52 Retos·Guille·Relatos

#22 Sanatorio

Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.

Un extraño sonido le arrastró desde el sueño a la realidad. Abrió los ojos y se giró, en busca de la fuente del ruido. Sentado en su silla de ruedas estaba Abel babeando embobado con Peppa Pig (lo máximo que su mente destrozada podía soportar sin ponerse a llorar), riéndose con sus ronquidos característico, haciéndole parecer un cerdo como la que salía en esos momentos en pantalla. Germán se recolocó en su butaca y se puso a leer el libro que le había caído en las rodillas al dormirse. Era Misery, un libro sobre una loca de cuidado que secuestraba a su autor favorito. La doctora Iberu había hecho un gran trabajo incorporando una pequeña biblioteca en la sala común, pero por algún motivo lo único que había eran libros de terror. Germán ya había leído a Lovecraft, Shelley, algún cuento de Poe y ahora estaba a medio camino de leerse a todo King. Le hizo gracia la protagonista de Misery, lo mucho que se parecía a alguno de sus compañeros del lugar. En ese momento el protagonista estaba haciendo pesas con su máquina de escribir, pero los ronquidos no le dejaban concentrarse.

Se levantó de la butaca, le arrancó el mando a Abel de las manos y lo lanzó a la otra punta de la habitación, donde una paciente estaba jugando al solitario en el suelo. Abel se le quedó mirando, con una gota danzando en la comisura del ojo. A Germán le entraron arcadas. Solo falta que le cayera cera de las orejas para que todos sus orificios estuvieran goteando. Siempre tenía mocos, y los esfínteres hacía tiempo que no le funcionaban. Según otros pacientes le habían contado, Abel había sido jardinero en un internado para niños pijos donde se dedicaba a espiarles y hacer cosas raras en su cabaña. Le habían pillado oliendo ropa interior de la Patrulla Canina (“al menos no de Peppa Pig, eso habría sido el colmo” pensó Germán) mientras una jeringuilla sobresalía de su brazo. En el juicio había repetido una y otra vez que él no sabía lo que hacía, que una voz entre los arbustos le obligó a hacerlo. Germán se reía de los tontos que eran los jueces, creyéndose estupideces como esa. Al fin y al cabo él mismo había acabado en aquel loquero gracias a la credulidad de un juez.

-¿Qué miras, cerdo de mierda?

-¡Mierda, mierda, mierda, mierda! -Abel no paraba de gritar, ahora con la cara hecha un cuadro por las lágrimas y mocos-.

-¡Que te calles!

-¿Qué está pasando aquí? -el enfermero Titre salió de detrás del mostrador de las pastillas y se plantó en medio de la sala, donde los demás pacientes habían formado un corrillo-. Germán devuélvele el mando. Ya.

Le miró con odio, pero lo hizo, mientras soltaba insultos entre los dientes.

-Bien hecho, ahora vez que te tengo que dar tu pastilla -dijo el enfermero de espaldas, yendo al mostrador-.

-Pero no me toca hasta dentro de una hora…

-Te toca cuando yo te lo diga.

Germán se acercó y el enfermero le entregó el vaso de plástico con sus pastillas dentro. Echó un vistazo antes de tragárselas, y vio una de color verde que era nueva para él, pero se la tragó sin hacer preguntas. No quería más problemas ese día.

-Bien hecho.

 

La cerradura automática se abrió en plena noche, despertándolo. Estaba empapado de sudor y con la boca llena de sangre, que escupió en el pequeño retrete enganchado en la pared. Asomó la cabeza por la puerta: el pasillo estaba vacío. Fue dar un paso fuera de la habitación y el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor, tuvo que agarrarse a la pared como pudo. Avanzó a trompicones con los ojos cerrados, notando aún la sangre en su boca.

-Suicídate.

-No mereces vivir.

-Sé lo que hiciste el año pasado.

Germán abrió los ojos, pero no vio a nadie. Solo sombras que se arremolinaban a su alrededor y que hicieron que perdiera el equilibrio. En el suelo se tapó los oídos lo más fuerte que pudo, sin que el volumen disminuyera. “Al final la locura me ha atrapado” pensó. Se levantó y siguió caminando a pesar de aquellas desagradables voces. Cuando llegó a la esquina empezó a oír otro ruido, y este no parecía producto de su imaginación. Esperando que fuera algún doctor fue hacia allí corriendo. No era más que un cerdo enorme sentado al lado de las escaleras. El animal estaba roncando, Germán se extrañó de que nadie más hubiera aparecido para acallar ese horrible ruido.

-Hazlo.

-Acaba con él.

Se giró y entre las sombras le pareció ver algo. Una persona con máscara de cirujano y los ojos rojos. Incluso le pareció ver que estaba fumando.
Alguien o algo lo golpeó por detrás y acabó al lado del cerdo, sintiendo su aliento fétido en la cara. El ruido se había vuelto insoportable. Las piernas ya no le funcionaban. Así que no tenía otro remedio: empujó al animal por las escaleras. Vio cómo se desplomaba hacia la oscuridad que había abajo. Oyó su cuello romperse. Por fin pudo levantarse, sintiéndose el salvador de aquel manicomio, liberándolo de criaturas molestas.

 

La puerta eléctrica se abrió de nuevo, pero esta vez era para que los internos fueran a desayunar. Se desperezó mientras pensaba en la noche anterior, sin saber si era real. No recordaba cómo había vuelto a su habitación. Antes de salir escupió sangre en el retrete.
El desayuno fue tranquilo, lo que le dejó tiempo para pensar. Se centró en la imagen del doctor de los ojos rojos. Ahora pensaba que olía a azufre, pero ya no sabía si era verdad o el recuerdo ya se estaba degradando.

En la sala común todo seguía igual de tranquilo. Jugó al dominó con la señora Medina, una ancianita que seguía viendo a su hijo muerto (y al que culpaba cuando hacía trampas) y ganó las dos partidas. Cuando iban a empezar la tercera sonó una voz por megafonía avisándoles de que se presentaran todos en la sala común, que la doctora Iberu debía decirles algo.

-Tengo malas noticias -dijo la doctora cuando llegó, interrumpiendo la partida de dominó, y estaba mirando a Germán-. Esta mañana hemos encontrado el cuerpo de Abel. Muerto. -Germán giró la cabeza y vio que faltaba su silla de ruedas. Ahora entendía lo tranquilo que estaba siendo el día- Alguien lo ha empujado por las escaleras. Si habéis sido vosotros o sabéis quién ha sido, comunicádnoslo ya. No podemos dejar pasar una falta tan grave como esta.

Siguió un rato hablando de Abel y de lo horrible de ese acto, todo esto sin apartar la mirada de Germán. Cuando acabó Titre les repartió sus pastillas y los enviaron a sus habitaciones hasta la hora de comer, no les dejarían tiempo de ocio en una buena temporada.

Esta vez la locura le llegó mucho antes. Estirado en su cama, esperando que llegara la hora de comer el mundo se desmoronaba a su alrededor. Las paredes se agrietaban y el techo se elevaba hasta el infinito. Todo se volvió borroso, hasta que unos golpes lo devolvieron a la realidad. Pero ya no estaba en su habitación, sino en el juzgado. Se miró y vio que llevaba traje, y a su lado estaba su abogada. Estaba en su propio juicio.

Una testigo estaba hablando de cómo Germán había cambiado las vías de tren para que aquellos dos trenes chocaran, causando 235 muertos y 46 heridos de gravedad. Pero Germán no le estaba haciendo caso. Él se giró, intentando comprender qué estaba pasando. ¿Era un sueño? ¿Un recuerdo demasiado vívido? ¿O estaba en el infierno? Entre el público encontró dos caras conocidas: la doctora Iberu y el enfermero Titre. Estaban abrazados, llorando. Y tenían los ojos rojos.

Un psiquiatra pasó a ser el testigo y contó que lo que le pasaba a Germán era que estaba enfermo. Tras varias preguntas tanto del fiscal como de su abogada la jueza dio pasó al veredicto. Era culpable, pero en vez de ir a la cárcel iría a un psiquiátrico, donde quizá podrían curarle. Él sabía que no estaba loco. Vale, sí, había matado a todas esas personas. Pero no lo había hecho por locura, ninguna voz le había obligado ni nada por el estilo, él solo quería probar si sería capaz de hacerlo. Y lo había sido. Alguien, un alguacil supuso, lo cogió del brazo y lo levantó de la silla. Lo llevó por el pasillo del público, donde la doctora y el enfermero habían desaparecido, y lo sacó de la sala. Fuera miró a la cara a su acompañante. Era Abel. Se sacudió y consiguió liberarse de él. Salió corriendo por los pasillos del juzgado, esquivando a la gente. Se chocó contra una mujer y cayó al suelo. Al alzar la vista vio que no era más que un cadáver andante.

-Tú me mataste.

Se levantó de un salto y volvió a la carrera. A los lados del pasillo los muertos se congregaban, culpándole de su muerte. Consiguió llegar a la puerta de salida, pero Abel estaba en medio, con orejas y hocico de cerdo, roncando como siempre. Detrás los muertos se habían amontonado, formando una barrera de cadáveres. Se lanzó hacia “Abel”, lo agarró del cuello y apretó con todas sus fuerzas. Los ronquidos fueron perdiendo fuerza hasta que aquel ser dejó de respirar. Entonces las puertas se abrieron y la luz iluminó su rostro.

Se despertó en su habitación, estrangulando al celador. Entraron por la puerta dos miembros de seguridad con porras y le golpearon la cabeza. Germán soltó al celador y fue a la esquina, poniéndose en posición fetal para que no volvieran a pegarle. Los agentes le agarraron por los brazos y lo arrastraron por los pasillos, a la vista de los demás pacientes. La señora Medina le dijo a su hijo que sospechaba de Germán, nunca le había gustado. Lo encerraron en Aislamiento. Lo ataron a la cama de pies y manos y mientras Titre le hacía tragar las pastillas la doctora Iberu le contó qué le pasaría a continuación. No volvería a salir de esa habitación hasta nuevo aviso, sería controlado las 24 horas. Antes de marcharse la doctora se acercó a su oreja y le roncó tan fuerte como pudo.

 

Los días pasaban sin que él se diera cuenta. La habitación no tenía ventanas, solo podía guiarse por las rutinas de doctores y celadores. No le soltaban las manos ni para comer, un celador le ponía la comida en la boca. La doctora Iberu iba cada tarde a hacer terapia con él, le preguntaba siempre por qué lo había hecho, qué había sentido al hacerlo… Y no volvió a roncarle. Germán no paraba de preguntarse si había sido imaginación suya. Tuvo más sueños extraños, pero ninguno como el del juicio. Un par de veces se levantó en plena noche y vio una sombra en la esquina, observándole. Con los ojos rojos. Y esa vez sí que pudo oler el azufre.

 

-¿Seguro que está bien atado?

Germán abrió los ojos y vio que ya no estaba en su habitación. Estaba en una especie de quirófano, sentado en una silla atado con correas, incluso la cabeza. Titre le estaba que tuviera las piernas seguras, y cuando hubo acabado le hizo un gesto afirmativo a alguien a su espalda.

-Perfecto, ya podemos empezar.

De detrás apareció la doctora Iberu, con una máscara de cirujano y una aguja enorme en la mano. El enfermero le metió unas pastillas en la boca y se apartó, sonriendo. Se colocó en la esquina de la habitación, sacó un móvil de su bolsillo y se puso a grabar.

-Te estarás preguntado qué haces aquí, ¿verdad? Bien, lo que está claro es que eres un criminal y mereces ser castigado. En eso estás de acuerdo, ¿o no? -Germán se quedó quieto, sin pestañear siquiera-. Puedes responder, que no te vamos a morder. De momento. A lo que íbamos, te hemos traído aquí para castigarte nosotros. El infierno es un sitio duro, pero creemos que no lo ha sido lo suficiente contigo.

En ese momento Germán notó como las paredes cambiaban de color y se volvían rojas, al igual que los ojos de la doctora y el enfermero. Volvió a oír las voces que lo culpaban. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca.

La doctora se acercó a él y le chupó la cara. Colocó la gran aguja sobre su párpado derecho, aún húmedo, y el enfermero le pasó un pequeño martillo.

-Tranquilo, no te va a doler.

Golpeó la aguja con el martillo y le atravesó la cuenca del ojo. Sí que dolió. Al menos esta vez pudo gritar. Notaba una gota de sangre que caía de la herida y se deslizaba hasta su boca. El enfermero estaba riendo y le gritaba a la doctora que continuara. La doctora volvió a tirar el martillo hacia atrás para coger impulso, pero en ese momento se oyeron golpes en la puerta.

-Mierda.

El enfermero soltó el móvil y sacó un bisturí de su bolsillo. La doctora se quedó detrás de la silla donde estaba Germán, con el martillo en las manos dispuesta a atacar. La puerta se vino abajo y un policía entró pistola en mano. Titre se lanzó contra él y le clavó el bisturí en la mejilla. Otro policía apareció tras el primero y abrió fuego contra el enfermero. Los demás agentes entraron en tromba, esposaron a la doctora después de que intentara estampar el martillo en sus cráneos y liberaron a Germán, que aún tenía la aguja atravesándole.

 

-Esos dos criminales no eran más que eso. Ni siquiera eran personal de este hospital, no sabemos aún cómo consiguieron colarse y que nadie les pillara. Hemos encontrado en su organismo trazas de una nueva droga, Novo. Creemos que se la llevan dando una temporada, de ahí el extraño comportamiento que ha tenido. ¿Me está oyendo?

Germán soltó un gruñido cuando la inspectora le tapó la televisión. Estaba viendo Peppa Pig, y le encantaba. La inspectora continuó hablándole, contándole cómo habían hecho lo mismo con otros pacientes, Abel entre ellos, pero al final dejó de intentarlo al ver que no reaccionaba. Lo dejó allí, en su silla de ruedas, viendo los dibujos y gruñendo hasta que se acabó el tiempo de ocio.

Guillermo Domínguez

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