rojos. Incluso le pareció ver que estaba fumando.
Alguien o algo lo golpeó por detrás y acabó al lado del cerdo, sintiendo su aliento fétido en la cara. El ruido se había vuelto insoportable. Las piernas ya no le funcionaban. Así que no tenía otro remedio: empujó al animal por las escaleras. Vio cómo se desplomaba hacia la oscuridad que había abajo. Oyó su cuello romperse. Por fin pudo levantarse, sintiéndose el salvador de aquel manicomio, liberándolo de criaturas molestas.

 

La puerta eléctrica se abrió de nuevo, pero esta vez era para que los internos fueran a desayunar. Se desperezó mientras pensaba en la noche anterior, sin saber si era real. No recordaba cómo había vuelto a su habitación. Antes de salir escupió sangre en el retrete.
El desayuno fue tranquilo, lo que le dejó tiempo para pensar. Se centró en la imagen del doctor de los ojos rojos. Ahora pensaba que olía a azufre, pero ya no sabía si era verdad o el recuerdo ya se estaba degradando.

En la sala común todo seguía igual de tranquilo. Jugó al dominó con la señora Medina, una ancianita que seguía viendo a su hijo muerto (y al que culpaba cuando hacía trampas) y ganó las dos partidas. Cuando iban a empezar la tercera sonó una voz por megafonía avisándoles de que se presentaran todos en la sala común, que la doctora Iberu debía decirles algo.

-Tengo malas noticias -dijo la doctora cuando llegó, interrumpiendo la partida de dominó, y estaba mirando a Germán-. Esta mañana hemos encontrado el cuerpo de Abel. Muerto. -Germán giró la cabeza y vio que faltaba su silla de ruedas. Ahora entendía lo tranquilo que estaba siendo el día- Alguien lo ha empujado por las escaleras. Si habéis sido vosotros o sabéis quién ha sido, comunicádnoslo ya. No podemos dejar pasar una falta tan grave como esta.

Siguió un rato hablando de Abel y de lo horrible de ese acto, todo esto sin apartar la mirada de Germán. Cuando acabó Titre les repartió sus pastillas y los enviaron a sus habitaciones hasta la hora de comer, no les dejarían tiempo de ocio en una buena temporada.

Esta vez la locura le llegó mucho antes. Estirado en su cama, esperando que llegara la hora de comer el mundo se desmoronaba a su alrededor. Las paredes se agrietaban y el techo se elevaba hasta el infinito. Todo se volvió borroso, hasta que unos golpes lo devolvieron a la realidad. Pero ya no estaba en su habitación, sino en el juzgado. Se miró y vio que llevaba traje, y a su lado estaba su abogada. Estaba en su propio juicio.

Una testigo estaba hablando de cómo Germán había cambiado las vías de tren para que aquellos dos trenes chocaran, causando 235 muertos y 46 heridos de gravedad. Pero Germán no le estaba haciendo caso. Él se giró, intentando comprender qué estaba pasando. ¿Era un sueño? ¿Un recuerdo demasiado vívido? ¿O estaba en el infierno? Entre el público encontró dos caras conocidas: la doctora Iberu y el enfermero Titre. Estaban abrazados, llorando. Y tenían los ojos rojos.

Un psiquiatra pasó a ser el testigo y contó que lo que le pasaba a Germán era que estaba enfermo. Tras varias preguntas tanto del fiscal como de su abogada la jueza dio pasó al veredicto. Era culpable, pero en vez de ir a la cárcel iría a un psiquiátrico, donde quizá podrían curarle. Él sabía que no estaba loco. Vale, sí, había matado a todas esas personas. Pero no lo había hecho por locura, ninguna voz le había obligado ni nada por el estilo, él solo quería probar si sería capaz de hacerlo. Y lo había sido. Alguien, un alguacil supuso, lo cogió del brazo y lo levantó de la silla. Lo llevó por el pasillo del público, donde la doctora y el enfermero habían desaparecido, y lo sacó de la sala. Fuera miró a la cara a su acompañante. Era Abel. Se sacudió y consiguió liberarse de él. Salió corriendo por los pasillos del juzgado, esquivando a la gente. Se chocó contra una mujer y cayó al suelo. Al alzar la vista vio que no era más que un cadáver andante.

-Tú me mataste.

Se levantó de un salto y volvió a la carrera. A los lados del pasillo los muertos se congregaban, culpándole de su muerte. Consiguió llegar a la puerta de salida, pero Abel estaba en medio, con orejas y hocico de cerdo, roncando como siempre. Detrás los muertos se habían amontonado, formando una barrera de cadáveres. Se lanzó hacia “Abel”, lo agarró del cuello y apretó con todas sus fuerzas. Los ronquidos fueron perdiendo fuerza hasta que aquel ser dejó de respirar. Entonces las puertas se abrieron y la luz iluminó su rostro.

Se despertó en su habitación, estrangulando al celador. Entraron por la puerta dos miembros de seguridad con porras y le golpearon la cabeza. Germán soltó al celador y fue a la esquina, poniéndose en posición fetal para que no volvieran a pegarle. Los agentes le agarraron por los brazos y lo arrastraron por los pasillos, a la vista de los demás pacientes. La señora Medina le dijo a su hijo que sospechaba de Germán, nunca le había gustado. Lo encerraron en Aislamiento. Lo ataron a la cama de pies y manos y mientras Titre le hacía tragar las pastillas la doctora Iberu le contó qué le pasaría a continuación. No volvería a salir de esa habitación hasta nuevo aviso, sería controlado las 24 horas. Antes de marcharse la doctora se acercó a su oreja y le roncó tan fuerte como pudo.

 

Los días pasaban sin que él se diera cuenta. La habitación no tenía ventanas, solo podía guiarse por las rutinas de doctores y celadores. No le soltaban las manos ni para comer, un celador le ponía la comida en la boca. La doctora Iberu iba cada tarde a hacer terapia con él, le preguntaba siempre por qué lo había hecho, qué había sentido al hacerlo… Y no volvió a roncarle. Germán no paraba de preguntarse si había sido imaginación suya. Tuvo más sueños extraños, pero ninguno como el del juicio. Un par de veces se levantó en plena noche y vio una sombra en la esquina, observándole. Con los ojos rojos. Y esa vez sí que pudo oler el azufre.

 

-¿Seguro que está bien atado?

Germán abrió los ojos y vio que ya no estaba en su habitación. Estaba en una especie de quirófano, sentado en una silla atado con correas, incluso la cabeza. Titre le estaba que tuviera las piernas seguras, y cuando hubo acabado le hizo un gesto afirmativo a alguien a su espalda.

-Perfecto, ya podemos empezar.

De detrás apareció la doctora Iberu, con una máscara de cirujano y una aguja enorme en la mano. El enfermero le metió unas pastillas en la boca y se apartó, sonriendo. Se colocó en la esquina de la habitación, sacó un móvil de su bolsillo y se puso a grabar.

-Te estarás preguntado qué haces aquí, ¿verdad? Bien, lo que está claro es que eres un criminal y mereces ser castigado. En eso estás de acuerdo, ¿o no? -Germán se quedó quieto, sin pestañear siquiera-. Puedes responder, que no te vamos a morder. De momento. A lo que íbamos, te hemos traído aquí para castigarte nosotros. El infierno es un sitio duro, pero creemos que no lo ha sido lo suficiente contigo.

En ese momento Germán notó como las paredes cambiaban de color y se volvían rojas, al igual que los ojos de la doctora y el enfermero. Volvió a oír las voces que lo culpaban. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca.

La doctora se acercó a él y le chupó la cara. Colocó la gran aguja sobre su párpado derecho, aún húmedo, y el enfermero le pasó un pequeño martillo.

-Tranquilo, no te va a doler.

Golpeó la aguja con el martillo y le atravesó la cuenca del ojo. Sí que dolió. Al menos esta vez pudo gritar. Notaba una gota de sangre que caía de la herida y se deslizaba hasta su boca. El enfermero estaba riendo y le gritaba a la doctora que continuara. La doctora volvió a tirar el martillo hacia atrás para coger impulso, pero en ese momento se oyeron golpes en la puerta.

-Mierda.

El enfermero soltó el móvil y sacó un bisturí de su bolsillo. La doctora se quedó detrás de la silla donde estaba Germán, con el martillo en las manos dispuesta a atacar. La puerta se vino abajo y un policía entró pistola en mano. Titre se lanzó contra él y le clavó el bisturí en la mejilla. Otro policía apareció tras el primero y abrió fuego contra el enfermero. Los demás agentes entraron en tromba, esposaron a la doctora después de que intentara estampar el martillo en sus cráneos y liberaron a Germán, que aún tenía la aguja atravesándole.

 

-Esos dos criminales no eran más que eso. Ni siquiera eran personal de este hospital, no sabemos aún cómo consiguieron colarse y que nadie les pillara. Hemos encontrado en su organismo trazas de una nueva droga, Novo. Creemos que se la llevan dando una temporada, de ahí el extraño comportamiento que ha tenido. ¿Me está oyendo?

Germán soltó un gruñido cuando la inspectora le tapó la televisión. Estaba viendo Peppa Pig, y le encantaba. La inspectora continuó hablándole, contándole cómo habían hecho lo mismo con otros pacientes, Abel entre ellos, pero al final dejó de intentarlo al ver que no reaccionaba. Lo dejó allí, en su silla de ruedas, viendo los dibujos y gruñendo hasta que se acabó el tiempo de ocio.

Guillermo Domínguez

Marina·Relatos

Un pequeño error

Una escuela cualquiera en la Tierra

Miércoles 08:55

Marta saludó con alegría a sus compañeros. Tenían un nuevo juego: no hablaban en voz alta y se comunicaban en secreto. Era muy divertido. Sabían todo lo que pensaban los profes y podían usarlo en su favor. Como con Claudia, la aburrida profe de historia. Había sido mala con la mamá de Lidia, así que la habían castigado y no había vuelto al cole. Ahora planeaban castigar a Marcos, el profe de gimnasia, por haberse reído de la barriga de Leo la semana anterior. Ese nuevo juego era genial.

Una de las salas de control en Bode

Trijornada 45.67

Z14 observó la pantalla con asombro y abrió ligeramente la boca, casi como si pretendiera soltar una exclamación sin atreverse a llevarla a cabo. Volvió a cerrar la boca y se puso a teclear con locura. Dos minutos más tarde su miedo se confirmaba y se pasó el tentáculo derecho por el rostro. Cogió la pantalla de desacoblación con la información y sin decir nada se la entregó a su superior. Las ventosas de este se contrayeron y sus cuatro ojos amarillentos lo fulminaron.
-¡Z14, esto es intolerable! -profirió sin ningú disimulo. El resto del equipo se giraron ipso facto con sorpresa -¡Intolerable! -repitió.
-No sé… No sé cómo ha podido pasar -la voz apenas le salía en un hilillo. Algunos compañeros se dirigieron una mueca de burla al verlo meter la pata de nuevo -. Por lo visto no revisaron el historial médico.
-¿Y cómo pudo pasar por el escáner?
-No… No lo sé… Sigue leyendo “Un pequeño error”

Recomendaciones

Medicina y Literatura

“La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante.” Antón Chéjov

Esto es lo que siento yo. Considero que con mi vida profesional (que aún falta mucho para llegar, ahora empezaré tercero de Medicina) curaré el cuerpo, pero con este blog, el teatro y demás curaré (si no curo ya) el alma. Son dos facetas de mi vida que no cambiaría por nada, cada una me aporta algo diferente. Aunque hay momentos en que ambas se fusionan, dando lugar a estos libros que os recomiendo hoy, centrados en algún punto de la Medicina:

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Ante todo, no hagas daño, Henry Marsh: empezamos fuerte, con una obra autobiográfica sobre un neurocirujano inglés muy reconocido en su campo. Mediante capítulos con nombre de enfermedades o demás parafernalia médica nos va presentando grandes casos de su vida o episodios que le marcaron tanto como médico como persona. El capítulo de la muerte de su madre es de las cosas más bellas y tristes que he leído nunca. Hay bastante lenguaje médico, pero siempre que es necesario entenderlo lo explica, por lo que no es un problema. También hay bastante crítica al sistema sanitario británico, o nos explica cómo se escogen los nuevos medicamentos. Aprender vamos a aprender, vamos. este fue uno de los libros que hicieron que me apasionara la neurología (la neurocirugía aún tengo que verlo).

Oliver Sacks: esta vez os recomiendo a un autor entero, un neurólogo que ha escrito muchas novelas de divulgación centradas en su carrera médica. Solo he leído El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (que seguro que os suena) y Un antropólogo en Marte. El primero me pareció algo mejor pero solo porque abarca muchos más pacientes y enfermedades, el segundo solo habla de siete casos, pero ambos libros son muy recomendables e interesantes. Me gusta mucho la manera en la que ejerce, hay casos que explica que se va de vacaciones con sus pacientes, por ejemplo, siempre los trata como personas (que es como tiene que ser, aunque a veces a algunos se les olvide). Además los casos son siempre muy extraños, habla de enfermedades que no había oído nunca pero que son la mar de interesantes.

Vida suero.jpgLa vida es suero, de Enfermera Saturada: a través del humor negro y cínico la autora nos muestra el mundo de los hospitales, centrándose en enfermería. Cada capítulo podría considerarse un pequeño monólogo, centrado en un tena diferente cada vez. Y no puede faltar el capítulo metiéndose con la letra de los médicos (que no es por seguir el estereotipo, pero en estos dos años mi letra ha empeorado bastante xD). Es divertido y rápido de leer, pero quizá porque no pertenezco directamente a ese mundo o porque aún no he llegado al hospital algunos temas me han dejado un poco frío, como cuando resume todos los tipos de agujas. También hace algún comentario sexista de vez en cuando que no me ha gustado: “Mi sobrino tiene un carrito de limpieza de esos de juguete (sí, mi hermana quería una niña)…”

La Casa de Dios, de Samuel Shem: Roy Basch es un chico que empieza su primer año como interno en la Casa de Dios, uno de los mejores hospitales judíos. Empieza con mucha ilusión pero pronto descubrirá que la Medicina no es como él había creído. Creo que es la novela más dura que he leído este año, es desgarradora. No solo por los casos que se encuentra y los pacientes que intenta curar, sino también por los demás personajes y su evolución a lo largo de ese año. Hay muchos momentos durísimos, pero a la vez humanos, y este es uno de los grandes puntos de la novela. Por mucho que acaben comportándose de manera cínica para sobrevivir el internado, van reflexionando y dándose cuenta de que la vida vale la pena.

Diagnosticos.jpgDiagnósticos, de Diego Agrimbau y Lucas Varela: descubrí esta novela gráfica gracias a Maria Antonieta, y a pesar de lo corto que es (tan solo 76 páginas), es genial. Cada capítulo trata de una enfermedad neurológica: claustrofobia, sinestesia, prosopagnosia… y todas ellas en mujeres. Pero lo bueno es que no tan sólo muestra estas enfermedades que a veces no son demasiado conocidas, sino que la manera de hacerlo es una maravilla. En el capítulo de prosopagnosia hay una invasión alienígena, en el de sinestesia la protagonista es una perito forense con la capacidad de ver ruidos con hasta tres horas de retraso… En fin, una novela gráfica que debéis leer.

Bonus (serie):

The Knick: dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por Clive Owen, esta serie nos presenta el hospital Knickerbocker, al inicio del siglo XX. En estos momentos la Medicina no está bien desarrollada, ya desde la primera escena hay sangre, vísceras y muertos. Pero eso es lo mejor: cómo se muestran los experimentos y pruebas que se hicieron para mejorar, para descubrir cómo curar. Gran parte de lo que pasa está basado en hechos reales, incluso aparecen personajes históricos de este mundo (Typhoid Mary es el ejemplo más claro, y su trama es buenísima). Me encanta ir viendo la serie y que vayan apareciendo cosas que acabo de estudiar, aunque sea en forma de guiños. También hay otras tramas, como la de la eugenesia, o la discriminación racial que existe en esa época, que la hacen aún más interesante.

 

Y ya para finalizar quiero hacer que reflexionéis (sobre algo que seguro que ya habréis visto) sobre los géneros de los autores. De 6 autores de esta lista 5 son hombres y la única mujer no habla de Medicina sino de Enfermería. Qué curioso. Sobre todo si tenemos en cuenta que en mi clase el 75% del alumnado son mujeres. Yo me he limitado a leer los más famosos o que más me sonaban, ha sido al hacer esta entrada que me he dado cuenta del problema. Es por esto que son tan necesarias iniciativas como #LeoAutoras, Adopta una Autora y la Nave Invisible, que hacen una labor genial para visibilizar autoras. Es por eso que os pido que si conocéis algún libro sobre Medicina o relacionado, me lo recomendéis, estaré encantado de leerlo.

Guille·Relatos

Aniversario

La chica más alta arremetió contra su contrincante, con el puño derecho en alto apuntando a su mandíbula, pero la otra chica le agarró el brazo y con una llave de cadera la lanzó al otro lado del garaje. Dio un par de pasos para equilibrarse, pero no lo logró y cayó al suelo, clavándose un cristal en el antebrazo.

-Oh, mierda, ¡lo siento muchísimo, Siara!

Siara se agarró el brazo y vio como la sangre empezaba a caerle. Elisabeth, la otra chica, fue corriendo a la puerta del garaje, donde habían dejado las toallas para el sudor. Cogió una y fue con Siara. Le arrancó con cuidado el cristal, que no había penetrado mucho la carne, y tapó la herida con la toalla.

-Mantén la presión un momento mientras voy a por gasas y alcohol, ¿vale?

-Vale -dijo Siara, que ya se había sentado en el suelo-.

Antes de que pasara un minuto ya había vuelto Elisabeth con el botiquín. Limpió con cuidado la herida con alcohol, diciendo lo siento cada vez que Siara ponía expresión de dolor. Cuando hubo acabado de limpiarla envolvió la herida con gasas y le dio un beso en el hombro.

-Guau, Eli, ¿dónde has aprendido a hacer curas?

-Bueno, esto no es uy complicado. Estuve un tiempo saliendo con un enfermero que me enseñó curas básicas. También sé hacer reanimación cardiopulmonar, así que, si alguna vez tienes pensado que te dé una parada cardiorrespiratoria o algo así, avísame.

-Qué generosa. Un enfermero, una entrenadora de artes marciales. Has salido con gente interesante, ¿qué vas a aprender de mí?

-A ser preciosa -Siara le dio un golpe suave y la llamó tonta, pero antes de acabar la palabra ya se estaban besando-. Te quiero.

-Y yo a ti.

Se levantaron del suelo y Siara miró el reloj que colgaba sobre la puerta.

-Antes me has dejado a mí tirada en el garaje, así que ahora te toca a ti, espérate un momento que ahora vuelvo.

-¿A dónde vas?

-No seas impaciente. Además, si alguien se cuela e intenta robarte puedes usar tus técnicas ninjas.

Salió de allí y cerró la puerta. Mientras, Eli se sentó en el banco de herramientas con cuidado de no clavarse ninguna. Los padres de Siara habían salido esa noche de la ciudad a un acto benéfico y se quedarían a dormir fuera, por lo que Eli se había quedado a dormir en su casa. Como se habían llevado el coche tenían todo el garaje para ellas solas, donde habían empezado a practicar autodefensa hacía unas semanas. Siara le había contado lo que le había pasado con su antigua novia: un día se habían enfadado y a punta de pistola le había robado lo que tenía en la caja fuerte. Por suerte no había demasiado, tenían la mayoría del dinero en el banco. Y Eli sabía que le estaba ocultando algo, pero no se lo tomó a mal. Al fin y al cabo, ella también la estaba engañando.

-¡Cierra los ojos! -exclamó Siara al otro lado de la puerta-.

Eli le hizo caso y oyó la puerta abrirse y unos pasos acercarse. Le cogió las manos lentamente y se las abrió, dejando un papel sobre ellas.

-Ahora ya los puedes abrir.

Lo hizo y vio en sus manos unas entradas para el ballet, la obra que llevaban tanto tiempo esperando que se estrenara.

-Eres tontísima, cari -dijo Eli, y salió corriendo de allí-.

Siara la siguió, sin entender nada. La encontró en el recibidor, buscando algo en su chaqueta de cuero. Y sacó las mismas entradas. Las dos empezaron a reírse y a besarse. Cumplían tres meses juntas.

 

Cuando los padres llegaron a la mañana siguiente Eli le estaba cambiando la gasa, que ya se había llenado de sangre.

-Una noche loca, ¿eh? -dijo el padre-.

-¡Papá!

 

Los bailarines danzaban, saltaban y giraban sobre el escenario mientras la música llenaba el teatro. Eli no entendía nada. Le parecía bello, eso sí, pero no llegaba a comprender del todo el ballet. Una vez el hijo de un gran empresario la había invitado a El lago de los cisnes y al acabar, mientras tomaban una copa, le explicó todo lo que tenía que saber sobre el ballet. Mientras sonreía y asentía se pasó todo el rato pensando en qué le robaría y cómo. A ella lo que le gustaba era la pintura.

La protagonista dio un último giro antes de que el telón se cerrara y las luces se encendieran. Iba a decirle a Siara que le había parecido muy corto cuando una voz anunció por megafonía que en quince minutos empezaba la segunda parte. Salieron fuera a tomar el aire.

-¿Qué te está pareciendo? -preguntó Siara-.

-Está sobrevalorada. El director es un genio, pero la banda sonora deja que desear.

-Estás diciendo cosas al azar, ¿verdad?

-Almohada, póster, colcha.

-¿María? -una voz familiar le gritó a su espalda y Eli se giró-.

Una mujer la miraba con rabia, mientras el hombre al que tenía la mano cogida la estiraba y le decía que se fueran, que no valía la pena.

-¿Quién es? ¿Y por qué te ha llamado María?

-Siara, por favor, vuelve dentro. Yo iré en un momento.

-No te dejaré aquí sola.

-Con que esta es tu nueva víctima, ¿no? Encantada, soy Bea, la hermana de Marina -la mujer se acercó y le tendió la mano a Siara, que tras unos momentos de duda se la estrechó-.

Eli apartó con suavidad a Siara y plantó ante su hermana. Mientras su novio seguía detrás, pidiéndole por favor que se marcharan. “Su marido” pensó Eli, viendo el anillo que tenían los dos.

-¿Qué quieres?

-No quiero nada, hermanita. ¿Acaso no puedo saludarte a ti y a tu nueva novia? No me habías dicho nada de ella.

-Tú no me invitaste a tu boda, al parecer.

-¿Cómo querías que lo hiciera? No sabía cómo contactar contigo. Desde que huiste de casa solo hemos sabido de ti lo que la policía nos decía. Ha sido bastante duro para nosotros. Algunas de las personas a las que timaste vinieron a casa y todo. Por suerte mamá y papá son fuertes y no se han derrumbado.

-Primero de todo, no hui, vosotros me echasteis.

-¿Qué querías que hiciéramos? No podíamos aguantar a alguien como tú en casa.

-Segundo, nada de esto hubiera pasado si al menos me hubierais dejado en paz. Cada vez que salía a la calle veía el coche de papá o alguno de sus sirvientes. No podía ni trabajar tranquila. Al final tuve que desaparecer de vuestra vista, incluso usé un nombre falso. Parece que no fue suficiente.

-Eres una criminal, y vas a acabar en la cárcel, te lo prometo.

-¿Me vas a meter tú en ella?

No tuvo tiempo de esquivar la bofetada que le dio su hermana. Eli ya estaba estirando el brazo hacia atrás cuando el marido cogió a Bea por el hombro y se la llevó a dentro del teatro. Se giró y vio a Siara llorando.

-Por favor, dime que no es verdad.

-Lo siento…

Siara se dio la vuelta y se fue hacia su coche. Eli la siguió, llamándola y pidiéndole perdón. Cuando llegaron al coche Eli continuó rogándole que la escuchara, que antes de juzgarla tenía que oír su historia. Siara bajó la ventanilla.

-Ya he oído suficiente -la escupió desde si asiento, arrancó el coche y se fue-.

 

-Muy bien, ya está.

Eli se levantó de la camilla y se miró en el espejo. Tenía el cuello rojo, pero se podía ver bien el dibujo. Una gran M rodeada de un círculo decoraba su nuca.

-Está perfecto, muchísimas gracias.

-Y si no es indiscreción, ¿qué significa?

-Es para no olvidar mis orígenes.

Guillermo Domínguez