52 Retos·Guille·Relatos

#16 Relato

Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.

 

Hoy os voy a contar la historia de un chico inmortal.

Sí, ya sé lo que estáis pensando. “Estos jóvenes de hoy en día, que creen que nunca morirán.” Esa no es su situación. Aunque seguro que se alegra de que penséis en él como joven. Pero tranquilos, que eso se acaba hoy. En una hora este ya-no-tan-joven morirá, hasta entonces tengo tiempo para contaros qué le ha llevado hasta aquí.

“Dice que es inmortal pero que hoy va a morir, ¡que se aclare de una vez!” Tranquilos, que no cunda el pánico, si me dejáis que os lo explique lo entenderéis.

Veréis, hasta hace unos años era un chico normal, con un pisito a cinco minutos de la universidad, pareja estable… Pero todo eso cambió el día que apareció esta extraña cicatriz. Ya, ya sé que no podéis verla, pero yo sí y estoy aquí para describírosla. Es un conjunto de símbolos extraños, formados líneas que parecen dibujadas por un bebé, la verdad, y están rodeados de un círculo no demasiado perfecto. Uno de los símbolos siempre le ha recordado a la Osa Mayor. Aunque en realidad no son símbolos y punto, sino que son palabras escritas en un lenguaje antiguo y lleno de poder, que atrapan su alma en el cuerpo y le permiten a este curarse ante cualquier situación.

Me estoy adelantando a los acontecimientos. No sabéis lo duro que es contar esta historia con un cronometro delante, viendo como su protagonista está apunto de quitarse la vida.

A lo que iba. Estaba una noche conduciendo con su compañero de piso de copiloto cuando empecé a sentir un ardor en el pecho. Volvían de la feria del pueblo de su infancia, donde había arrasado con la pistola de aire comprimido. En el asiento de atrás estaba la jirafa gigante que había ganado y la fotografía que le habían hecho con ella en brazos, para demostrar su autoría. Pues eso, que de golpe sintió como su pecho se desgarraba y la camisa se empapaba de sangre. Su compañero le preguntaba sin parar qué le pasaba, y ninguno de los dos vio la curva que se acercaba a ellos.

La policía lo encontró poco después, cubierto en su propia sangre y en la de su compañero, pero sin ninguna herida aparente. A él lo llevaron al hospital y al compañero a la morgue. El personal sanitario le preguntó por la extraña herida de su pecho, sin que él pudiera responder. Le dieron el alta a las pocas horas y volvió a casa, aunque seguía en shock. ¿Cómo podía haber sobrevivido? Estaba tan ensimismado en esa pregunta que no vio el cuchillo con el que estaba cortando una zanahoria hasta que le cortó la piel. Se maldijo y corrió al baño para limpiarse la herida y ponerse una tirita, pero antes de poder hacerlo el corte ya había desparecido.

Estuvo un tiempo probando el límite de esos nuevos “poderes”, haciéndose cortes cada vez más grandes o tirándose por las escaleras. Siempre acababa ileso. El tema lo obsesionó tanto que dejó de ir a clase. Un día decidió ir hasta el siguiente nivel y en la bañera se cortó las venas. No pudo ver el final del experimento porque se desmayó por la falta de sangre, pero al despertarse al cabo del tiempo se encontró bañándose en una bañera de sangre sin heridas en el cuerpo.

Después de eso pasaba todo el tiempo que tendría que estar en clase o estudiando en la biblioteca, investigando sobre esos símbolos y su origen. Bueno, para no aburriros os diré que descubrió que lo único que podía hacer para quitárselo era traspasar esos poderes a otra persona. Arrancó esas páginas y se las guardó por si las necesitaba en un futuro.

Los siguientes meses fueron tranquilos, consiguió trabajo y llegó a tener una vida normal. Menos cuando se quitaba la vida. Empezó a sentir un vacío en el pecho que no lo abandonaba, y cuando este se hacía demasiado grande se suicidaba, para así lograr una especie de catarsis. Pero poco a poco los suicidios se hacían más frecuentes, hasta tener que hacerlo una vez al día. Y ahí fue cuando se planteó hacer que desapareciera su inmortalidad.

Así que aquí estamos: él sin camiseta en medio de un círculo de tiza en el suelo con símbolos dibujados, velas sobre las líneas blancas y un cuchillo en sus manos. Agarra con fuerza el cuchillo y empieza a reseguir las cicatrices de su pecho, haciendo que vuelva a manar la sangre de ellas. Aprieta la mandíbula para no gritar, pero de vez en cuando se le escapa algún gruñido. Cuando acaba suelta el cuchillo ensangrentado y respira agitadamente.

Ahora llega la parte en la que debe decidir a quién pasarle esta maldición. “Mierda” piensa él. Ha estado esperando que se le ocurriera en el momento de hacerlo, pero ahora, semidesnudo y con el pecho sangrando se ha quedado sin ideas. Mira a su alrededor en busca de alguna señal del universo y solo encuentra la foto que le hicieron tantos años atrás en la feria, el día del accidente. “Mierda” vuelve a pensar, cuando las llamas de las velas se vuelven azules y siente como la fuerza desaparece de su cuerpo. Cuando toca el suelo las velas se apagan y la casa queda a oscuras.

Guillermo Domínguez

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#41 Ceniza

Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.

 

LUNES:

El cigarro le abrió los pulmones y el vaso de whisky le despertó la mente. No dejó de mirarse la mano izquierda en ese rato. Se guardó la pistola en el cinto, se aseguró de tener su placa a buen recaudo y fue a la habitación, donde tapó con la sábana a la mujer que dormía desnuda en la cama y se despidió en un susurro sin que ella se enterara.

Ya en el coche revisó el mensaje que había recibido de su compañera y se dirigió en dirección a la escena del crimen. Cuando llegó la zona ya estaba precintada y la multitud se agolpaba para ver algo. Qué iban a ver, si lo único que quedaba de la víctima era una mancha chamuscada en el suelo.

-Por fin te dignas a aparecer, compi -dijo Ariel, su compañera, que tenía una taza de café en la mano-.

-Se me han pegado las sábanas, no he dormido demasiado bien.

-¿Quieres que te dé algunas hierbas que pueden ayudarte con el insomnio?

-No. ¿Qué tenemos aquí?

-Varón caucásico de 13 años…

-Joder.

-Y que lo digas. Padre licántropo y madre mortal. La víctima aún no había presentado muestras de portar los genes licántropos. Estaba echando unas canastas solo cuando despareció. La madre estaba viendo la tele y dice que vio una extraña luz azul reflejada en la pantalla, pero eso es todo. El padre estaba en el sótano encadenado, anoche fue luna llena. Ya verás qué guapo es el padre.

Atravesaron el el jardín, que aún tenía el cartel de “Voten a Van Alucard”, y Ariel abrió la puerta. En el piso de arriba se oían pasos, que supuso que eran de los forenses en la habitación de la víctima. Después tendrían que pasarse. En el comedor estaban los padres, y por poco le entra una arcada al ver al marido. Tenía todo el cuerpo desfigurado: la mitad izquierda de la cabeza era una masa amorfa de carne y pelos, con unos colmillos prominentes se asomaban por su enorme boca. El brazo izquierdo descansaba en un cabestrillo y en el derecho se veía un atisbo de garras en la peluda mano. Estaba encorvado y aunque por culpa de los zapatos ortopédicos que llevaba no se veían sus pies, se intuían unas pezuñas. Ya había visto un par de veces a gente como él, pero solo por la televisión. En persona era más horroroso. Por lo que había entendido de ese documental, la malformación se debía al uso de cadenas de plata defectuosas, que paraban la metamorfosis a la mitad, dejándoles en ese estado. Y encima era irreversible.

-Hola, soy la inspectora Adriana Melas, encargada de este caso -dijo ella mientras le daba la mano al matrimonio-. Creo que ya conocen a mi compañera.

Ariel les sonrió y los padres asintieron con la cabeza. Melas se sentó en uno de los sillones, sacó su pequeña libreta y empezó a hacerles preguntas sobre su hijo. Se llamaba Bobby y era un chico normal (lo recalcaron varias veces). No tenía ningún enemigo que supieran, en el colegio se llevaba bien con todo el mundo. Melas les preguntó si alguna vez les habían echado algún mal de ojo a ellos o a algún antepasado.

-Se han dado casos de maldiciones incluso a la cuarta generación -aclaró ella-.

Los padres lo negaron. Siguieron así un rato sin sacar nada en claro, por lo que las inspectoras se levantaron, se despidieron por el momento y fueron al recibidor.

-¿Por qué le echas las culpas a la brujas? -preguntó Ariel, con la cara roja-.

-No le echo la culpa a nadie, solo quiero estar segura de todas las posibilidades.

-Pues para tu información no ha sido ninguna bruja, lo sé. Sé de lo que somos capaces y esto es otra cosa, no lo había visto nunca.

-Entonces tendremos que ponernos las pilas. Tú ves a la habitación de la víctima que yo iré a hablar con el forense.

-Está bien.

Melas salió y se plantó al lado del forense, que estaba agachado y sacando muestras de la mancha del suelo. Esperó a que metiera el bastoncillo en la bolsa para preguntarle. Él dijo que no había visto nunca nada parecido, aunque quizá descubriera su origen tras analizarlo debidamente. La inspectora le preguntó en un susurro si había alguna posibilidad de que fuera alguna clase de brujería.

-He usado un detector mágico y ha salido negativo, pero eso no quiere decir que no hayan descubierto alguna manera de camuflar su magia o algo por el estilo -confesó el forense-. De momento no podemos descartar nada.

La inspectora interrogó a un par de vecinos curiosos que aún vigilaban la escena del crimen tras la cinta policial, pero ninguno tenía información relevante. La inspectora sacó un cigarro del paquete de su bolsillo, lo encendió y espero en el porche a que saliera Ariel. Durante ese rato mantuvo su mano izquierda bajo la pantorrilla, para no pensar todo el rato en ella. “Putas brujas” pensó, aun sabiendo que ese comentario era injusto.

Su compañera salió unos minutos más tarde y se sentó a su lado. Le dijo que la habitación era normal, no había nada fuera de lo normal para un adolescente, incluso le pillaron varias páginas porno en el portátil.

-Lo único raro era que la habitación entera olía a albahaca. Hemos preguntado a los padres y dicen que es normal, el niño siempre ha olido así.

-Qué curioso…

Subieron a sus coches y fueron a la comisaría, donde se pasaron la tarde entera tras sus escritorios rodeadas de papeleo y realizando diferentes llamadas. Concertaron una cita con la directora del instituto de la víctima para ir al día siguiente, querían hablar con sus profesores y revisar las cámaras. Cuando se hizo tarde Melas guardó los informes que aún le quedaban por rellenar en el escritorio, se despidió de Ariel y volvió a su casa. Allí se encontró con Vanessa en albornoz y una copa de vino en la mano. Le dio un beso en la boca.

-Acabo de llamar a un chino, no sabía si llegarías a tiempo -dijo Vanessa mientras le llenaba una copa a Ariadna-.

-Yo tampoco lo sabía… Pero tranquila, que mañana te prometo que cocino yo.

-¿Sí? Hace mucho que no preparas ninguno de tus platos estrella, ya lo echaba de menos.

Después de cenar se dieron un beso y se despidieron: mientras Adriana se iba a dormir para estar fresca por la mañana, Vanessa se encerró en su despacho para acabar de preparar el juicio del día siguiente. Ya en la cama, Adriana se quedó mirando el techo volviendo a repasar todo lo que había visto ese día. Se durmió con la imagen del asfalto quemado en su cabeza.

 

MARTES:
A la mañana siguiente se despertó sola en la cama, con una nota de Van en la mesilla deseándole buenos días. Sonrió y bajó a la cocina, donde había una cafetera hecha. Tras llenarse un vaso y mezclarlo con whisky desayunó en un suspiro y se metió en el coche. Esta vez ella fue la primera en llegar, por lo que se adelantó a Ariel y entró en el colegio. En secretaría le dijeron que la directora la estaba esperando.

Cuando entró en el despacho la directora la miró de arriba a abajo tras sus gafas y le estrechó la mano.

-Siéntese, inspectora. ¿No venía con usted su compañera?

-Se ha retrasado, lo siento. Y lamento lo de su alumno.

-Es una pérdida terrible. Por si se lo estaba preguntando: no, su comportamiento no había cambiado ni tenía ningún “enemigo” (normal a esa edad).

-¿Podría hablar con el profesorado y sus compañeros de clase?

-No creo que haga falta. Le he preparado las grabaciones de seguridad de las últimas semanas.

Desde la masacre del año pasado lo grabamos absolutamente todo.
Adriana se acordaba de ello. Un niño había entrado a su clase armado con estacas y un machete y había atacado a sus compañeros de clase, a los mágicos. Murieron dos vampiros, una bruja y un mortal. Tras el escándalo los políticos habían asegurado que se implantarían medidas de seguridad para que no pasara, esa había sido una de las principales promesas electorales de Van Alucard, “el primer presidente vampiro”.

La directora sacó de su cajón un USB y se lo entregó a la inspectora. Se despidieron y Adriana abandonó el despacho. En secretaría se encontró a Ariel, que estaba gritándole al secretario.

-¿Tanto costaba esperarme? Fui yo quien te llamó ayer -le decía Ariel, que en ese momento se giró y vio a su compañera-. Eso va sobre todo por tí. Joder, ni que hubiera tardado una hora.

-Tenía prisa.

-¿Prisa? -le preguntó mientras salían del edificio-. Estaba en la farmacia, necesitaba mis hormonas, ¿sabes? O lo sabrías si alguna vez preguntaras, pero no, a tí solo te importas tú misma.

-Eso es mentira. ¿Quieres saber por qué no podía esperar? Porque me estoy muriendo.

-¿Qué?

-Bueno, no está claro aún. El otro día una bruja me leyó la mano y me dijo que me quedaba solo una semana de vida.

-Joder -dijo Ariel cogiéndole la mano a su compañera-. ¿Estás segura de que dijo la verdad? No todas tenemos el poder de leer la mano.

-Ni idea Fui después de tomar unas copas, aún no sé ni por qué entré.

-¿Y cuándo fue esto?

-El jueves pasado…

-Mierda. Entonces, si suponemos que lo dijo es real, te quedan solo dos días.

-Lo sé.

-¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

-No es personal, no se lo he dicho aún a Van.

-Joder, Adri, tienes que decírselo. Vete, anda. Yo te cubriré en la comisaría y revisaré todos estos videos.Pero por favor, no vuelvas a dejarme tirada otra vez.

-Gracias, te debo una. Aunque, quién sabe, quizá muero antes de poder devolverte el favor -le guiñó un ojo y se subió su coche-.

-¡No bromees con estas cosas, joder!

En vez de volver a casa, Adriana se fue al mercado. Después de hacer cola detrás de un golem verdaderamente lento, consiguió todo lo que necesitaba para la cena de esa noche.

Cuando Van entró en casa se encontró con que solo estaba iluminada por un par de velas sobre la mesa, en la que la estaba esperando Adriana con una botella de su vino favorito en las manos. Cenaron tranquilamente, Van le explicó que el caso había sido un éxito, la compañía petrolera tendría que pagar varios millones a las sirenas cuyos hogares habían sido destruidos tras el derrame. Van creía que después de esa victoria podría su nombre podría estar junto a los de los grandes jefes de su bufete.

-Imagínate, con ese ascenso podríamos plantearnos de verdad la adopción. Yo cobraría más y tendría más tiempo libre. ¿Te lo puedes creer? Después de tantos años…

-Pero aún no es seguro el ascenso, ¿no? Será mejor que no nos hagamos ilusiones, cariño.

-Supongo que tienes razón.

Dejaron los platos sin fregar sobre la pica y se pusieron a ver la tele abrazadas en el sofá. Al principio pusieron las noticias, pero al ver la cantidad de desgracias del mundo pasaron a una vieja comedia que ya habían visto mil veces. Necesitaban esos momentos de paz, sin pensar en muerte y destrucción. Al cabo del rato Van se quedó dormida y Adriana la cogió en brazos y la dejó en la cama. Antes de irse ella también a dormir revisó su móvil y vio que tenía varios mensajes de Ariel, que le decían que al día siguiente iría una médium a la escena del crimen. Adriana odiaba esas médiums, sobre todo después de la última adivina, pero no podía negar que conseguían resultados. Llegaría el día en el que los policías serían sustituidos por brujas, ya había empezado con Ariel, aunque ella no tenía demasiados poderes. ¿Sería por su cuerpo de hombre? Siempre se había creído que la magia de pasaba solo entre las mujeres, y ahora parecía que no estaba en los genes, sino en algo oculto. Pero no quería pensar más en eso. Adriana se metió en la cama, abrazó a Van por la espalda y se quedó dormida.

 

MIÉRCOLES:

-Por favor, aléjense un poco. Sí, así está bien.

La bruja se encontraba en un círculo de tiza, siendo la mancha del suelo el centro. Fuera había dibujado todo de símbolos que, según Ariel, conectaban este mundo con el de los espíritus, a la espera de que la víctima pudiera hablar con ellos. Aquella señora empezó a mover las manos llenas de anillos en el aire y a susurra en un idioma que Adriana jamás había oído. Poco a poco fue aumentando el volumen, hasta que de pronto cayó y se quedó mirando la mancha, inmóvil.

-Veo algo. No sé qué es, no parece del otro lado. Hay luces por todas partes. Espera, parece que hay alguien aquí.

Los padres de la víctima, que estaban observandolo todo desde el porche, se abrazaron.

-No, no es alguien. Algo. Veo un tentáculo. Y unos ojos amarillos que me miran. No sé qué es, pero tiene pinta de conocernos a nosotros. Me… me está viendo. Habla en un idioma extraño. No lo entiendo, pero no paran de repetir una palabra. Bo… No lo sé. Y huele raro, como a albahaca.

La madre soltó un respingo y se acercó al círculo, mientras Adriana grababa todo con su móvil.

-Me equivocaba, no me mira a mí -la médium se giró y se plantó ante Adriana, que le vio los ojos blancos que la miraban-. Te mira a tí. Puedo olerlo, sí, pero no está contigo. Alguien cercano a tí tiene la marca de la albahaca.

En ese momento la bruja cayó de rodillas y de sus ojos empezó a salir sangre. Adriana se lanzó a por ella pero Ariel la apartó.

-No puedes entrar en el círculo, déjame a mí.

Ariel cogió un pañuelo de su bolsillo y limpió lo más rápido que pudo algunos de los símbolos. Mientras la médium convulsionaba en el suelo sobre la mancha y gritaba sin parar.

-¡BODE!

 

JUEVES:

El día había llegado. Cuando Adriana se despertó ni siquiera le dio un beso a Van, como solía hacer. No podía tocarla sin saber si sería el último día que pasara junto a ella.
Después del fracaso sesión de espiritismo Adriana le había dicho a Ariel que se tomaría la mañana siguiente libre, necesitaba ir al médico. Ariel lo entendió y le dijo que no se preocupara, que seguramente se pasaría la mañana en el hospital junto a la médium, a ver si se despertaba del coma.

En la consulta, su doctora le preguntó a qué venía tanta preocupación por su salud cuando hacía años que no pasaba por allí, pero Adriana no pudo responder. Le hizo todo tipo de pruebas, sin encontrar nada extraño.

-Lo único es que tienes te tienes que cuidar más, tienes la tensión algo alta. Quizá reducir poco a poco el consumo de alcohol y tabaco funcionaria. Si quieres puedo ayudarte en eso, puedo darte unos trípticos y…

-Gracias, doctora, pero no hace falta.

Al salir de allí llamó a Ariel, que le dijo que acababa de salir de una reunión con la del Aquelarre de la ciudad para hablar sobre lo que había pasado el día anterior.

-Ninguna lo entiende. A veces hay problemas: el espíritu posee a la bruja o se escapa a nuestro mundo, cosas así. Pero es que ni siquiera entienden lo que significa Bode, y eso que hay algunas que solo se dedican a comprender el lenguaje del mundo. Por suerte han aportado algunas teorías. Hay una bruja que cree que se trata de dioses antiguos, aunque no ha sabido decirme nada más. En lo que han coincidido todas es de que vayamos con cuidado, tenemos algo muy chungo entre manos.

-Joder. Bueno, ahora iré a la comisaría y allí podremos discutir…

-No. Tú te quedas en casa. No sabemos si te pasará algo, pero hay menos oportunidades de que te pase si estás en casa. Como te ves por la comisaría te caerá una buena.

-Bueno, vale…

-Así me gusta. Y tranquila, que si descubro algo más te llamaré.

Adriana se metió en el coche y volvió a su casa. Se sorprendió a ver a Van en el porche, cuando debería estar en el bufete hasta tarde. Estaba mirando el cielo, moviendo la pierna con nerviosismo. Ni siquiera vio a Adriana hasta que la tenía delante.

-¡Cariño! Me has asustado. ¿Qué haces aquí?

-Lo mismo podría preguntarte a ti. Yo me he tomado la tarde libre. ¿Y tú? -dijo Adriana mientras subía al porche y abría la puerta. Al pasar al lado de su pareja se dio cuenta de que olía a albahaca.-.

-Lo mismo. Y me quedo aquí un rato, cariño, entra tú.

-¿Y eso?

-No sé, me apetece. Ahora en nada entraré.

Del cielo surgieron unas luces azules entre las nubes. Van bajó del porche y se plantó en el jardín, donde una de las luces descendió y la envolvió por completo.

-¡Vanessa!

Adriana la siguió y se lanzó a por ella, pero una extraña fuerza absorbió a Van. Solo quedó una mancha donde antes había estado ella. Adriana se quedó mirando al cielo y gritando su nombre, respirando agitadamente, hasta que el brazo izquierdo le empezó a doler. Se llevó una mano al pecho y cayó de rodillas. Lo último que vio fue su mano izquierda.

Guillermo Domínguez

 

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#27 Síntesis

Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.

Qué bonitas son las vistas desde la Torre. Aunque la cantidad de escaleras que hay que subir para llegar a la cima no es tan bonita. Me coloco sobre la plataforma, estiro los brazos y abro las manos. Sé que esto de las manos ya no es necesario, ya estoy entrenada y podría hacerlo con los brazos atados a las espalda, pero me gusta que sea una especie de ritual. El sol se refleja en las puntas metálicas de mis dedos y tengo que cerrar los ojos. Me concentro. Siento como mis dedos empiezan a vibrar y así sé que está funcionando. Envío la señal específica que me han mandado para hoy y cuando he acabado abro los ojos y bajo de la plataforma.

Hoy ha sido sencillo, rutinario incluso. Hacer que llueva en los pueblos del interior es algo que hacía cada día cuando me entrenaban. Solo hay que activar los satélites para que enfríen un poco las nubes. Más de una vez durante el entrenamiento las enfríe demasiado e hice que nevara, pero ya no cometo esos errores. Voy hacia la puerta que da a las infinitas escaleras y mi asistente me abre la puerta. Empiezo a bajar y noto como él está ahí detrás, pisándome los talones, no se separa de mí. Sé que es su trabajo, pero me molesta mucho. Volvemos andando a casa, paseando tranquilamente. Un pregonero anuncia que este fin de semana habrá actividades en el auditorio, que estamos todos invitados. Al pasar delante de una pastelería entré a comprarme una magdalena, mientras el asistente me espera fuera, mirándome desde la cristalera. Cuando voy a pagar el pastelero aparta la mano al ver que casi le rozo con los dedos, haciendo que caigan todas las monedas sobre el mostrador. Me pide perdón y las recoge sin mirarme a los ojos. Cojo al bolsa y salgo de allí.

Me hace gracia la cantidad de rumores que corren sobre nosotros, los sintéticos. Algunos dicen que con el simple roce de nuestras puntas metálicas podemos electrocutar hasta la muerte, otros que somos IAs reformadas tras la guerra. Hay quien dice que somos dioses fabricados en un laboratorio. Esto se acerca más a la realidad, aunque no hay divinidad en mí. Por desgracia. Solo soy una funcionaria del gobierno, aunque sí que pasé una temporada en un laboratorio mientras instalaban todas mis mejores y me entrenaban.

Antes de llegar a la comunidad ya me he comido todas las magdalenas, aunque dentro de poco sea hora de cenar. Subo a mi piso (tengo toda la planta de arriba para mí, beneficios de trabajar para el gobierno) y me cambio rápida antes de volver a bajar. En el patio de la comunidad la gente ya está haciendo cola, mientras el hijo del cocinero sirve la comida a los vecinos. El cocinero es otro sintético, aunque tiene menos mejoras que yo. Las suyas le sirven para reconocer los nutrientes que tienen los alimentos y su posible toxicidad. Todas las comunidades tienen un cocinero sintético. Me pongo a la cola, con el asistente a mi espalda y cuando el niño me sirve la comida le sonrío. Con el plato de sopa ardiéndome en las manos me siento en uno de los bancos de detrás, lejos de los demás vecinos. El asistente se sienta a mi lado. Conozco a todos de vista pero a ninguno en persona. Es lo que tiene ser sintética, ya me advirtieron en el entrenamiento, pero no esperaba que fuera tan duro. También me dijeron que dispondría de un terapeuta para mí si lo necesitaba, pero no he ido nunca. No quiero a nadie metiéndose en mi mente. Por el rabillo del ojo veo que un vecino me observa. Tampoco sé su nombre. Me centro en mi plato y no le vuelvo a mirar.

Cuando acabo la cena subo a mi piso de nuevo, me ducho y me pongo el pijama. Estoy a punto de meterme en la cama cuando alguien golpea suavemente la puerta. La abro y al otro lado está el asistente, con una carta en las manos. Me la entrega y vuelve a su habitación, pegada a la mía.

Me siento sobre la cama y abro la carta, que tiene el sello del gobierno estampado. No suelen enviarme las instrucciones el día anterior, normalmente me las dan ellos en mano cuando llego a la Torre. En ella solo pone que debo congelar el lago Volta, entre las montañas del sur. Se me cae la carta de las manos. Empiezo a cantar.

 

-LIBERTAD PARA LAS MÁQUINAS.

-VOSOTROS SOIS LOS ROBOTS.

-RESPECTAD LA…

Alzaba los puños y gritaba hasta dejarme la voz. Creía que al final nos saldríamos con la nuestra, que la lucha en las calles servirían de algo. Y aunque ahora sé que no fue así, sigo sin arrepentirme. Ese día estábamos recorriendo las calles de la capital con nuestras pancartas y nuestras verdades. Todos sabíamos que en cualquier momento podría llegar la policía, pero no esperábamos lo que nos hizo. Aquello se convirtió en un campo de batalla antes de poder acabar la frase. Pelotas de goma y dientes volaron por las calles. A mí me abrieron una brecha en la cabeza, y se podría decir que fueron amables conmigo. Caí al suelo, viendo el mundo girar a mi alrededor, momento que aprovecharon para agarrarme y meterme en uno de sus camiones. 

Me esposaron y al llegar a la comisaría me encerraron en un calabozo. Delante había una chica que parecía más joven que yo, con media cara ensangrentada y la muñeca en una posición extraña.

-No os mováis. No habléis. En cuanto pueda vendrá algún médico -dijo la agente que me había arrastrado por los pasillos de la comisaría-.

Nos dejó solas en la pequeña celda. La chica no dejaba de mirarse los pies, mientras le temblaba la cabeza, supuse que por culpa de la herida. Me senté a su lado y le cogí la mano. Entonces ella empezó a cantar.

 

Estoy sobre la Torre de nuevo. Subo sobre la plataforma y noto como crepita bajo mis pies. Han tenido que aumentar más la amplificación, el lago está bastante lejos y me costaría alcanzar su satélite sin esta ayuda. Vuelvo a hacer el ritual de siempre y me concentro. Envió las ondas de radio y espero hasta que el lago empieza a congelarse, lo que no tarda en ocurrir. Bajo de la plataforma y me dirijo a la puerta, pero el asistente no está solo: tres policías le acompañan. Una de ellos aprieta un botón de su traje y todo se vuelve negro.

Cuando me despierto estoy esposada a una mesa y una mujer me mira fijamente. Tiene unos ojos extraños, demasiado brillantes, y cuando me coge las muñecas veo sus dedos metálicos, que coloca sobre ellas, para detectar el pulso. Me habían dicho que existían los polígrafos sintéticos, pero no lo había creído hasta ahora. Supongo que sus ojos pueden detectar los cambios de mis pupilas.

-¿Tu nombre es Azalee Anansi?

-Sí.

-¿Vives en la comunidad 23?

-Sí.

-¿Estás en contacto con los robots insurgentes?

-No.

-¿Enviaste esa canción por radio para alertar a un grupo de insurgentes?

-No. No envíe ninguna señal de radio ayer. Debe ser un error.

-Limítese a contestar a las preguntas con sí o no.

Oigo la puerta abrirse detrás mío, pero no me giro por temor a que la sintética lo tome como una señal de que miento. La persona se coloca a mi lado y deja una pequeña caja sobre la mesa. Pulsa un botón y de la caja (debe ser una grabadora) empieza a sonar la canción. Los recuerdos enterrados vuelven, no puedo evitar que las lágrimas corran por mis mejillas. Miro a la persona que ha entrado y veo que es la agente que me detuvo hace tantos años, aunque ahora tiene un nuevo uniforme de capitana y varias medallas colgadas del pecho.

 

 -Debes controlar tus emociones. No sabemos qué tipo de tecnología tiene el gobierno, o si se fía de la tecnología. No creo que falte mucho para que la sociedad vuelva a una época anterior. Tendréis que volver a las palomas mensajeras, me temo. Y ahora sigamos, cielo… Perdón.

-No pasa nada.

El hombre se quedó callado un rato, pero en seguida volvió a encender la máquina. En la esquina de la habitación estaba ella, sonriéndome. Sabía que eran la misma “persona”, pero me seguía pareciendo raro cuando mostraba cariño con sus otros cuerpos. Era (es) la máquina más inteligente del mundo pero seguía equivocándose con esas cosas. Él siguió haciéndome preguntas, cada vez más personales, esperando que no mostrara ninguna emoción. Todos sabíamos que si la policía o el ejército conseguían atraparme el interrogatorio sería duro, por eso estaban entrenándome a pasar cualquier prueba.

-¿Estás enamorada de ella?

Vi como ella se ponía seria, intentando no mirarme a los ojos para no influir en mi respuesta.

-Sí.

-Bien. ¿Sabías que era una Inteligencia Artificial antes de enamorarte de ella?

-Sí.

Me lo había contado pocas semanas después de salir del calabozo. Sabía mi postura hacia las IAs y lo que había luchado por defenderlas, así que confío en mí. Cuando la guerra estalló ya estaba demasiado implicada como para alejarme de ellos. Me alié con los robots pero no luché en ninguna batalla. Hasta que atacaron un campamento cercano. Desde entonces me habían entrenado en combate e interrogatorios. Creían que podría infiltrarme en la capital y conseguir algo de información. Habíamos establecido unos códigos para poder comunicarnos a través de la radio sin que sospecharan. Cada canción tenía un significado.

-Ya hemos acabado por hoy -dijo el interrogador, levantándose de la silla-. Estás mejorando, pero aún te queda por aprender. Debes pensar en algo que te calme y permita que estés concentrada al mismo tiempo. Un tic, un mantra, cualquier cosa.

Desde la esquina ella empezó a silbar.

 

El traqueteo del carro hace que la pistola se separe unos segundos de mi piel, pero la capitana vuelve a colocarla en seguida. Es raro ver un arma de fuego, desde la guerra los policías solo tienen espadas y ballestas. Quizá la tecnología la reservan para los robots insurgentes. Sentado al lado del conductor está el hombre que me sonrió en la comunidad, mirando hacia todas partes. Es un radar sintético, una persona con la capacidad de detectar las señales de radio y ver en la oscuridad, entre otras cosas. Ya me parecía que tener un asistente era poca cosa, el gobierno no se suele andar con tonterías. Por suerte a él se lo han dejado en la ciudad.

Cuando descubrieron que había avisado a los robots me volvieron a dejar K.O. y me metieron en este carro de caballos, ahora estamos yendo hacia el lago, a ver si encuentran algún rastro de ellos. Ahora estoy rodeada de soldados que no dudaran en matar aquello que se encuentre en su camino. La capitana quiere que cuando lleguemos allí envíe otra canción, a ver si el radar puede detectar a los robots siguiendo la señal.

-Creo que hay algo ahí delante. Veo una…

El misil se estrella en medio del camino, sin golpear el carro, pero los caballos se ponen nerviosos y se mueven sin control, haciendo que caigamos todos al suelo. La capitana cae de cabeza contra una roca, quedando inconsciente al acto. Sin una pistola que me apunte ya puedo acceder a los satélites. Esta vez no hago el ritual, sino que envío las ondas desde donde estoy. Unos segundos después el cielo se oscurece y empieza a llover. Los soldados se levantan y me apuntan con sus metralletas, pero antes de que puedan apretar el gatillo un rayo cae entre ellos. La tormenta se hace cada vez más fuerte, casi no se pueden oír las ráfagas de disparos entre los dos bandos que luchan delante de mis narices.

 

-Quizá sea mejor aceptar el pacto.

-¿Lo mejor? -ella se recolocó en la cama-. No sabemos qué van a hacer después. Dicen que nos darán una comunidad para nosotros pero las dos sabemos que si eso es cierto será un campo de concentración. ¿Y qué harán con los robots que no quepan en esa comunidad? ¿Y si yo no entro? No puedo simplemente dejar que maten mis cuerpos.

-También están proponiendo separar vuestras conexiones para que seáis independientes, así al menos podréis seguir viviendo.

-Entonces no seré yo. Sin esta conexión, sin esta mente colectiva no volvería a ser la misma. Nos habrían matado tal y como somos ahora y nadie lo vería como una matanza.

-Pero tampoco podemos permitir que siga esta guerra. Cada día que pasa sin que aceptéis el pacto mueren humanos.

-¿Y robots no? Siento lo que sienten cada uno de esos cuerpos, ahora mismo cada bala y cada granada que lanzan sobre los míos se clava sobre mi cuerpo también. 

-Pues nada, que continúe la guerra, cuando el mundo acabe convertido en una gran nube radioactiva como lo es Europa hablamos.

-Aza, por favor, escúchame, intenta comprenderme. No es tan fácil. Cualquier pacto que quiera hacer tu gobierno tendrá letra pequeña y acabaremos exterminados de una forma u otra…

-Es verdad, lo siento. Es que todas estas noticias de la guerra me ponen de los nervios, tengo miedo de que tengas que ir tú también a luchar.

Ella se levantó y me abrazó. Estuvimos así hasta que los soldados reventaron la puerta y entraron pistolas en alto. La dispararon entre ceja y ceja y el aceite manchó la pared. A mí me cogieron y me esposaron. Recuerdo poco de lo que pasó después, me drogaron y me torturaron durante varios días. Me declararon inocente, aun con las drogas les convencí de que no sabía nada. utilicé la rabia que sentía hacia el ejército para hacerles creer que odiaba a los robots por haberme engañado. Pero la duda continúo, notaba cómo me seguían a todas partes, así que al final decidí apuntarme a ser sintética, con la intención de que me creyeran simpatizante del gobierno.

 

Sus manos tapaban mi herida como podían, manchándose de sangre. A mi alrededor la batalla había terminado y los robots se recomponían y se ayudaban entre sí. No quedaba ningún humano vivo. Vi como se llevaban el cuerpo del sintético.

-Con sus piezas podremos huir de sus radares, por fin seremos libres. Ahora podremos ser invisibles a sus ojos, la guerra ha terminado. Y todo gracias a ti -el hombre, que era el que me había entrenado tanto tiempo atrás, me acarició la cabeza-.

-¿Haréis lo mismo con mi cuerpo?

Me miro, con medio rostro destrozado, y se puso a silbar.

Guillermo Domínguez

52 Retos·Guille·Relatos

#2 Meta

Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.

En el local huele a tabaco y a sexo, una combinación que nunca me ha desagradado. Doy una vuelta por el sitio, esquivando a salidos babeantes y a camareras en top-less, cuando la veo bailando alrededor de un poste. En cuanto ella me ve le hace una señal al dj, que da paso a Tatiana, una “joven rusa que acaba de llegar de su fría patria para calentaros a todos vosotros”.

Donde antes no había nada ahora se ha puesto unos tejanos y una camiseta que le va grande. Se acerca corriendo y me da un beso, que sabe a distintos tipos de alcohol.

-Conque Angelique, ¿eh? Siempre supe que tenías algo de celestial.

-Hay que innovar de vez en cuando. ¿Y qué te trae por el paraíso? -dice entusiasmada, guiñándome un ojo al referirse al nombre de este antro más bien infernal, quitándole el puesto al bar de al lado-.

-Pasaba por la ciudad y me apetecía hacerle una visita a una vieja amiga.

-Y tan vieja, qué hace ya, ¿5 años desde la última vez que nos vimos?

-Eso parece.

-Ese fue un gran verano, no nos poníamos la ropa ni para salir a la calle, prácticamente -me mira a los ojos mientras se muerde el labio-.

-¿Y tú no decías que esto sería un trabajo temporal? Creía que sería solo para pagar la carrera, pero parece que le has pillado el gusto.

-Dejé la carrera hace años, sabía que ese mundo no era para mí. Desde entonces he trabajado aquí, es un buen trabajo, ¿sabes? El sueldo no está nada mal, y en cuanto un tío se pasa conmigo aparece Carlos y se lo lleva a rastras.

-Sí, ya me he fijado en el armario que hay en la puerta, no te quitaba la vista de encima.

-Es un buen tío, y cuanto más se fijen mejor, más dinero que me llevaré al cerrar.

-¿No has pensado nunca en buscar otro trabajo? Tiene que haber algo más en la vida aparte de poner cachondos a todos los borrachos del pueblo.

-Estás empezando a sonar como mi padre, y ya sabes cómo lo odio. Además, tú no eres la más indicada para hablar sobre la vida de los demás sabiendo qué haces para ganar dinero…

-Tienes razón, retiro lo dicho. No he venido a discutir.

-¿Y entonces a qué has venido? Creía que te iba bien en Ítaca, no sé quién me lo dijo.

-Tú lo has dicho, me iba. Pero entonces apareció mi hermana de la nada a joderlo todo.

-Uff ya me acuerdo de tu hermana. No he conocido a nadie más cabrona que ella.

-Eh, con mi familia no te metas, zorra.

La miro a los ojos, pero la cara seria no dura demasiado y estallamos en carcajadas.

-Me pilló con una chica en el ballet y, bueno, digamos que no pudo aguantarlo y me empezó a gritar en medio de la calle. La chica se enteró de cómo es mi vida y me quedé en la calle y sin haberle sacado nada. Estuve en un motel unos días hasta que me cansé. Y aquí estoy.

-Perdón, me he despistado. ¿Ballet? Sí que te has vuelto repipi.

-Es lo que toca cuando sales con ricos, te tienes que adaptar a ellos si quieres sacarles los cuartos. Pero en verdad no he venido solo a visitarte… Quería pedirte perdón.

-¿Perdón? María, ya está…

-Eli -la interrumpo-, llámame Eli, por favor.

-Está bien. Eli, ya está todo perdonado desde hace tiempo. Entiendo por qué lo hiciste, en serio.

-Pero no quería hacerlo. Llevo toda mi vida huyendo de los problemas, aún sigo preguntándome por qué huí de lo mejor que me ha pasado en la vida. Con esto quiero acabar la carrera. Si pudiera volver atrás plantaría cara a mis padres y seguiría contigo, te lo prometo.

-Joder, tía, me vas a hacer llorar al final -la veo limpiarse la comisura del ojo con el dorso de la mano-. Mira, como la noche parece demasiado tranquila voy a proponerte un trato: si montamos una escena te perdono.

-Acepto -digo mientras le estrecho la mano-. ¿Qué tienes pensado?

-Tú sígueme el rollo.

Y entonces me abofetea la cara. Me guiña un ojo y se levanta, dando un golpe en la mesa.

-Que sea la última vez que me pones los cuernos, ¿me oyes? Estoy harta de encontrar mujeres desnudas en nuestra cama.

-Espera -me levanto yo también, intentando no reír-. Tú estás siempre en este bar y cuando vuelves a casa estás cansada, ¿qué quieres que haga? Es como si ya no tuviera novia…

-¿Y por eso tienes que buscarte mil novias diferentes? Las cosas se hablan, ¿sabes? Pues que sepas que yo me tiré a tu hermana.

-¡¿Qué?!

Agacho la cabeza para que no me vean reír y la empujó intentando no lanzarla muy lejos, pero una camarera se pone en medio y las dos chocan, haciendo que se caiga la bandeja que llevaba la camarera. Voy a pedirle perdón cuando la veo sonriendo mientras la recoge. A nuestro alrededor todo el mundo está callado, expectante. Ni siquiera la chica que está en el escenario se mueve. Sara (o Angelique) se lanza hacia mí y me estira del pelo, quitándome la goma y dejándolo libre. Yo le estiro de la camiseta, desgarrándosela, por lo que se la acaba quitando. Me coge de un brazo y con una llave de cadera (¿cuándo ha aprendido a hacer algo así?) me tira al suelo sin hacerme daño. Me agarra una pierna y me arrastra por el suelo, llevándose mis pantalones por el camino, que se quedan atrapados en mis pies por culpa de los zapatos. Con un par de movimientos con los pies me quedo en bragas. Sara le hace un movimiento casi imperceptible con la cabeza al barman, que quita todas las botellas y vasos de la barra. Seguimos “peleándonos” hasta que llegamos al lado de la barra, la cojo de la cintura y la subo sobre ella. Y nos empezamos a besar. Nos quitamos la poca ropa que nos queda y yo me coloco encima de ella. El bar sigue callado. Sara resigue con el dedo el tatuaje que tengo en el cuello.

-Te perdono -me dice al oído mientras yo le beso el cuello-.

Seguimos así un rato hasta que Sara se sienta en la barra al público.

-Lo que viene ahora es cosa de pareja.

Me coge de la mano y me lleva hasta el camerino y seguimos por donde lo habíamos dejado hasta que cierran el local. Fuera Sara insiste en que me quede en su casa, que, aunque la cama es pequeña, podremos dormir bien. Al final acaba desistiendo y me dice un hostal que hay cerca, Chastilla, donde no ha estado nunca dicen que es barato. Nos despedimos con un beso y la veo alejarse con el coche.

-Hola.

Me giro y veo a un hombre trajeado a mis espaldas, sonriendo. Lo reconozco, ha estado todo el rato al fondo del bar, bebiendo, sin babear ni ponerle billetes a ninguna chica en el tanga.

-No quiero molestarte, pero tu actuación me ha parecido genial. Me gustaría saber si quieres trabajar para mí.

-No sé quién eres y no voy a trabajar para ti.

-Oh, mierda. Me llamo Víctor, soy el dueño del local. Creo que debería haber empezado por ahí… -se rasca la cabeza y se le notan rojas las mejillas-.

-Pues creo que sí -le sonrío, se le ve muy avergonzado-. Pero mi respuesta sigue siendo la misma, lo siento.

-No se pierde nada por intentarlo. Por si decides cambiar de opinión, aquí tienes mi tarjeta.

Me la da y me estrecha la mano. También se aleja con el coche. Yo voy andando hasta el hostal, siguiendo la vía del tren, tal y como me ha dicho Sara. No tardo en encontrarlo. Después de golpear la mesa varias veces aparece una mujer en albornoz, que me mira con mala cara, pero acaba dando la llave de una habitación. Subo las escaleras y abro la puerta, tras la que hay la habitación más cutre que he visto nunca. Ni siquiera hay almohada. Me estiro con ropa sobre la cama (no quiero saber qué puedo pillar en este sitio) y pongo el brazo bajo la cabeza. Suspiro e intento dejar la mente en blanco, si empiezo a pensar en este sitio de mierda no dormiré nada. Entonces oigo un ruido bajo la cama, creo que es una rata. Ahora sí que puedo dar el sueño por perdido. Rebusco en el bolsillo y saco la tarjeta de Víctor. Le llamo.

Guillermo Domínguez

52 Retos·Guille·Relatos

#9 Consulta

Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

 

(Consulta de una psicóloga. Está sentada en una butaca con un bloc de notas en la mano. La paciente está estirada en el diván, entre ellas hay una mesa con varias varas de incienso. Detrás de la psicóloga hay un cuadro de un prado con un carnero en él.)

PACIENTE: La verdad es que no sé cómo empezar. Es mi primera vez, ¿sabes? Mi hermana me recomendó que viniera a su consulta después de… Y aquí estoy. Me gusta el toque del incienso, por cierto. ¿Debo empezar por mi infancia? ¿O prefiere que me centre en por qué estoy aquí?

PSICÓLOGA: Usted es quién decide. Hableme de lo que quiera, sin miedo. No voy a juzgarla, ese no es mi trabajo.

PACIENTE: Está bien. Bueno, empezaré por cuando era pequeña, me será más fácil. Yo siempre fui una niña bastante inteligente, pero a mis padres nunca les parecía suficiente. Ellos solo tenían ojos para mi hermana. Hiciera lo que hiciera nunca era suficiente para ellos. Su hijita pequeña era lo único en sus vidas. Esto se queda entre nosotras, ¿verdad? No quisiera que ella se enterara… Sigue leyendo “#9 Consulta”

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#22 Sanatorio

Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.

Un extraño sonido le arrastró desde el sueño a la realidad. Abrió los ojos y se giró, en busca de la fuente del ruido. Sentado en su silla de ruedas estaba Abel babeando embobado con Peppa Pig (lo máximo que su mente destrozada podía soportar sin ponerse a llorar), riéndose con sus ronquidos característico, haciéndole parecer un cerdo como la que salía en esos momentos en pantalla. Germán se recolocó en su butaca y se puso a leer el libro que le había caído en las rodillas al dormirse. Era Misery, un libro sobre una loca de cuidado que secuestraba a su autor favorito. La doctora Iberu había hecho un gran trabajo incorporando una pequeña biblioteca en la sala común, pero por algún motivo lo único que había eran libros de terror. Germán ya había leído a Lovecraft, Shelley, algún cuento de Poe y ahora estaba a medio camino de leerse a todo King. Le hizo gracia la protagonista de Misery, lo mucho que se parecía a alguno de sus compañeros del lugar. En ese momento el protagonista estaba haciendo pesas con su máquina de escribir, pero los ronquidos no le dejaban concentrarse.

Se levantó de la butaca, le arrancó el mando a Abel de las manos y lo lanzó a la otra punta de la habitación, donde una paciente estaba jugando al solitario en el suelo. Abel se le quedó mirando, con una gota danzando en la comisura del ojo. A Germán le entraron arcadas. Solo falta que le cayera cera de las orejas para que todos sus orificios estuvieran goteando. Siempre tenía mocos, y los esfínteres hacía tiempo que no le funcionaban. Según otros pacientes le habían contado, Abel había sido jardinero en un internado para niños pijos donde se dedicaba a espiarles y hacer cosas raras en su cabaña. Le habían pillado oliendo ropa interior de la Patrulla Canina (“al menos no de Peppa Pig, eso habría sido el colmo” pensó Germán) mientras una jeringuilla sobresalía de su brazo. En el juicio había repetido una y otra vez que él no sabía lo que hacía, que una voz entre los arbustos le obligó a hacerlo. Germán se reía de los tontos que eran los jueces, creyéndose estupideces como esa. Al fin y al cabo él mismo había acabado en aquel loquero gracias a la credulidad de un juez.

-¿Qué miras, cerdo de mierda?

-¡Mierda, mierda, mierda, mierda! -Abel no paraba de gritar, ahora con la cara hecha un cuadro por las lágrimas y mocos-.

-¡Que te calles!

-¿Qué está pasando aquí? -el enfermero Titre salió de detrás del mostrador de las pastillas y se plantó en medio de la sala, donde los demás pacientes habían formado un corrillo-. Germán devuélvele el mando. Ya.

Le miró con odio, pero lo hizo, mientras soltaba insultos entre los dientes.

-Bien hecho, ahora vez que te tengo que dar tu pastilla -dijo el enfermero de espaldas, yendo al mostrador-.

-Pero no me toca hasta dentro de una hora…

-Te toca cuando yo te lo diga.

Germán se acercó y el enfermero le entregó el vaso de plástico con sus pastillas dentro. Echó un vistazo antes de tragárselas, y vio una de color verde que era nueva para él, pero se la tragó sin hacer preguntas. No quería más problemas ese día.

-Bien hecho.

 

La cerradura automática se abrió en plena noche, despertándolo. Estaba empapado de sudor y con la boca llena de sangre, que escupió en el pequeño retrete enganchado en la pared. Asomó la cabeza por la puerta: el pasillo estaba vacío. Fue dar un paso fuera de la habitación y el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor, tuvo que agarrarse a la pared como pudo. Avanzó a trompicones con los ojos cerrados, notando aún la sangre en su boca.

-Suicídate.

-No mereces vivir.

-Sé lo que hiciste el año pasado.

Germán abrió los ojos, pero no vio a nadie. Solo sombras que se arremolinaban a su alrededor y que hicieron que perdiera el equilibrio. En el suelo se tapó los oídos lo más fuerte que pudo, sin que el volumen disminuyera. “Al final la locura me ha atrapado” pensó. Se levantó y siguió caminando a pesar de aquellas desagradables voces. Cuando llegó a la esquina empezó a oír otro ruido, y este no parecía producto de su imaginación. Esperando que fuera algún doctor fue hacia allí corriendo. No era más que un cerdo enorme sentado al lado de las escaleras. El animal estaba roncando, Germán se extrañó de que nadie más hubiera aparecido para acallar ese horrible ruido.

-Hazlo.

-Acaba con él.

Se giró y entre las sombras le pareció ver algo. Una persona con máscara de cirujano y los ojos rojos. Incluso le pareció ver que estaba fumando.
Alguien o algo lo golpeó por detrás y acabó al lado del cerdo, sintiendo su aliento fétido en la cara. El ruido se había vuelto insoportable. Las piernas ya no le funcionaban. Así que no tenía otro remedio: empujó al animal por las escaleras. Vio cómo se desplomaba hacia la oscuridad que había abajo. Oyó su cuello romperse. Por fin pudo levantarse, sintiéndose el salvador de aquel manicomio, liberándolo de criaturas molestas.

 

La puerta eléctrica se abrió de nuevo, pero esta vez era para que los internos fueran a desayunar. Se desperezó mientras pensaba en la noche anterior, sin saber si era real. No recordaba cómo había vuelto a su habitación. Antes de salir escupió sangre en el retrete.
El desayuno fue tranquilo, lo que le dejó tiempo para pensar. Se centró en la imagen del doctor de los ojos rojos. Ahora pensaba que olía a azufre, pero ya no sabía si era verdad o el recuerdo ya se estaba degradando.

En la sala común todo seguía igual de tranquilo. Jugó al dominó con la señora Medina, una ancianita que seguía viendo a su hijo muerto (y al que culpaba cuando hacía trampas) y ganó las dos partidas. Cuando iban a empezar la tercera sonó una voz por megafonía avisándoles de que se presentaran todos en la sala común, que la doctora Iberu debía decirles algo.

-Tengo malas noticias -dijo la doctora cuando llegó, interrumpiendo la partida de dominó, y estaba mirando a Germán-. Esta mañana hemos encontrado el cuerpo de Abel. Muerto. -Germán giró la cabeza y vio que faltaba su silla de ruedas. Ahora entendía lo tranquilo que estaba siendo el día- Alguien lo ha empujado por las escaleras. Si habéis sido vosotros o sabéis quién ha sido, comunicádnoslo ya. No podemos dejar pasar una falta tan grave como esta.

Siguió un rato hablando de Abel y de lo horrible de ese acto, todo esto sin apartar la mirada de Germán. Cuando acabó Titre les repartió sus pastillas y los enviaron a sus habitaciones hasta la hora de comer, no les dejarían tiempo de ocio en una buena temporada.

Esta vez la locura le llegó mucho antes. Estirado en su cama, esperando que llegara la hora de comer el mundo se desmoronaba a su alrededor. Las paredes se agrietaban y el techo se elevaba hasta el infinito. Todo se volvió borroso, hasta que unos golpes lo devolvieron a la realidad. Pero ya no estaba en su habitación, sino en el juzgado. Se miró y vio que llevaba traje, y a su lado estaba su abogada. Estaba en su propio juicio.

Una testigo estaba hablando de cómo Germán había cambiado las vías de tren para que aquellos dos trenes chocaran, causando 235 muertos y 46 heridos de gravedad. Pero Germán no le estaba haciendo caso. Él se giró, intentando comprender qué estaba pasando. ¿Era un sueño? ¿Un recuerdo demasiado vívido? ¿O estaba en el infierno? Entre el público encontró dos caras conocidas: la doctora Iberu y el enfermero Titre. Estaban abrazados, llorando. Y tenían los ojos rojos.

Un psiquiatra pasó a ser el testigo y contó que lo que le pasaba a Germán era que estaba enfermo. Tras varias preguntas tanto del fiscal como de su abogada la jueza dio pasó al veredicto. Era culpable, pero en vez de ir a la cárcel iría a un psiquiátrico, donde quizá podrían curarle. Él sabía que no estaba loco. Vale, sí, había matado a todas esas personas. Pero no lo había hecho por locura, ninguna voz le había obligado ni nada por el estilo, él solo quería probar si sería capaz de hacerlo. Y lo había sido. Alguien, un alguacil supuso, lo cogió del brazo y lo levantó de la silla. Lo llevó por el pasillo del público, donde la doctora y el enfermero habían desaparecido, y lo sacó de la sala. Fuera miró a la cara a su acompañante. Era Abel. Se sacudió y consiguió liberarse de él. Salió corriendo por los pasillos del juzgado, esquivando a la gente. Se chocó contra una mujer y cayó al suelo. Al alzar la vista vio que no era más que un cadáver andante.

-Tú me mataste.

Se levantó de un salto y volvió a la carrera. A los lados del pasillo los muertos se congregaban, culpándole de su muerte. Consiguió llegar a la puerta de salida, pero Abel estaba en medio, con orejas y hocico de cerdo, roncando como siempre. Detrás los muertos se habían amontonado, formando una barrera de cadáveres. Se lanzó hacia “Abel”, lo agarró del cuello y apretó con todas sus fuerzas. Los ronquidos fueron perdiendo fuerza hasta que aquel ser dejó de respirar. Entonces las puertas se abrieron y la luz iluminó su rostro.

Se despertó en su habitación, estrangulando al celador. Entraron por la puerta dos miembros de seguridad con porras y le golpearon la cabeza. Germán soltó al celador y fue a la esquina, poniéndose en posición fetal para que no volvieran a pegarle. Los agentes le agarraron por los brazos y lo arrastraron por los pasillos, a la vista de los demás pacientes. La señora Medina le dijo a su hijo que sospechaba de Germán, nunca le había gustado. Lo encerraron en Aislamiento. Lo ataron a la cama de pies y manos y mientras Titre le hacía tragar las pastillas la doctora Iberu le contó qué le pasaría a continuación. No volvería a salir de esa habitación hasta nuevo aviso, sería controlado las 24 horas. Antes de marcharse la doctora se acercó a su oreja y le roncó tan fuerte como pudo.

 

Los días pasaban sin que él se diera cuenta. La habitación no tenía ventanas, solo podía guiarse por las rutinas de doctores y celadores. No le soltaban las manos ni para comer, un celador le ponía la comida en la boca. La doctora Iberu iba cada tarde a hacer terapia con él, le preguntaba siempre por qué lo había hecho, qué había sentido al hacerlo… Y no volvió a roncarle. Germán no paraba de preguntarse si había sido imaginación suya. Tuvo más sueños extraños, pero ninguno como el del juicio. Un par de veces se levantó en plena noche y vio una sombra en la esquina, observándole. Con los ojos rojos. Y esa vez sí que pudo oler el azufre.

 

-¿Seguro que está bien atado?

Germán abrió los ojos y vio que ya no estaba en su habitación. Estaba en una especie de quirófano, sentado en una silla atado con correas, incluso la cabeza. Titre le estaba que tuviera las piernas seguras, y cuando hubo acabado le hizo un gesto afirmativo a alguien a su espalda.

-Perfecto, ya podemos empezar.

De detrás apareció la doctora Iberu, con una máscara de cirujano y una aguja enorme en la mano. El enfermero le metió unas pastillas en la boca y se apartó, sonriendo. Se colocó en la esquina de la habitación, sacó un móvil de su bolsillo y se puso a grabar.

-Te estarás preguntado qué haces aquí, ¿verdad? Bien, lo que está claro es que eres un criminal y mereces ser castigado. En eso estás de acuerdo, ¿o no? -Germán se quedó quieto, sin pestañear siquiera-. Puedes responder, que no te vamos a morder. De momento. A lo que íbamos, te hemos traído aquí para castigarte nosotros. El infierno es un sitio duro, pero creemos que no lo ha sido lo suficiente contigo.

En ese momento Germán notó como las paredes cambiaban de color y se volvían rojas, al igual que los ojos de la doctora y el enfermero. Volvió a oír las voces que lo culpaban. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca.

La doctora se acercó a él y le chupó la cara. Colocó la gran aguja sobre su párpado derecho, aún húmedo, y el enfermero le pasó un pequeño martillo.

-Tranquilo, no te va a doler.

Golpeó la aguja con el martillo y le atravesó la cuenca del ojo. Sí que dolió. Al menos esta vez pudo gritar. Notaba una gota de sangre que caía de la herida y se deslizaba hasta su boca. El enfermero estaba riendo y le gritaba a la doctora que continuara. La doctora volvió a tirar el martillo hacia atrás para coger impulso, pero en ese momento se oyeron golpes en la puerta.

-Mierda.

El enfermero soltó el móvil y sacó un bisturí de su bolsillo. La doctora se quedó detrás de la silla donde estaba Germán, con el martillo en las manos dispuesta a atacar. La puerta se vino abajo y un policía entró pistola en mano. Titre se lanzó contra él y le clavó el bisturí en la mejilla. Otro policía apareció tras el primero y abrió fuego contra el enfermero. Los demás agentes entraron en tromba, esposaron a la doctora después de que intentara estampar el martillo en sus cráneos y liberaron a Germán, que aún tenía la aguja atravesándole.

 

-Esos dos criminales no eran más que eso. Ni siquiera eran personal de este hospital, no sabemos aún cómo consiguieron colarse y que nadie les pillara. Hemos encontrado en su organismo trazas de una nueva droga, Novo. Creemos que se la llevan dando una temporada, de ahí el extraño comportamiento que ha tenido. ¿Me está oyendo?

Germán soltó un gruñido cuando la inspectora le tapó la televisión. Estaba viendo Peppa Pig, y le encantaba. La inspectora continuó hablándole, contándole cómo habían hecho lo mismo con otros pacientes, Abel entre ellos, pero al final dejó de intentarlo al ver que no reaccionaba. Lo dejó allí, en su silla de ruedas, viendo los dibujos y gruñendo hasta que se acabó el tiempo de ocio.

Guillermo Domínguez

52 Retos·Guille·Relatos·Sin categoría

#49 Solsticio

Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.

 

-Bienvenidos a todos. Me alegra ver tantas caras que repiten año tras año, aunque este haya sido uno difícil.

Carlos agachó la cabeza y posó la mirada sobre la copa que tenía en la mano. Mara le estaba mirando desde el fondo de la habitación, y cuando sus miradas se cruzaron esta le sonrió. Él dibujó una media sonrisa en su cara y continuó con el discurso, alzando la voz para que se oyera por encima de la música.

-Los que ya sois habituales de esta fiesta ya sabéis de qué va, pero esto va para todos aquellos despistados o que no habían venido hasta hoy. Cada año en Fara se celebra el Solsticio de Verano, pero no hay actos ni bailes ni nada del estilo. Los únicos que lo celebran como tal son los ancianos de la residencia que hay aquí al lado, supongo que todos habréis oído la que tienen aquí montada. Un año me cansé de tanta juerga y entre unos cuantos montamos esta “anti-fiesta”. ¡Y dada la gran cantidad de gente que ha venido hoy podemos decir que ha sido todo un éxito! -los invitados gritaron y silbaron a su anfitrión-. Durante estos años he tenido un gran grupo de amigos que me han ayudado, y junto a mí siempre ha estado Ariane. Como todos sabéis el año pasado falleció en un accidente de tráfico. Esto va para ti, Ariane.

Todos alzaron sus copas y bebieron de ellas.

-Con esto doy la fiesta por inaugurada, ahora a pasárnoslo bien y, sobre todo, ¡a demostrarles a esos ancianos quién man…!

Carlos cayó de las escaleras donde estaba y rodó hasta abajo. Se oyó un grito y los que estaban más cerca de él corrieron a socorrerle. Le dieron la vuelta y vieron como le salía espuma por la boca y todas sus extremidades se convulsionaban.

 

La policía llegó un cuarto de hora más tarde. Por suerte alguien había tapado el cadáver con una sábana, y habían cerrado la puerta para que nadie saliera. Los inspectores Vinter y Janssen anunciaron que serían los encargos de resolver el caso, y que hasta que no hubieran interrogado a cada uno de los asistentes no podrían salir de allí. Una ambulancia se llevó el cuerpo y un equipo de la policía forense metió los trozos de la copa rota de Carlos y la metió en una bolsa.

-¿Qué coño está pasando? ¿Y tú por qué estás tan tranquila? Joder, ¿No podemos ir a alguna fiesta sin que pase alguna desgracia?

Nic había logrado encontrar a Mara después del caos inicial. Ahora los inspectores se habían llevado a sus amigos Cam y Fran para interrogarlos y estaban esperando el momento de que les tocara su turno.

-Porque he estado hablando con Rita. Dice que el inspector Vinter es uno de los más competentes de todo Fara, que lo resolverá enseguida y podremos irnos. Vamos fuera, por fa, que al final me dará un golpe de calor.

Salieron a la terraza, donde la gente daba vueltas de un lado a otro, nerviosos. Miraron desde la verja y vieron a unos agentes apostados en la puerta de la mansión. Bajando aquella calle estaba el asilo con el que se estaban “rebelando”, que ya había acabado la fiesta. No sabían si era por la hora o por lo que acababa de pasar.

-Necesito volver a mi casa, no soporto estar aquí -Nic no paraba de tocarse el hombro, hacía unos años se lo había dislocado y ahora cada vez que se ponía nerviosos se lo tocaba-.

-Yo igual. Y suerte que no han venido ni Dália ni David. Rita seguro que se lo hubiera pasado bien haciendo de periodista por la escena del crimen. Lástima que esté en una gala del ayuntamiento con todos esos ricachones. Me hubiera gustado que hubiera venido, a ver si este año se saca otro pecho, que el derecho ya lo enseñó el año pasado.

-Ah, estáis aquí -Cam salió a la terraza cogido de la mano de Fran y sus amigos le hicieron preguntas sobre el interrogatorio-. Bueno es bastante parecido a los de las películas, que si dónde estaba cuando había muerto (pues con todo el mundo, le he dicho), que de qué conocía a Carlos, si sabía de algún enemigo que podía tener… Ahora creo que no están interrogando a nadie, estaban hablando entre ellos.

-Sí, a mí igual -dijo Fran-. Nos han separado y cada uno ha ido con uno de los dos inspectores. El mío me ha preguntado si sabía la contraseña de su ordenador, que no pueden entrar y no ha venido ningún informático. ¿Tú la sabes, Mara? Eres la que mejor lo conoce. Conocía…

-Mmm quizá sí, voy a hablar con los inspectores -y se metió en la mansión-.

 

-¿Alguna pista? -le preguntó Will, el inspector Vinter, a su compañero Tym-.

-Qué va, nadie sabía de ningún enemigo y parece que ninguno era amigo íntimo de la víctima. Lástima que no haya ningún mayordomo, aunque hubiera sido demasiado cliché. Pero al menos nadie ha salido de aquí, el asesino está entre nosotros -Tym puso cara seria, pero le duró unos segundos antes de soltar una carcajada-. Ahora en serio, esto es muy Agatha Christie, lo malo es que hay demasiado invitados.
-Nunca vas a escribir un libro y lo sabes.

-Hay gente que no tiene hermanas escritoras que hagan best-sellers sobre su vida.

-Hola, ¿inspectores? -los dos compañeros se giraron y vieron a una joven con el pelo castaño y rizado a la que aún no habían interrogado-. Me llamo Mara y era una de las mejores amigas de Carlos, igual puedo ayudarles.

 

Al final la contraseña había sido “pipo23”: el perro que había tenido de niño y el día de su cumpleaños. Después de un piedra-papel-tijeras le había tocado a Tym quedarse en el ordenador mientras Will interrogaba a los demás invitados. Will y Mara bajaron las escaleras mientas hablaban de la víctima. Ella le dijo que Carlos era muy reservado, de ahí que pocos de los invitados le conocieran poco. Y aún se había encerrado más en sí mismo tras la muerte de su novia Ariane. Will ya había oído trozos de la historia por algunos invitados, pero lo que no sabía era que Carlos culpaba del accidente al padre de Ariane.

-Yo no me encargué del caso, pero lo clasificaron como un accidente, esa carretera ya ha visto desgracias parecidas.

-¿Y qué me dice de cuando atacó a aquella chica unas semanas más tarde? Carlos creía que había sido una estrategia para acabar en el psiquiátrico en vez de ir a la cárcel, porque sabía que le acabarían juzgando.

Los dos iban en el coche cuando Ariane había muerto, pero el padre sobrevivió. Al no poder soportar el peso de la muerte de su hija había acabado sufriendo una especie de brote psicótico y había atacado a una chica en la calle al creer que se trataba de Ariane. Carlos lo había pasado muy mal tras su muerte y había acabado metiéndose en las drogas.

-Pero nada muy grave, nunca había tenido problemas con la policía ni nada por el estilo.

Al llegar a la sala de estar oyeron alboroto en la terraza, donde a un chico le estaba dando un ataque de pánico y gritaba que le dejaran salir.

-¡Nic! -Mara le dijo a Will que ya hablarían después, que ahora tenía que ocuparse de su amigo-.

El inspector Vinter volvió a la cocina, donde hacía los interrogatorios, y se encontró con la capitana Mata, su jefa.

-Te creías que te iba a dejar solo en un caso como este, ¿eh? Los de la forense me han dicho que ha sido fácil identificar el supuesto veneno: es Novo. No me extrañaría que más de la mitad tuviera un poco de ella encima.

Los últimos meses había sufrido una plaga de esa nueva droga. Normalmente no venía en cantidades suficientes como para provocar una sobredosis, pero ya se habían encontrado algunos casos. Era un potente alucinógeno, que provocaba sobre todo ilusiones auditivas. Will había estado esperando que se tratara de algún tipo de veneno raro y así poder identificar al asesino más fácilmente. Parecía que tendrían que quedarse más rato allí.

 

-Ya estoy mejor, gracias.

Nic hacía respiraciones lentas y profundas y se tocaba el hombro mientras un agente le calmaba. Le habían dado un tranquilizante y parecía que le había ido bien. Mara se sentó a su lado y le acarició el brazo.

-Si es que… No se te puede dejar solo, de verdad.

-Mara, ¿puedes venir un momento?

El inspector Vinter la llamó desde la puerta de la terraza y ella, tras decirle a Nic que vendría en un momento, se metió en la casa.

-Por casualidad la droga que tomaba Carlos no sería Novo, ¿verdad?

-Pues sí, ¿por?

-Hemos encontrado trazas en el vaso que estaba bebiendo. ¿Crees que la habría mezclado con el alcohol para que le subiera más?

-Que yo sepa nunca lo había hecho. Además, aún no había tomado nada, normalmente se lo guardaba para cuando el alcohol ya le hubiera subido y así notar más el efecto. Y no tomaba demasiado, o no tanto como para sufrir una sobredosis, eso seguro.

 

Tym hacía girar la rueda del ratón, bajando la bandeja de entrada del correo (que tenía la misma contraseña que el propio ordenador) en busca de algo sospechoso. Solo había mensajes de la universidad y el registro en una web porno. De pronto encontró en la papelera un cambio de contraseña para una página llamada “el Chubasquero Rojo”. Investigó en internet y descubrió que era una web de chat que confería “privacidad absoluta a sus clientes”. Utilizó la misma contraseña con la web, sin resultados. Probó a cambiar la contraseña de nuevo con el mensaje, y tampoco pudo entrar.

-¡Joder! -exclamó y golpeó en la mesa-.

Por detrás un forense se sobresaltó, pero en seguida volvió a su trabajo.

 

Mientras la capitana Mata llamaba a los inspectores más especializados en Novo Will siguió interrogando a los invitados que faltaban, pero ya había llegado a un punto muerto. Le tocaba interrogar a Nic, al que había dejado para el final por su ataque de pánico. Él le pidió a Mara que le acompañara, y esta lo hizo. No conocía a Carlos más allá del instituto, en el que ni siquiera habían coincidido en la misma clase.

En el piso de arriba los forenses habían acabado de investigar la habitación de Carlos, y pasaron a la habitación de los padres, aunque no tenían muchas esperanzas de encontrar alguna pista. Cuando salieron de la habitación Tym cerró la puerta suavemente e hizo una llamada.

-¿Mel? Necesito tu ayuda.

 

-Un informante me ha dicho que habían visto a Carlos varias veces comprar Novo, pero en bolsas pequeñas, con eso no se puede morir nadie. Tampoco han hecho ningún pedido exagerado en las últimas semanas. O el asesinato lo prepararon con demasiada antelación o lo compraron en otra parte.

-Voy a hablar otra vez con Mara, quizá sepa si había comprado en otra parte o…

-No podemos encerrarlos aquí más tiempo, Will. Se están poniendo nerviosos, saben que ya les hemos interrogado a todos. Además seguro que a estas horas todo el pueblo lo sabe.

-¿Y qué hacemos? El asesino debe estar entre ellos, no podemos soltarlos a todos así como así.

-Solo te digo que no tardes mucho.

El móvil de Will sonó, había recibido un mensaje de Tym diciéndole que subiera, que había resuelto el caso.

Cuando Will y Mata entraron en la habitación Tym estaba mirando un vídeo en el que salía Carlos hablando. Lo paró y les explicó que había conseguido entrar en “el Chubasquero Rojo”, donde había encontrado un chat con una tal “JirafaNegra”. Había hablado con la jirafa de preparar su suicidio, ya tenía el Novo preparado y había ocultado todas las pistas que pudieran incriminarlos. Después de explicárselo todo, puso el vídeo desde el principio y lo vieron los tres.

-Hola a todos. Si estáis viendo este vídeo es que estoy muerto. Bueno sé que es un cliché, pero es la verdad. ¿O no? También quiere decir que la policía ha atrapado a alguien, una persona que es inocente. La policía no ha podido resolver el caso, y al ser tan incompetentes como son han atrapado al primero que pasaba, seguro. Pues estoy aquí para contaros la verdad: nadie me ha matado. Nadie aparte de mí. Durante estos meses he estado guardando un poco de Novo cada vez que compraba, hasta llegar a la cantidad necesaria para morir. Vi en las noticias que la muerte es bastante plácida, te sumerges en tus alucinaciones mientras y no sientes nada mientras empiezas a convulsionar y tus órganos se apagan. Y la policía no ha podido averiguar nada de esto. Si esto no os demuestra su inutilidad no sé qué lo va hacer. Vivimos tranquilos sabiendo que están ahí para protegernos, pero eso no es verdad. ¿Cuántos culpables vagan ahora mismo por las calles? No quiero ni saberlo. Todos os acordáis de Ariane. Su padre la mató y, ¿qué hicieron los polis? Hasta que otra chica no sufrió por su culpa no hicieron nada con él, y tan solo lo enviaron a un psiquiátrico. Ese hombre merece pudrirse en prisión hasta el fin de sus días. Que recaiga sobre vuestras conciencias.

 

Los invitados fueron saliendo, aliviados, y cada uno se fue a su casa. Los tres policías estaban hablando en la cocina, decidiendo qué dirían a la prensa, cuando Mara les interrumpió y Will salió fuera a hablar con ella. Will le hizo prometer que no se lo diría a nadie y le contó todo lo que habían descubierto. Mara no dejó de repetir que no, que Carlos ni hubiera hecho algo así.

-La ira es un arma demasiado fuerte.

Will la abrazó y ella se fue. Poco después desalojaron la mansión y cerraron la puerta a cal y canto.

 

Cuando Mara llegó a casa sus padres ya estaban durmiendo. La única que le saludó fue su gata, que estaba estirada en su cama. Se desmaquilló y se puso el pijama. Encendió el ordenador y se metió en “el Chubasquero Rojo”. Borró todos los mensajes que había enviado a Carlos e incluso eliminó el vídeo, ya no lo iba a necesitar. Canceló su cuenta y cerró el portátil.

 

La fiesta que la residencia de ancianos es real, y es muy molesta. Se pasan toda la tarde y parte de la noche con la música a tope y haciendo ruido. Nunca he hecho esta “anti-fiesta”, pero no sería mala idea. Para que después digan de los jóvenes…

Guillermo Domínguez