Marina·Relatos

A más ver

¿Es que debo resistirme a la inspiración? Me disculpo si esta os ha ofendido, pero no me arrepiento. Somos viejas amigas, aunque no me visite ya tanto como antes. Creo que le preocupa algo. Tenemos confianza pero quiero darle tiempo. Cuando nos encontramos, de repente, sin planearlo, como siempre, nada parece haber cambiado y podemos estar horas, días, ¡incluso semanas!, retozando entre sábanas de papel y besos de metáforas. Después se marcha, ni siquiera se despide, aunque no se lo echo en cara. Ella es así y yo la quiero a su manera. Necesita tiempo. Quizá visita a otras amigas, lo comprendo. La espero y aunque lo intente, no consigo placer igual sin ella, ni nada puede llevarme al orgasmo más que sus palabras. Me las susurra al oído, qué voz. A veces habla tan deprisa que no tengo tiempo de escribirlo todo u olvido alguna de sus mejores citas.

Hoy ha venido a verme. Ha sido breve. Sus abrazos eran agridulces y algo melancólicos. Me besaba diciéndome adiós.

Marina R. Parpal

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#16 Relato

Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.

 

Hoy os voy a contar la historia de un chico inmortal.

Sí, ya sé lo que estáis pensando. “Estos jóvenes de hoy en día, que creen que nunca morirán.” Esa no es su situación. Aunque seguro que se alegra de que penséis en él como joven. Pero tranquilos, que eso se acaba hoy. En una hora este ya-no-tan-joven morirá, hasta entonces tengo tiempo para contaros qué le ha llevado hasta aquí.

“Dice que es inmortal pero que hoy va a morir, ¡que se aclare de una vez!” Tranquilos, que no cunda el pánico, si me dejáis que os lo explique lo entenderéis.

Veréis, hasta hace unos años era un chico normal, con un pisito a cinco minutos de la universidad, pareja estable… Pero todo eso cambió el día que apareció esta extraña cicatriz. Ya, ya sé que no podéis verla, pero yo sí y estoy aquí para describírosla. Es un conjunto de símbolos extraños, formados líneas que parecen dibujadas por un bebé, la verdad, y están rodeados de un círculo no demasiado perfecto. Uno de los símbolos siempre le ha recordado a la Osa Mayor. Aunque en realidad no son símbolos y punto, sino que son palabras escritas en un lenguaje antiguo y lleno de poder, que atrapan su alma en el cuerpo y le permiten a este curarse ante cualquier situación.

Me estoy adelantando a los acontecimientos. No sabéis lo duro que es contar esta historia con un cronometro delante, viendo como su protagonista está apunto de quitarse la vida.

A lo que iba. Estaba una noche conduciendo con su compañero de piso de copiloto cuando empecé a sentir un ardor en el pecho. Volvían de la feria del pueblo de su infancia, donde había arrasado con la pistola de aire comprimido. En el asiento de atrás estaba la jirafa gigante que había ganado y la fotografía que le habían hecho con ella en brazos, para demostrar su autoría. Pues eso, que de golpe sintió como su pecho se desgarraba y la camisa se empapaba de sangre. Su compañero le preguntaba sin parar qué le pasaba, y ninguno de los dos vio la curva que se acercaba a ellos.

La policía lo encontró poco después, cubierto en su propia sangre y en la de su compañero, pero sin ninguna herida aparente. A él lo llevaron al hospital y al compañero a la morgue. El personal sanitario le preguntó por la extraña herida de su pecho, sin que él pudiera responder. Le dieron el alta a las pocas horas y volvió a casa, aunque seguía en shock. ¿Cómo podía haber sobrevivido? Estaba tan ensimismado en esa pregunta que no vio el cuchillo con el que estaba cortando una zanahoria hasta que le cortó la piel. Se maldijo y corrió al baño para limpiarse la herida y ponerse una tirita, pero antes de poder hacerlo el corte ya había desparecido.

Estuvo un tiempo probando el límite de esos nuevos “poderes”, haciéndose cortes cada vez más grandes o tirándose por las escaleras. Siempre acababa ileso. El tema lo obsesionó tanto que dejó de ir a clase. Un día decidió ir hasta el siguiente nivel y en la bañera se cortó las venas. No pudo ver el final del experimento porque se desmayó por la falta de sangre, pero al despertarse al cabo del tiempo se encontró bañándose en una bañera de sangre sin heridas en el cuerpo.

Después de eso pasaba todo el tiempo que tendría que estar en clase o estudiando en la biblioteca, investigando sobre esos símbolos y su origen. Bueno, para no aburriros os diré que descubrió que lo único que podía hacer para quitárselo era traspasar esos poderes a otra persona. Arrancó esas páginas y se las guardó por si las necesitaba en un futuro.

Los siguientes meses fueron tranquilos, consiguió trabajo y llegó a tener una vida normal. Menos cuando se quitaba la vida. Empezó a sentir un vacío en el pecho que no lo abandonaba, y cuando este se hacía demasiado grande se suicidaba, para así lograr una especie de catarsis. Pero poco a poco los suicidios se hacían más frecuentes, hasta tener que hacerlo una vez al día. Y ahí fue cuando se planteó hacer que desapareciera su inmortalidad.

Así que aquí estamos: él sin camiseta en medio de un círculo de tiza en el suelo con símbolos dibujados, velas sobre las líneas blancas y un cuchillo en sus manos. Agarra con fuerza el cuchillo y empieza a reseguir las cicatrices de su pecho, haciendo que vuelva a manar la sangre de ellas. Aprieta la mandíbula para no gritar, pero de vez en cuando se le escapa algún gruñido. Cuando acaba suelta el cuchillo ensangrentado y respira agitadamente.

Ahora llega la parte en la que debe decidir a quién pasarle esta maldición. “Mierda” piensa él. Ha estado esperando que se le ocurriera en el momento de hacerlo, pero ahora, semidesnudo y con el pecho sangrando se ha quedado sin ideas. Mira a su alrededor en busca de alguna señal del universo y solo encuentra la foto que le hicieron tantos años atrás en la feria, el día del accidente. “Mierda” vuelve a pensar, cuando las llamas de las velas se vuelven azules y siente como la fuerza desaparece de su cuerpo. Cuando toca el suelo las velas se apagan y la casa queda a oscuras.

Guillermo Domínguez

Marina·Relatos

Caja sorpresa

En el centro, hay una caja.

Una caja con forma de cubo, pintada con colores alegres y con dibujos infantiles. Nadie la ha abierto aún, aunque tú conoces su contenido. Pocos lo intentan en realidad. Es bonita y promete felicidad, ¿para qué arriesgarse a no encontrar lo esperado en su interior? Quien se arriesga lo hace con ternura, buscan el cierre, pero solo tú tienes la llave. Y quieres ayudar, de verdad que sí, pero el miedo te lo impide.

ABRIR LA CAJA ESTÁ PROHIBIDO.

Y si alguien la quiere forzar con insistencia, la tapa salta y un sonriente payaso de mofletes colorados rebota con un muelle. Todos se divierten, míralos. ¿Por qué tienes esa cara de asustado? Lo sabes. El payaso es solo un fantasma, oculta el verdadero contenido. Te dices que eso es bueno, pero odias al payaso. Sonríe y, sin embargo, te produce terror.

LO QUE HAY EN LA CAJA NO ES NORMAL.

Cállate. Mátalo. Mata el payaso. No importa si eso te hace flotar. Coges el puñal, la mano te tiembla.

LO QUE HAY EN LA CAJA ES DIFERENTE.

Acercas el arma a la estúpida cara de alegría .

ES RARO. Sigue leyendo “Caja sorpresa”

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#41 Ceniza

Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.

 

LUNES:

El cigarro le abrió los pulmones y el vaso de whisky le despertó la mente. No dejó de mirarse la mano izquierda en ese rato. Se guardó la pistola en el cinto, se aseguró de tener su placa a buen recaudo y fue a la habitación, donde tapó con la sábana a la mujer que dormía desnuda en la cama y se despidió en un susurro sin que ella se enterara.

Ya en el coche revisó el mensaje que había recibido de su compañera y se dirigió en dirección a la escena del crimen. Cuando llegó la zona ya estaba precintada y la multitud se agolpaba para ver algo. Qué iban a ver, si lo único que quedaba de la víctima era una mancha chamuscada en el suelo.

-Por fin te dignas a aparecer, compi -dijo Ariel, su compañera, que tenía una taza de café en la mano-.

-Se me han pegado las sábanas, no he dormido demasiado bien.

-¿Quieres que te dé algunas hierbas que pueden ayudarte con el insomnio?

-No. ¿Qué tenemos aquí?

-Varón caucásico de 13 años…

-Joder.

-Y que lo digas. Padre licántropo y madre mortal. La víctima aún no había presentado muestras de portar los genes licántropos. Estaba echando unas canastas solo cuando despareció. La madre estaba viendo la tele y dice que vio una extraña luz azul reflejada en la pantalla, pero eso es todo. El padre estaba en el sótano encadenado, anoche fue luna llena. Ya verás qué guapo es el padre.

Atravesaron el el jardín, que aún tenía el cartel de “Voten a Van Alucard”, y Ariel abrió la puerta. En el piso de arriba se oían pasos, que supuso que eran de los forenses en la habitación de la víctima. Después tendrían que pasarse. En el comedor estaban los padres, y por poco le entra una arcada al ver al marido. Tenía todo el cuerpo desfigurado: la mitad izquierda de la cabeza era una masa amorfa de carne y pelos, con unos colmillos prominentes se asomaban por su enorme boca. El brazo izquierdo descansaba en un cabestrillo y en el derecho se veía un atisbo de garras en la peluda mano. Estaba encorvado y aunque por culpa de los zapatos ortopédicos que llevaba no se veían sus pies, se intuían unas pezuñas. Ya había visto un par de veces a gente como él, pero solo por la televisión. En persona era más horroroso. Por lo que había entendido de ese documental, la malformación se debía al uso de cadenas de plata defectuosas, que paraban la metamorfosis a la mitad, dejándoles en ese estado. Y encima era irreversible.

-Hola, soy la inspectora Adriana Melas, encargada de este caso -dijo ella mientras le daba la mano al matrimonio-. Creo que ya conocen a mi compañera.

Ariel les sonrió y los padres asintieron con la cabeza. Melas se sentó en uno de los sillones, sacó su pequeña libreta y empezó a hacerles preguntas sobre su hijo. Se llamaba Bobby y era un chico normal (lo recalcaron varias veces). No tenía ningún enemigo que supieran, en el colegio se llevaba bien con todo el mundo. Melas les preguntó si alguna vez les habían echado algún mal de ojo a ellos o a algún antepasado.

-Se han dado casos de maldiciones incluso a la cuarta generación -aclaró ella-.

Los padres lo negaron. Siguieron así un rato sin sacar nada en claro, por lo que las inspectoras se levantaron, se despidieron por el momento y fueron al recibidor.

-¿Por qué le echas las culpas a la brujas? -preguntó Ariel, con la cara roja-.

-No le echo la culpa a nadie, solo quiero estar segura de todas las posibilidades.

-Pues para tu información no ha sido ninguna bruja, lo sé. Sé de lo que somos capaces y esto es otra cosa, no lo había visto nunca.

-Entonces tendremos que ponernos las pilas. Tú ves a la habitación de la víctima que yo iré a hablar con el forense.

-Está bien.

Melas salió y se plantó al lado del forense, que estaba agachado y sacando muestras de la mancha del suelo. Esperó a que metiera el bastoncillo en la bolsa para preguntarle. Él dijo que no había visto nunca nada parecido, aunque quizá descubriera su origen tras analizarlo debidamente. La inspectora le preguntó en un susurro si había alguna posibilidad de que fuera alguna clase de brujería.

-He usado un detector mágico y ha salido negativo, pero eso no quiere decir que no hayan descubierto alguna manera de camuflar su magia o algo por el estilo -confesó el forense-. De momento no podemos descartar nada.

La inspectora interrogó a un par de vecinos curiosos que aún vigilaban la escena del crimen tras la cinta policial, pero ninguno tenía información relevante. La inspectora sacó un cigarro del paquete de su bolsillo, lo encendió y espero en el porche a que saliera Ariel. Durante ese rato mantuvo su mano izquierda bajo la pantorrilla, para no pensar todo el rato en ella. “Putas brujas” pensó, aun sabiendo que ese comentario era injusto.

Su compañera salió unos minutos más tarde y se sentó a su lado. Le dijo que la habitación era normal, no había nada fuera de lo normal para un adolescente, incluso le pillaron varias páginas porno en el portátil.

-Lo único raro era que la habitación entera olía a albahaca. Hemos preguntado a los padres y dicen que es normal, el niño siempre ha olido así.

-Qué curioso…

Subieron a sus coches y fueron a la comisaría, donde se pasaron la tarde entera tras sus escritorios rodeadas de papeleo y realizando diferentes llamadas. Concertaron una cita con la directora del instituto de la víctima para ir al día siguiente, querían hablar con sus profesores y revisar las cámaras. Cuando se hizo tarde Melas guardó los informes que aún le quedaban por rellenar en el escritorio, se despidió de Ariel y volvió a su casa. Allí se encontró con Vanessa en albornoz y una copa de vino en la mano. Le dio un beso en la boca.

-Acabo de llamar a un chino, no sabía si llegarías a tiempo -dijo Vanessa mientras le llenaba una copa a Ariadna-.

-Yo tampoco lo sabía… Pero tranquila, que mañana te prometo que cocino yo.

-¿Sí? Hace mucho que no preparas ninguno de tus platos estrella, ya lo echaba de menos.

Después de cenar se dieron un beso y se despidieron: mientras Adriana se iba a dormir para estar fresca por la mañana, Vanessa se encerró en su despacho para acabar de preparar el juicio del día siguiente. Ya en la cama, Adriana se quedó mirando el techo volviendo a repasar todo lo que había visto ese día. Se durmió con la imagen del asfalto quemado en su cabeza.

 

MARTES:
A la mañana siguiente se despertó sola en la cama, con una nota de Van en la mesilla deseándole buenos días. Sonrió y bajó a la cocina, donde había una cafetera hecha. Tras llenarse un vaso y mezclarlo con whisky desayunó en un suspiro y se metió en el coche. Esta vez ella fue la primera en llegar, por lo que se adelantó a Ariel y entró en el colegio. En secretaría le dijeron que la directora la estaba esperando.

Cuando entró en el despacho la directora la miró de arriba a abajo tras sus gafas y le estrechó la mano.

-Siéntese, inspectora. ¿No venía con usted su compañera?

-Se ha retrasado, lo siento. Y lamento lo de su alumno.

-Es una pérdida terrible. Por si se lo estaba preguntando: no, su comportamiento no había cambiado ni tenía ningún “enemigo” (normal a esa edad).

-¿Podría hablar con el profesorado y sus compañeros de clase?

-No creo que haga falta. Le he preparado las grabaciones de seguridad de las últimas semanas.

Desde la masacre del año pasado lo grabamos absolutamente todo.
Adriana se acordaba de ello. Un niño había entrado a su clase armado con estacas y un machete y había atacado a sus compañeros de clase, a los mágicos. Murieron dos vampiros, una bruja y un mortal. Tras el escándalo los políticos habían asegurado que se implantarían medidas de seguridad para que no pasara, esa había sido una de las principales promesas electorales de Van Alucard, “el primer presidente vampiro”.

La directora sacó de su cajón un USB y se lo entregó a la inspectora. Se despidieron y Adriana abandonó el despacho. En secretaría se encontró a Ariel, que estaba gritándole al secretario.

-¿Tanto costaba esperarme? Fui yo quien te llamó ayer -le decía Ariel, que en ese momento se giró y vio a su compañera-. Eso va sobre todo por tí. Joder, ni que hubiera tardado una hora.

-Tenía prisa.

-¿Prisa? -le preguntó mientras salían del edificio-. Estaba en la farmacia, necesitaba mis hormonas, ¿sabes? O lo sabrías si alguna vez preguntaras, pero no, a tí solo te importas tú misma.

-Eso es mentira. ¿Quieres saber por qué no podía esperar? Porque me estoy muriendo.

-¿Qué?

-Bueno, no está claro aún. El otro día una bruja me leyó la mano y me dijo que me quedaba solo una semana de vida.

-Joder -dijo Ariel cogiéndole la mano a su compañera-. ¿Estás segura de que dijo la verdad? No todas tenemos el poder de leer la mano.

-Ni idea Fui después de tomar unas copas, aún no sé ni por qué entré.

-¿Y cuándo fue esto?

-El jueves pasado…

-Mierda. Entonces, si suponemos que lo dijo es real, te quedan solo dos días.

-Lo sé.

-¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

-No es personal, no se lo he dicho aún a Van.

-Joder, Adri, tienes que decírselo. Vete, anda. Yo te cubriré en la comisaría y revisaré todos estos videos.Pero por favor, no vuelvas a dejarme tirada otra vez.

-Gracias, te debo una. Aunque, quién sabe, quizá muero antes de poder devolverte el favor -le guiñó un ojo y se subió su coche-.

-¡No bromees con estas cosas, joder!

En vez de volver a casa, Adriana se fue al mercado. Después de hacer cola detrás de un golem verdaderamente lento, consiguió todo lo que necesitaba para la cena de esa noche.

Cuando Van entró en casa se encontró con que solo estaba iluminada por un par de velas sobre la mesa, en la que la estaba esperando Adriana con una botella de su vino favorito en las manos. Cenaron tranquilamente, Van le explicó que el caso había sido un éxito, la compañía petrolera tendría que pagar varios millones a las sirenas cuyos hogares habían sido destruidos tras el derrame. Van creía que después de esa victoria podría su nombre podría estar junto a los de los grandes jefes de su bufete.

-Imagínate, con ese ascenso podríamos plantearnos de verdad la adopción. Yo cobraría más y tendría más tiempo libre. ¿Te lo puedes creer? Después de tantos años…

-Pero aún no es seguro el ascenso, ¿no? Será mejor que no nos hagamos ilusiones, cariño.

-Supongo que tienes razón.

Dejaron los platos sin fregar sobre la pica y se pusieron a ver la tele abrazadas en el sofá. Al principio pusieron las noticias, pero al ver la cantidad de desgracias del mundo pasaron a una vieja comedia que ya habían visto mil veces. Necesitaban esos momentos de paz, sin pensar en muerte y destrucción. Al cabo del rato Van se quedó dormida y Adriana la cogió en brazos y la dejó en la cama. Antes de irse ella también a dormir revisó su móvil y vio que tenía varios mensajes de Ariel, que le decían que al día siguiente iría una médium a la escena del crimen. Adriana odiaba esas médiums, sobre todo después de la última adivina, pero no podía negar que conseguían resultados. Llegaría el día en el que los policías serían sustituidos por brujas, ya había empezado con Ariel, aunque ella no tenía demasiados poderes. ¿Sería por su cuerpo de hombre? Siempre se había creído que la magia de pasaba solo entre las mujeres, y ahora parecía que no estaba en los genes, sino en algo oculto. Pero no quería pensar más en eso. Adriana se metió en la cama, abrazó a Van por la espalda y se quedó dormida.

 

MIÉRCOLES:

-Por favor, aléjense un poco. Sí, así está bien.

La bruja se encontraba en un círculo de tiza, siendo la mancha del suelo el centro. Fuera había dibujado todo de símbolos que, según Ariel, conectaban este mundo con el de los espíritus, a la espera de que la víctima pudiera hablar con ellos. Aquella señora empezó a mover las manos llenas de anillos en el aire y a susurra en un idioma que Adriana jamás había oído. Poco a poco fue aumentando el volumen, hasta que de pronto cayó y se quedó mirando la mancha, inmóvil.

-Veo algo. No sé qué es, no parece del otro lado. Hay luces por todas partes. Espera, parece que hay alguien aquí.

Los padres de la víctima, que estaban observandolo todo desde el porche, se abrazaron.

-No, no es alguien. Algo. Veo un tentáculo. Y unos ojos amarillos que me miran. No sé qué es, pero tiene pinta de conocernos a nosotros. Me… me está viendo. Habla en un idioma extraño. No lo entiendo, pero no paran de repetir una palabra. Bo… No lo sé. Y huele raro, como a albahaca.

La madre soltó un respingo y se acercó al círculo, mientras Adriana grababa todo con su móvil.

-Me equivocaba, no me mira a mí -la médium se giró y se plantó ante Adriana, que le vio los ojos blancos que la miraban-. Te mira a tí. Puedo olerlo, sí, pero no está contigo. Alguien cercano a tí tiene la marca de la albahaca.

En ese momento la bruja cayó de rodillas y de sus ojos empezó a salir sangre. Adriana se lanzó a por ella pero Ariel la apartó.

-No puedes entrar en el círculo, déjame a mí.

Ariel cogió un pañuelo de su bolsillo y limpió lo más rápido que pudo algunos de los símbolos. Mientras la médium convulsionaba en el suelo sobre la mancha y gritaba sin parar.

-¡BODE!

 

JUEVES:

El día había llegado. Cuando Adriana se despertó ni siquiera le dio un beso a Van, como solía hacer. No podía tocarla sin saber si sería el último día que pasara junto a ella.
Después del fracaso sesión de espiritismo Adriana le había dicho a Ariel que se tomaría la mañana siguiente libre, necesitaba ir al médico. Ariel lo entendió y le dijo que no se preocupara, que seguramente se pasaría la mañana en el hospital junto a la médium, a ver si se despertaba del coma.

En la consulta, su doctora le preguntó a qué venía tanta preocupación por su salud cuando hacía años que no pasaba por allí, pero Adriana no pudo responder. Le hizo todo tipo de pruebas, sin encontrar nada extraño.

-Lo único es que tienes te tienes que cuidar más, tienes la tensión algo alta. Quizá reducir poco a poco el consumo de alcohol y tabaco funcionaria. Si quieres puedo ayudarte en eso, puedo darte unos trípticos y…

-Gracias, doctora, pero no hace falta.

Al salir de allí llamó a Ariel, que le dijo que acababa de salir de una reunión con la del Aquelarre de la ciudad para hablar sobre lo que había pasado el día anterior.

-Ninguna lo entiende. A veces hay problemas: el espíritu posee a la bruja o se escapa a nuestro mundo, cosas así. Pero es que ni siquiera entienden lo que significa Bode, y eso que hay algunas que solo se dedican a comprender el lenguaje del mundo. Por suerte han aportado algunas teorías. Hay una bruja que cree que se trata de dioses antiguos, aunque no ha sabido decirme nada más. En lo que han coincidido todas es de que vayamos con cuidado, tenemos algo muy chungo entre manos.

-Joder. Bueno, ahora iré a la comisaría y allí podremos discutir…

-No. Tú te quedas en casa. No sabemos si te pasará algo, pero hay menos oportunidades de que te pase si estás en casa. Como te ves por la comisaría te caerá una buena.

-Bueno, vale…

-Así me gusta. Y tranquila, que si descubro algo más te llamaré.

Adriana se metió en el coche y volvió a su casa. Se sorprendió a ver a Van en el porche, cuando debería estar en el bufete hasta tarde. Estaba mirando el cielo, moviendo la pierna con nerviosismo. Ni siquiera vio a Adriana hasta que la tenía delante.

-¡Cariño! Me has asustado. ¿Qué haces aquí?

-Lo mismo podría preguntarte a ti. Yo me he tomado la tarde libre. ¿Y tú? -dijo Adriana mientras subía al porche y abría la puerta. Al pasar al lado de su pareja se dio cuenta de que olía a albahaca.-.

-Lo mismo. Y me quedo aquí un rato, cariño, entra tú.

-¿Y eso?

-No sé, me apetece. Ahora en nada entraré.

Del cielo surgieron unas luces azules entre las nubes. Van bajó del porche y se plantó en el jardín, donde una de las luces descendió y la envolvió por completo.

-¡Vanessa!

Adriana la siguió y se lanzó a por ella, pero una extraña fuerza absorbió a Van. Solo quedó una mancha donde antes había estado ella. Adriana se quedó mirando al cielo y gritando su nombre, respirando agitadamente, hasta que el brazo izquierdo le empezó a doler. Se llevó una mano al pecho y cayó de rodillas. Lo último que vio fue su mano izquierda.

Guillermo Domínguez

 

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#27 Síntesis

Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.

Qué bonitas son las vistas desde la Torre. Aunque la cantidad de escaleras que hay que subir para llegar a la cima no es tan bonita. Me coloco sobre la plataforma, estiro los brazos y abro las manos. Sé que esto de las manos ya no es necesario, ya estoy entrenada y podría hacerlo con los brazos atados a las espalda, pero me gusta que sea una especie de ritual. El sol se refleja en las puntas metálicas de mis dedos y tengo que cerrar los ojos. Me concentro. Siento como mis dedos empiezan a vibrar y así sé que está funcionando. Envío la señal específica que me han mandado para hoy y cuando he acabado abro los ojos y bajo de la plataforma.

Hoy ha sido sencillo, rutinario incluso. Hacer que llueva en los pueblos del interior es algo que hacía cada día cuando me entrenaban. Solo hay que activar los satélites para que enfríen un poco las nubes. Más de una vez durante el entrenamiento las enfríe demasiado e hice que nevara, pero ya no cometo esos errores. Voy hacia la puerta que da a las infinitas escaleras y mi asistente me abre la puerta. Empiezo a bajar y noto como él está ahí detrás, pisándome los talones, no se separa de mí. Sé que es su trabajo, pero me molesta mucho. Volvemos andando a casa, paseando tranquilamente. Un pregonero anuncia que este fin de semana habrá actividades en el auditorio, que estamos todos invitados. Al pasar delante de una pastelería entré a comprarme una magdalena, mientras el asistente me espera fuera, mirándome desde la cristalera. Cuando voy a pagar el pastelero aparta la mano al ver que casi le rozo con los dedos, haciendo que caigan todas las monedas sobre el mostrador. Me pide perdón y las recoge sin mirarme a los ojos. Cojo al bolsa y salgo de allí.

Me hace gracia la cantidad de rumores que corren sobre nosotros, los sintéticos. Algunos dicen que con el simple roce de nuestras puntas metálicas podemos electrocutar hasta la muerte, otros que somos IAs reformadas tras la guerra. Hay quien dice que somos dioses fabricados en un laboratorio. Esto se acerca más a la realidad, aunque no hay divinidad en mí. Por desgracia. Solo soy una funcionaria del gobierno, aunque sí que pasé una temporada en un laboratorio mientras instalaban todas mis mejores y me entrenaban.

Antes de llegar a la comunidad ya me he comido todas las magdalenas, aunque dentro de poco sea hora de cenar. Subo a mi piso (tengo toda la planta de arriba para mí, beneficios de trabajar para el gobierno) y me cambio rápida antes de volver a bajar. En el patio de la comunidad la gente ya está haciendo cola, mientras el hijo del cocinero sirve la comida a los vecinos. El cocinero es otro sintético, aunque tiene menos mejoras que yo. Las suyas le sirven para reconocer los nutrientes que tienen los alimentos y su posible toxicidad. Todas las comunidades tienen un cocinero sintético. Me pongo a la cola, con el asistente a mi espalda y cuando el niño me sirve la comida le sonrío. Con el plato de sopa ardiéndome en las manos me siento en uno de los bancos de detrás, lejos de los demás vecinos. El asistente se sienta a mi lado. Conozco a todos de vista pero a ninguno en persona. Es lo que tiene ser sintética, ya me advirtieron en el entrenamiento, pero no esperaba que fuera tan duro. También me dijeron que dispondría de un terapeuta para mí si lo necesitaba, pero no he ido nunca. No quiero a nadie metiéndose en mi mente. Por el rabillo del ojo veo que un vecino me observa. Tampoco sé su nombre. Me centro en mi plato y no le vuelvo a mirar.

Cuando acabo la cena subo a mi piso de nuevo, me ducho y me pongo el pijama. Estoy a punto de meterme en la cama cuando alguien golpea suavemente la puerta. La abro y al otro lado está el asistente, con una carta en las manos. Me la entrega y vuelve a su habitación, pegada a la mía.

Me siento sobre la cama y abro la carta, que tiene el sello del gobierno estampado. No suelen enviarme las instrucciones el día anterior, normalmente me las dan ellos en mano cuando llego a la Torre. En ella solo pone que debo congelar el lago Volta, entre las montañas del sur. Se me cae la carta de las manos. Empiezo a cantar.

 

-LIBERTAD PARA LAS MÁQUINAS.

-VOSOTROS SOIS LOS ROBOTS.

-RESPECTAD LA…

Alzaba los puños y gritaba hasta dejarme la voz. Creía que al final nos saldríamos con la nuestra, que la lucha en las calles servirían de algo. Y aunque ahora sé que no fue así, sigo sin arrepentirme. Ese día estábamos recorriendo las calles de la capital con nuestras pancartas y nuestras verdades. Todos sabíamos que en cualquier momento podría llegar la policía, pero no esperábamos lo que nos hizo. Aquello se convirtió en un campo de batalla antes de poder acabar la frase. Pelotas de goma y dientes volaron por las calles. A mí me abrieron una brecha en la cabeza, y se podría decir que fueron amables conmigo. Caí al suelo, viendo el mundo girar a mi alrededor, momento que aprovecharon para agarrarme y meterme en uno de sus camiones. 

Me esposaron y al llegar a la comisaría me encerraron en un calabozo. Delante había una chica que parecía más joven que yo, con media cara ensangrentada y la muñeca en una posición extraña.

-No os mováis. No habléis. En cuanto pueda vendrá algún médico -dijo la agente que me había arrastrado por los pasillos de la comisaría-.

Nos dejó solas en la pequeña celda. La chica no dejaba de mirarse los pies, mientras le temblaba la cabeza, supuse que por culpa de la herida. Me senté a su lado y le cogí la mano. Entonces ella empezó a cantar.

 

Estoy sobre la Torre de nuevo. Subo sobre la plataforma y noto como crepita bajo mis pies. Han tenido que aumentar más la amplificación, el lago está bastante lejos y me costaría alcanzar su satélite sin esta ayuda. Vuelvo a hacer el ritual de siempre y me concentro. Envió las ondas de radio y espero hasta que el lago empieza a congelarse, lo que no tarda en ocurrir. Bajo de la plataforma y me dirijo a la puerta, pero el asistente no está solo: tres policías le acompañan. Una de ellos aprieta un botón de su traje y todo se vuelve negro.

Cuando me despierto estoy esposada a una mesa y una mujer me mira fijamente. Tiene unos ojos extraños, demasiado brillantes, y cuando me coge las muñecas veo sus dedos metálicos, que coloca sobre ellas, para detectar el pulso. Me habían dicho que existían los polígrafos sintéticos, pero no lo había creído hasta ahora. Supongo que sus ojos pueden detectar los cambios de mis pupilas.

-¿Tu nombre es Azalee Anansi?

-Sí.

-¿Vives en la comunidad 23?

-Sí.

-¿Estás en contacto con los robots insurgentes?

-No.

-¿Enviaste esa canción por radio para alertar a un grupo de insurgentes?

-No. No envíe ninguna señal de radio ayer. Debe ser un error.

-Limítese a contestar a las preguntas con sí o no.

Oigo la puerta abrirse detrás mío, pero no me giro por temor a que la sintética lo tome como una señal de que miento. La persona se coloca a mi lado y deja una pequeña caja sobre la mesa. Pulsa un botón y de la caja (debe ser una grabadora) empieza a sonar la canción. Los recuerdos enterrados vuelven, no puedo evitar que las lágrimas corran por mis mejillas. Miro a la persona que ha entrado y veo que es la agente que me detuvo hace tantos años, aunque ahora tiene un nuevo uniforme de capitana y varias medallas colgadas del pecho.

 

 -Debes controlar tus emociones. No sabemos qué tipo de tecnología tiene el gobierno, o si se fía de la tecnología. No creo que falte mucho para que la sociedad vuelva a una época anterior. Tendréis que volver a las palomas mensajeras, me temo. Y ahora sigamos, cielo… Perdón.

-No pasa nada.

El hombre se quedó callado un rato, pero en seguida volvió a encender la máquina. En la esquina de la habitación estaba ella, sonriéndome. Sabía que eran la misma “persona”, pero me seguía pareciendo raro cuando mostraba cariño con sus otros cuerpos. Era (es) la máquina más inteligente del mundo pero seguía equivocándose con esas cosas. Él siguió haciéndome preguntas, cada vez más personales, esperando que no mostrara ninguna emoción. Todos sabíamos que si la policía o el ejército conseguían atraparme el interrogatorio sería duro, por eso estaban entrenándome a pasar cualquier prueba.

-¿Estás enamorada de ella?

Vi como ella se ponía seria, intentando no mirarme a los ojos para no influir en mi respuesta.

-Sí.

-Bien. ¿Sabías que era una Inteligencia Artificial antes de enamorarte de ella?

-Sí.

Me lo había contado pocas semanas después de salir del calabozo. Sabía mi postura hacia las IAs y lo que había luchado por defenderlas, así que confío en mí. Cuando la guerra estalló ya estaba demasiado implicada como para alejarme de ellos. Me alié con los robots pero no luché en ninguna batalla. Hasta que atacaron un campamento cercano. Desde entonces me habían entrenado en combate e interrogatorios. Creían que podría infiltrarme en la capital y conseguir algo de información. Habíamos establecido unos códigos para poder comunicarnos a través de la radio sin que sospecharan. Cada canción tenía un significado.

-Ya hemos acabado por hoy -dijo el interrogador, levantándose de la silla-. Estás mejorando, pero aún te queda por aprender. Debes pensar en algo que te calme y permita que estés concentrada al mismo tiempo. Un tic, un mantra, cualquier cosa.

Desde la esquina ella empezó a silbar.

 

El traqueteo del carro hace que la pistola se separe unos segundos de mi piel, pero la capitana vuelve a colocarla en seguida. Es raro ver un arma de fuego, desde la guerra los policías solo tienen espadas y ballestas. Quizá la tecnología la reservan para los robots insurgentes. Sentado al lado del conductor está el hombre que me sonrió en la comunidad, mirando hacia todas partes. Es un radar sintético, una persona con la capacidad de detectar las señales de radio y ver en la oscuridad, entre otras cosas. Ya me parecía que tener un asistente era poca cosa, el gobierno no se suele andar con tonterías. Por suerte a él se lo han dejado en la ciudad.

Cuando descubrieron que había avisado a los robots me volvieron a dejar K.O. y me metieron en este carro de caballos, ahora estamos yendo hacia el lago, a ver si encuentran algún rastro de ellos. Ahora estoy rodeada de soldados que no dudaran en matar aquello que se encuentre en su camino. La capitana quiere que cuando lleguemos allí envíe otra canción, a ver si el radar puede detectar a los robots siguiendo la señal.

-Creo que hay algo ahí delante. Veo una…

El misil se estrella en medio del camino, sin golpear el carro, pero los caballos se ponen nerviosos y se mueven sin control, haciendo que caigamos todos al suelo. La capitana cae de cabeza contra una roca, quedando inconsciente al acto. Sin una pistola que me apunte ya puedo acceder a los satélites. Esta vez no hago el ritual, sino que envío las ondas desde donde estoy. Unos segundos después el cielo se oscurece y empieza a llover. Los soldados se levantan y me apuntan con sus metralletas, pero antes de que puedan apretar el gatillo un rayo cae entre ellos. La tormenta se hace cada vez más fuerte, casi no se pueden oír las ráfagas de disparos entre los dos bandos que luchan delante de mis narices.

 

-Quizá sea mejor aceptar el pacto.

-¿Lo mejor? -ella se recolocó en la cama-. No sabemos qué van a hacer después. Dicen que nos darán una comunidad para nosotros pero las dos sabemos que si eso es cierto será un campo de concentración. ¿Y qué harán con los robots que no quepan en esa comunidad? ¿Y si yo no entro? No puedo simplemente dejar que maten mis cuerpos.

-También están proponiendo separar vuestras conexiones para que seáis independientes, así al menos podréis seguir viviendo.

-Entonces no seré yo. Sin esta conexión, sin esta mente colectiva no volvería a ser la misma. Nos habrían matado tal y como somos ahora y nadie lo vería como una matanza.

-Pero tampoco podemos permitir que siga esta guerra. Cada día que pasa sin que aceptéis el pacto mueren humanos.

-¿Y robots no? Siento lo que sienten cada uno de esos cuerpos, ahora mismo cada bala y cada granada que lanzan sobre los míos se clava sobre mi cuerpo también. 

-Pues nada, que continúe la guerra, cuando el mundo acabe convertido en una gran nube radioactiva como lo es Europa hablamos.

-Aza, por favor, escúchame, intenta comprenderme. No es tan fácil. Cualquier pacto que quiera hacer tu gobierno tendrá letra pequeña y acabaremos exterminados de una forma u otra…

-Es verdad, lo siento. Es que todas estas noticias de la guerra me ponen de los nervios, tengo miedo de que tengas que ir tú también a luchar.

Ella se levantó y me abrazó. Estuvimos así hasta que los soldados reventaron la puerta y entraron pistolas en alto. La dispararon entre ceja y ceja y el aceite manchó la pared. A mí me cogieron y me esposaron. Recuerdo poco de lo que pasó después, me drogaron y me torturaron durante varios días. Me declararon inocente, aun con las drogas les convencí de que no sabía nada. utilicé la rabia que sentía hacia el ejército para hacerles creer que odiaba a los robots por haberme engañado. Pero la duda continúo, notaba cómo me seguían a todas partes, así que al final decidí apuntarme a ser sintética, con la intención de que me creyeran simpatizante del gobierno.

 

Sus manos tapaban mi herida como podían, manchándose de sangre. A mi alrededor la batalla había terminado y los robots se recomponían y se ayudaban entre sí. No quedaba ningún humano vivo. Vi como se llevaban el cuerpo del sintético.

-Con sus piezas podremos huir de sus radares, por fin seremos libres. Ahora podremos ser invisibles a sus ojos, la guerra ha terminado. Y todo gracias a ti -el hombre, que era el que me había entrenado tanto tiempo atrás, me acarició la cabeza-.

-¿Haréis lo mismo con mi cuerpo?

Me miro, con medio rostro destrozado, y se puso a silbar.

Guillermo Domínguez

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#2 Meta

Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.

En el local huele a tabaco y a sexo, una combinación que nunca me ha desagradado. Doy una vuelta por el sitio, esquivando a salidos babeantes y a camareras en top-less, cuando la veo bailando alrededor de un poste. En cuanto ella me ve le hace una señal al dj, que da paso a Tatiana, una “joven rusa que acaba de llegar de su fría patria para calentaros a todos vosotros”.

Donde antes no había nada ahora se ha puesto unos tejanos y una camiseta que le va grande. Se acerca corriendo y me da un beso, que sabe a distintos tipos de alcohol.

-Conque Angelique, ¿eh? Siempre supe que tenías algo de celestial.

-Hay que innovar de vez en cuando. ¿Y qué te trae por el paraíso? -dice entusiasmada, guiñándome un ojo al referirse al nombre de este antro más bien infernal, quitándole el puesto al bar de al lado-.

-Pasaba por la ciudad y me apetecía hacerle una visita a una vieja amiga.

-Y tan vieja, qué hace ya, ¿5 años desde la última vez que nos vimos?

-Eso parece.

-Ese fue un gran verano, no nos poníamos la ropa ni para salir a la calle, prácticamente -me mira a los ojos mientras se muerde el labio-.

-¿Y tú no decías que esto sería un trabajo temporal? Creía que sería solo para pagar la carrera, pero parece que le has pillado el gusto.

-Dejé la carrera hace años, sabía que ese mundo no era para mí. Desde entonces he trabajado aquí, es un buen trabajo, ¿sabes? El sueldo no está nada mal, y en cuanto un tío se pasa conmigo aparece Carlos y se lo lleva a rastras.

-Sí, ya me he fijado en el armario que hay en la puerta, no te quitaba la vista de encima.

-Es un buen tío, y cuanto más se fijen mejor, más dinero que me llevaré al cerrar.

-¿No has pensado nunca en buscar otro trabajo? Tiene que haber algo más en la vida aparte de poner cachondos a todos los borrachos del pueblo.

-Estás empezando a sonar como mi padre, y ya sabes cómo lo odio. Además, tú no eres la más indicada para hablar sobre la vida de los demás sabiendo qué haces para ganar dinero…

-Tienes razón, retiro lo dicho. No he venido a discutir.

-¿Y entonces a qué has venido? Creía que te iba bien en Ítaca, no sé quién me lo dijo.

-Tú lo has dicho, me iba. Pero entonces apareció mi hermana de la nada a joderlo todo.

-Uff ya me acuerdo de tu hermana. No he conocido a nadie más cabrona que ella.

-Eh, con mi familia no te metas, zorra.

La miro a los ojos, pero la cara seria no dura demasiado y estallamos en carcajadas.

-Me pilló con una chica en el ballet y, bueno, digamos que no pudo aguantarlo y me empezó a gritar en medio de la calle. La chica se enteró de cómo es mi vida y me quedé en la calle y sin haberle sacado nada. Estuve en un motel unos días hasta que me cansé. Y aquí estoy.

-Perdón, me he despistado. ¿Ballet? Sí que te has vuelto repipi.

-Es lo que toca cuando sales con ricos, te tienes que adaptar a ellos si quieres sacarles los cuartos. Pero en verdad no he venido solo a visitarte… Quería pedirte perdón.

-¿Perdón? María, ya está…

-Eli -la interrumpo-, llámame Eli, por favor.

-Está bien. Eli, ya está todo perdonado desde hace tiempo. Entiendo por qué lo hiciste, en serio.

-Pero no quería hacerlo. Llevo toda mi vida huyendo de los problemas, aún sigo preguntándome por qué huí de lo mejor que me ha pasado en la vida. Con esto quiero acabar la carrera. Si pudiera volver atrás plantaría cara a mis padres y seguiría contigo, te lo prometo.

-Joder, tía, me vas a hacer llorar al final -la veo limpiarse la comisura del ojo con el dorso de la mano-. Mira, como la noche parece demasiado tranquila voy a proponerte un trato: si montamos una escena te perdono.

-Acepto -digo mientras le estrecho la mano-. ¿Qué tienes pensado?

-Tú sígueme el rollo.

Y entonces me abofetea la cara. Me guiña un ojo y se levanta, dando un golpe en la mesa.

-Que sea la última vez que me pones los cuernos, ¿me oyes? Estoy harta de encontrar mujeres desnudas en nuestra cama.

-Espera -me levanto yo también, intentando no reír-. Tú estás siempre en este bar y cuando vuelves a casa estás cansada, ¿qué quieres que haga? Es como si ya no tuviera novia…

-¿Y por eso tienes que buscarte mil novias diferentes? Las cosas se hablan, ¿sabes? Pues que sepas que yo me tiré a tu hermana.

-¡¿Qué?!

Agacho la cabeza para que no me vean reír y la empujó intentando no lanzarla muy lejos, pero una camarera se pone en medio y las dos chocan, haciendo que se caiga la bandeja que llevaba la camarera. Voy a pedirle perdón cuando la veo sonriendo mientras la recoge. A nuestro alrededor todo el mundo está callado, expectante. Ni siquiera la chica que está en el escenario se mueve. Sara (o Angelique) se lanza hacia mí y me estira del pelo, quitándome la goma y dejándolo libre. Yo le estiro de la camiseta, desgarrándosela, por lo que se la acaba quitando. Me coge de un brazo y con una llave de cadera (¿cuándo ha aprendido a hacer algo así?) me tira al suelo sin hacerme daño. Me agarra una pierna y me arrastra por el suelo, llevándose mis pantalones por el camino, que se quedan atrapados en mis pies por culpa de los zapatos. Con un par de movimientos con los pies me quedo en bragas. Sara le hace un movimiento casi imperceptible con la cabeza al barman, que quita todas las botellas y vasos de la barra. Seguimos “peleándonos” hasta que llegamos al lado de la barra, la cojo de la cintura y la subo sobre ella. Y nos empezamos a besar. Nos quitamos la poca ropa que nos queda y yo me coloco encima de ella. El bar sigue callado. Sara resigue con el dedo el tatuaje que tengo en el cuello.

-Te perdono -me dice al oído mientras yo le beso el cuello-.

Seguimos así un rato hasta que Sara se sienta en la barra al público.

-Lo que viene ahora es cosa de pareja.

Me coge de la mano y me lleva hasta el camerino y seguimos por donde lo habíamos dejado hasta que cierran el local. Fuera Sara insiste en que me quede en su casa, que, aunque la cama es pequeña, podremos dormir bien. Al final acaba desistiendo y me dice un hostal que hay cerca, Chastilla, donde no ha estado nunca dicen que es barato. Nos despedimos con un beso y la veo alejarse con el coche.

-Hola.

Me giro y veo a un hombre trajeado a mis espaldas, sonriendo. Lo reconozco, ha estado todo el rato al fondo del bar, bebiendo, sin babear ni ponerle billetes a ninguna chica en el tanga.

-No quiero molestarte, pero tu actuación me ha parecido genial. Me gustaría saber si quieres trabajar para mí.

-No sé quién eres y no voy a trabajar para ti.

-Oh, mierda. Me llamo Víctor, soy el dueño del local. Creo que debería haber empezado por ahí… -se rasca la cabeza y se le notan rojas las mejillas-.

-Pues creo que sí -le sonrío, se le ve muy avergonzado-. Pero mi respuesta sigue siendo la misma, lo siento.

-No se pierde nada por intentarlo. Por si decides cambiar de opinión, aquí tienes mi tarjeta.

Me la da y me estrecha la mano. También se aleja con el coche. Yo voy andando hasta el hostal, siguiendo la vía del tren, tal y como me ha dicho Sara. No tardo en encontrarlo. Después de golpear la mesa varias veces aparece una mujer en albornoz, que me mira con mala cara, pero acaba dando la llave de una habitación. Subo las escaleras y abro la puerta, tras la que hay la habitación más cutre que he visto nunca. Ni siquiera hay almohada. Me estiro con ropa sobre la cama (no quiero saber qué puedo pillar en este sitio) y pongo el brazo bajo la cabeza. Suspiro e intento dejar la mente en blanco, si empiezo a pensar en este sitio de mierda no dormiré nada. Entonces oigo un ruido bajo la cama, creo que es una rata. Ahora sí que puedo dar el sueño por perdido. Rebusco en el bolsillo y saco la tarjeta de Víctor. Le llamo.

Guillermo Domínguez

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#9 Consulta

Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

 

(Consulta de una psicóloga. Está sentada en una butaca con un bloc de notas en la mano. La paciente está estirada en el diván, entre ellas hay una mesa con varias varas de incienso. Detrás de la psicóloga hay un cuadro de un prado con un carnero en él.)

PACIENTE: La verdad es que no sé cómo empezar. Es mi primera vez, ¿sabes? Mi hermana me recomendó que viniera a su consulta después de… Y aquí estoy. Me gusta el toque del incienso, por cierto. ¿Debo empezar por mi infancia? ¿O prefiere que me centre en por qué estoy aquí?

PSICÓLOGA: Usted es quién decide. Hableme de lo que quiera, sin miedo. No voy a juzgarla, ese no es mi trabajo.

PACIENTE: Está bien. Bueno, empezaré por cuando era pequeña, me será más fácil. Yo siempre fui una niña bastante inteligente, pero a mis padres nunca les parecía suficiente. Ellos solo tenían ojos para mi hermana. Hiciera lo que hiciera nunca era suficiente para ellos. Su hijita pequeña era lo único en sus vidas. Esto se queda entre nosotras, ¿verdad? No quisiera que ella se enterara… Sigue leyendo “#9 Consulta”