52 Retos·Guille·Relatos

#30 Extraviado

Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
-Te estoy diciendo que no tendrías que haber cruzado ese puente.
-¿Y que hago ahora? ¡No puedo dar la vuelta aquí en medio!
-¡No me grites! Pues para un momento y lo miramos bien. Estúpida cobertura…
El hombre aparcó el coche en un lado de la carretera y bajaron su mujer y él. Abrieron el mapa sobre el capó y siguieron discutiendo sobre la dirección que debían tomar. Mientras su hijo miraba por la ventaba aquellos altos árboles, que parecían devolverle la mirada. Cogió su pequeño muñeco de un extraño monstruo con cabeza de flor y lo movió por el aire soltando bufidos y exclamaciones sin sentido. De pronto el niño empezó a notar una presión creciente en su entrepierna, que hasta ese momento había dejado pasar por no cortar el juego. Se bajó del coche y les dijo a sus padres que tenía pipí, y ellos solo le dijeron que tuviera cuidado sin tan solo mirarle.
El pequeño se adentró poco a poco en el bosque, buscando un árbol apartado.
-Hola.

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Guille·Relatos

Cita

Después de que la camarera se acercara a preguntarle a la niña que estaba sola si necesitaba cualquier cosa por tercera vez, se abrió la puerta y entró un hombre trajeado. Miró por encima de sus gafas hasta dar con la mirada de la niña, fue a la barra y pidió un café solo y un batido de chocolate. Cuando ya los tuvo en las manos se sentó enfrente de la chica de cabellos dorados y abrió el maletín que llevaba en la mano.
-Este mes han entrado 836 personas y solo han salido 23, creo que debemos hacer algo, cada vez está más lleno -dijo el hombre leyendo informes que había sacado de su maletín-.
-Jo, espérate a que saboree el chocolate, que siempre vas directo al grano. ¡Disfruta un poco de la vida!
La niña empezó a reírse y al darse cuenta de que no había conseguido la misma reacción en su acompañante, se puso seria.
-Perdón. Creo que tienes razón, quizá deberías aumentar las horas de castigo, a ver si de esta manera la gente puede salir antes de allí.
-No creo que funcione, he tenido mucho tiempo para probar diferentes métodos y un aumento del castigo solo serviría para romper el alma de las personas, y eso es lo último que queremos, ¿no?

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52 Retos·Guille·Relatos

#20 Telón

Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.
-¿Mamá?

-No.

Una mujer idéntica a su madre de joven le mira desde el borde de la cama. La luz de la bombilla ilumina su liso rostro y le trae recuerdos de su infancia. Imágenes danzan en su mente, olores y sonidos le llevan a un momento de bienestar. Oye a su madre reír. La ve abrazándole. Nota sus labios sobre su frente y el “buenas noches, Zak” que le seguía. Sonríe a aquella mujer, aunque sea una farsante.

-¿Eres la Muerte?

-No.

Ha habido duda antes de esa contestación. El anciano llega a la conclusión de que ya ha llegado su hora, aunque esa mujer niegue su naturaleza. 

-¿Veré a Laura en el otro lado? ¿Estará allí mi mujer?

-No.

Una aguja de frío le atraviesa el corazón, nota el vacío en su torso. Toda su vida ha tenido la creencia de volverse a encontrar con ella cuando todo hubiera acabado. Mira la mesita de noche y coge el marco que hay delante de la luz. Una gota cae sobre el rostro de su mujer y le besa su imagen vestida de novia. Vuelve a dejar la fotografía y se recuesta de nuevo, con calma, hasta que llegue final.

Cierra los ojos y nota los labios de su madre en la frente.

-Buenas noches, Zak.
 
Guillermo Domínguez
52 Retos·Guille·Relatos

#43 Encargo

Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.

 

-Tranquilos, nadie va a morir esta noche.

Acto seguido el cuchillo voló de su mano y se clavó a escasos centímetros de la entrepierna. Se oyó un suspiro general y la gente empezó a aplaudir. La mujer que estaba en el círculo formado por personas llevaba un chaleco negro sobre una camisa blanca y pantalones negros. Detrás suyo había una chica con un sombrero que le quedaba grande, y si no estuviera siendo observada por tanta gente se estaría mordiendo las uñas hasta sangrar. La mujer del centro estaba sonriendo mientras miraba al chico atado de pies y manos a una estructura circular de madera, con el cuchillo clavado cerca de un lugar peligroso. Se había hecho el chulo delante de su novia y se había presentado voluntario para que la lanzacuchillos practicara con él. Mientras otra chica le ataba la mujer de los cuchillos había estado hablando al público, explicando que tenía experiencia y nadie resultaría herido.

-Pero, por si pasara algo, toma un premio de consolación -la mujer se quitó el sombrero y se lo puso a la pareja del voluntario-.

Ahora estaba atado, rígido y sudando por todas partes.

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Marina·Relatos·Sin categoría

Oro negro

Hacía tiempo que Cristalina no se encontraba demasiado bien. Era por el agua, lo sabían todos, empezaba a enfermarlos. Lo había anunciado el chamán de la tribu, Solaris, en una de sus expediciones al más allá. Se dirigía hacia la luz y desaparecía bañado en ella. Cristalina siempre rezaba para que volviese y sabía que el resto hacían lo mismo, sin Solaris la tribu caería en la anarquía más absoluta.

Pero el agua se estaba contaminando y los asustadizos habitantes de Pacífica cada vez estaban más inquietos. Solaris no les daba ninguna explicación, solo mensajes de esperanza que empezaban a no ser suficientes y la gran jefa les pedía que confiaran en el viejo chamán. Cristalina empezó a coger grandes bocanadas e intentar respirar con normalidad, tosió un par de veces y consiguió calmarse. Le dolía la cabeza y sentía un malestar en el estómago, así que nadó de vuelta y se dirigió a la aldea.

Escama Dorada, la gran jefa, había heredado ese título de su madre. Solo los ancianos recordaban ya su nombre real y podían distinguirla de la que fue su antecesora. Era firme y severa pero también piadosa y amable con sus vecinos. Tumbada en un sillón hecho de esponjas de mar y decorado con las más delicadas conchas, recibía las peticiones diarias de los habitantes con una sonrisa que no se expandía demasiado. Pardo, un viejo al que le achacaba un tremendo dolor vertebral, le exponía con pelos y señales su dolencia, olvidando que el día antes ya había acudido a ella con exactamente el mismo relato y que la gran jefa ya le había resuelto el problema. Aun así, Escama Dorada esperó pacientemente a que acabara y le repitió la misma solución: construirían más bancos de esponjas en los que poder descansar en toda la aldea. Pardo se lo agradeció y se despidió entre quejas de dolor. Malva se disponía a entrar en el salón central cuando alguien le pegó un empujón y se le adelantó. Cristalina se había precipitado hasta el sillón, casi cayendo sobre la gran jefa. Esta se levantó de golpe, dispuesta a reprenderla por su comportamiento alocado y su falta de respeto, pero la joven sirena tenía los ojos inyectados en sangre y parecía estar ahogándose. Durante un segundo, Escama Dorada olvidó su título y se sintió simplemente Turquesa, una asustadiza habitante de Pacífica, pero reaccionó a tiempo y agarró a Cristalina por la cintura golpeando su fuerte cola para impulsarse hacia la cabaña de Solaris.

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Marina·Relatos

Después del ocaso (2)

Podéis leer la primera parte AQUÍ.

Esta vez se despertó y se echó a llorar, temblando, sintiendo aún el cosquilleo de su cuerpo. Gritó, se arrancó la ropa y vomitó sin poder contener las náuseas. Por supuesto, la habitación estaba impoluta y cuando se sintió mejor y se volvió a vestir, el vómito ya no estaba, su ropa no tenía manchas y el dolor había desaparecido por completo.

¿Eran pruebas progresivamente peores? No se le ocurría nada más horrible que lo que acababa de vivir. Se preguntó si había fallado la prueba de la ballesta y esa había sido la consecuencia. O quizá no tenía nada que ver. No llegaba a comprenderlo.

-¿Cómo te encuentras? –Caleb había aparecido de la nada.

-¿Qué es todo esto? Tengo miedo –las lágrimas le salpicaron las mejillas. El hombre le ofreció los brazos y ella lo abrazó, hundiendo la cara en su pecho robusto, buscando consuelo en la única persona que se preocupaba por ella.

-Lo estás haciendo muy bien.

-¿En serio? No he hecho nada, solo…

-Está bien –la interrumpió -. Ya te he dicho que no había una forma correcta o incorrecta de hacer las pruebas. No buscan una respuesta o reacción, solo examinar. Pero cada vez será peor –la advirtió.

Carlota se puso a temblar.

-No puedo, no puedo… -él la cogió por los hombros y la obligó a mirarlo.

-Escucha, estás muy cerca, ahora tienes que seguir haciéndolo así -¿pero no había dicho que daba igual lo que hiciera? Carlota no entendía nada y se echó a llorar – Mira, si estas pruebas te superan, ni te imaginas lo que te espera allí abajo –Caleb la soltó y suspiró, la chica no dejaba de sollozar -. Está bien, cálmate. Mira, no debería decírtelo, pero sé que tienes motivos para ser positiva –ella lo miró con los ojos rojos, sorprendida, y lo abrazó. No podía creérselo.

-Gracias, gracias, gracias -el alivio que sintió fue tan grande que no podía dejar de repetirlo -. Me has dado esperanza, justo lo que necesitaba.

Caleb sonrió y le dio una palmada en la espalda antes de apartarse.

-Lo sé, lo sé. Los humanos y la esperanza. Es extraordinario como unas simples palabras pueden llevaros del llanto a la alegría sin que nada mejore realmente –y se esfumó como era habitual en él.

Más animada, Carlota decidió que no podía dejarse llevar por los delirios que esa habitación empezaban a causarle. El murmullo de la calle que se adivinaba en el ventanuco y las sombras de la puerta, la mantenían obsesionada con salir, con saber qué había fuera. Nunca se apagaban las luces y nunca se hacía de noche, aparentemente, así que no podía calcular el tiempo. Para acabar con la desidia, empezó a contar los segundos marcando el tempo con el pie. Sabía que sus intervalos no serían exactamente iguales, pero al menos se haría una idea del tiempo que pasaba. Cuando llevaba cuatro horas, según ella, haciendo eso, se cansó. Le vino una canción a la mente y empezó a cantarla y a bailar. Sí, no había nada en la habitación pero ella estaba ahí y su mente y su cuerpo eran una fuente inagotable de recursos, la imaginación no se le acabaría nunca. Apartó la semilla de un pensamiento, que quería recordarle que un exceso de dependencia de su mente en esas circunstancias podía llevarla a la locura, antes de creérselo.

Oyó un ruido y se giró bruscamente. La puerta, había oído la puerta. Pero cuando se giró, esta se cerraba con un clic, impidiéndole ver el exterior. Ignorando el ser que había entrado, corrió hacia ella y tiró del picaporte. Volvía a estar cerrada a cal y canto. Suspiró y prestó atención a la extraña criatura que la miraba con algo de sorpresa. Era un ser bajito y peludo. Parecía un oso pequeño, pero tenía rasgos humanos. No podía saberse si era macho o hembra y tenía una larga cola de rata. Sigue leyendo “Después del ocaso (2)”

52 Retos·Guille·Relatos

#36 Entrevista

Seguro que todos conocéis Matar moscas en verano, uno de los libros más vendidos el año pasado. Pues bien, hoy os traigo a la autora de ese y su nuevo libro, El demonio del pozo, que saldrá en librerías la semana que viene. He tenido la enorme suerte de poder contactar con ella y que me haya dejado hacer esta entrevista, aunque sea por Skype y haya un océano en medio. Con todos ustedes, Sophie Colbac.
 
Primero de todo quiero darte la bienvenida a este blog y las gracias por haber accedido a hacer esta entrevista. Bueno, Sophie, supongo que estarás bastante cansada de que te pregunten de dónde sacas las ideas, pero es algo que tengo que hacer.
 
Te lo dejaré pasar, pero que sea la última vez (ríe). La verdad es que saco la mayoría de mis ideas de la realidad, solo hace falta modificarlas un poco para que no te denuncien y ya tienes un libro (ríe de nuevo). Ahora tengo que ponerme un poco seria, porque tengo que reconocer que parte de mis ideas vienen de mi infancia, la que no fue demasiado agradable. No por ello quiero decir que si no tienes un pasado oscuro no puedes escribir, ojo, sino que tengo cierto bagaje que me ayuda y del que puedo sacar elementos que otros solo deben imaginar. También ayuda el hecho de que escriba sobre policías y mi hermano Will sea uno de ellos. Tenéis que tener contactos, niños, el enchufe es bueno (más risas). Además creo que le conoces, has hablado alguna de vez de él en el blog -para que veas que me informo, el trabajo de investigación también ayuda-.
 

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