Marina·Relatos

A más ver

¿Es que debo resistirme a la inspiración? Me disculpo si esta os ha ofendido, pero no me arrepiento. Somos viejas amigas, aunque no me visite ya tanto como antes. Creo que le preocupa algo. Tenemos confianza pero quiero darle tiempo. Cuando nos encontramos, de repente, sin planearlo, como siempre, nada parece haber cambiado y podemos estar horas, días, ¡incluso semanas!, retozando entre sábanas de papel y besos de metáforas. Después se marcha, ni siquiera se despide, aunque no se lo echo en cara. Ella es así y yo la quiero a su manera. Necesita tiempo. Quizá visita a otras amigas, lo comprendo. La espero y aunque lo intente, no consigo placer igual sin ella, ni nada puede llevarme al orgasmo más que sus palabras. Me las susurra al oído, qué voz. A veces habla tan deprisa que no tengo tiempo de escribirlo todo u olvido alguna de sus mejores citas.

Hoy ha venido a verme. Ha sido breve. Sus abrazos eran agridulces y algo melancólicos. Me besaba diciéndome adiós.

Marina R. Parpal

Marina·Relatos

Caja sorpresa

En el centro, hay una caja.

Una caja con forma de cubo, pintada con colores alegres y con dibujos infantiles. Nadie la ha abierto aún, aunque tú conoces su contenido. Pocos lo intentan en realidad. Es bonita y promete felicidad, ¿para qué arriesgarse a no encontrar lo esperado en su interior? Quien se arriesga lo hace con ternura, buscan el cierre, pero solo tú tienes la llave. Y quieres ayudar, de verdad que sí, pero el miedo te lo impide.

ABRIR LA CAJA ESTÁ PROHIBIDO.

Y si alguien la quiere forzar con insistencia, la tapa salta y un sonriente payaso de mofletes colorados rebota con un muelle. Todos se divierten, míralos. ¿Por qué tienes esa cara de asustado? Lo sabes. El payaso es solo un fantasma, oculta el verdadero contenido. Te dices que eso es bueno, pero odias al payaso. Sonríe y, sin embargo, te produce terror.

LO QUE HAY EN LA CAJA NO ES NORMAL.

Cállate. Mátalo. Mata el payaso. No importa si eso te hace flotar. Coges el puñal, la mano te tiembla.

LO QUE HAY EN LA CAJA ES DIFERENTE.

Acercas el arma a la estúpida cara de alegría .

ES RARO. Sigue leyendo “Caja sorpresa”

Marina·Relatos

Un pequeño error

Una escuela cualquiera en la Tierra

Miércoles 08:55

Marta saludó con alegría a sus compañeros. Tenían un nuevo juego: no hablaban en voz alta y se comunicaban en secreto. Era muy divertido. Sabían todo lo que pensaban los profes y podían usarlo en su favor. Como con Claudia, la aburrida profe de historia. Había sido mala con la mamá de Lidia, así que la habían castigado y no había vuelto al cole. Ahora planeaban castigar a Marcos, el profe de gimnasia, por haberse reído de la barriga de Leo la semana anterior. Ese nuevo juego era genial.

Una de las salas de control en Bode

Trijornada 45.67

Z14 observó la pantalla con asombro y abrió ligeramente la boca, casi como si pretendiera soltar una exclamación sin atreverse a llevarla a cabo. Volvió a cerrar la boca y se puso a teclear con locura. Dos minutos más tarde su miedo se confirmaba y se pasó el tentáculo derecho por el rostro. Cogió la pantalla de desacoblación con la información y sin decir nada se la entregó a su superior. Las ventosas de este se contrayeron y sus cuatro ojos amarillentos lo fulminaron.
-¡Z14, esto es intolerable! -profirió sin ningú disimulo. El resto del equipo se giraron ipso facto con sorpresa -¡Intolerable! -repitió.
-No sé… No sé cómo ha podido pasar -la voz apenas le salía en un hilillo. Algunos compañeros se dirigieron una mueca de burla al verlo meter la pata de nuevo -. Por lo visto no revisaron el historial médico.
-¿Y cómo pudo pasar por el escáner?
-No… No lo sé… Sigue leyendo “Un pequeño error”

Marina·Relatos

La orquídea negra (Marina)

Este relato lo escribí para el reto Inventízate de El Libro Del Escritor (ELDE) y debía cumplir los siguientes requisitos: Llevar por título La orquídea negra, que se mencionara el título, que rompiera un cliché, que un personaje llevara un libro y que tuviese 500 palabras.

La vio de lejos en el otro andén y se puso las gafas por inercia, buscando el color de sus ojos. Un tren le impidió descifrar si eran azules o verdes y cuando el enorme y trepidante vehículo desapareció hacia las montañas, ya no quedaba rastro de ella.
Dejó caer las gafas y estas le golpearon el pecho, prendidas del cordón, y volvió la vista al libro, solo para cerrarlo medio minuto más tarde, consciente de haber leído la misma línea quince veces. La visión de esa sirena errante lo había descolocado por completo y una extraña desazón había conquistado su alma.
Su tren llegó y se levantó con el desánimo de quien ha saboreado la derrota. Alguien tiró del codo de su chaqueta mientras subía y al girarse se encontró con una aparición mística.
-¿Has vuelto? –apenas le salió la voz. Ella asintió.
-Debía hacerlo. La razón me hizo subirme a ese tren pero algo más profundo –no se atrevió a decir qué – me ha hecho volver. Adán, ha pasado tanto tiempo…
-¿Me conoces?
¿Era eso lo que había despertado su interés? El lejano recuerdo de un deseo olvidado, quizá.
-Eva, del campamento de verano del 93 –pareció decepcionada pero no perdió la sonrisa -. Cuando me has mirado he sabido inmediatamente quién eras. Me diste mi primer beso…

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Marina·Relatos·Sin categoría

Oro negro

Hacía tiempo que Cristalina no se encontraba demasiado bien. Era por el agua, lo sabían todos, empezaba a enfermarlos. Lo había anunciado el chamán de la tribu, Solaris, en una de sus expediciones al más allá. Se dirigía hacia la luz y desaparecía bañado en ella. Cristalina siempre rezaba para que volviese y sabía que el resto hacían lo mismo, sin Solaris la tribu caería en la anarquía más absoluta.

Pero el agua se estaba contaminando y los asustadizos habitantes de Pacífica cada vez estaban más inquietos. Solaris no les daba ninguna explicación, solo mensajes de esperanza que empezaban a no ser suficientes y la gran jefa les pedía que confiaran en el viejo chamán. Cristalina empezó a coger grandes bocanadas e intentar respirar con normalidad, tosió un par de veces y consiguió calmarse. Le dolía la cabeza y sentía un malestar en el estómago, así que nadó de vuelta y se dirigió a la aldea.

Escama Dorada, la gran jefa, había heredado ese título de su madre. Solo los ancianos recordaban ya su nombre real y podían distinguirla de la que fue su antecesora. Era firme y severa pero también piadosa y amable con sus vecinos. Tumbada en un sillón hecho de esponjas de mar y decorado con las más delicadas conchas, recibía las peticiones diarias de los habitantes con una sonrisa que no se expandía demasiado. Pardo, un viejo al que le achacaba un tremendo dolor vertebral, le exponía con pelos y señales su dolencia, olvidando que el día antes ya había acudido a ella con exactamente el mismo relato y que la gran jefa ya le había resuelto el problema. Aun así, Escama Dorada esperó pacientemente a que acabara y le repitió la misma solución: construirían más bancos de esponjas en los que poder descansar en toda la aldea. Pardo se lo agradeció y se despidió entre quejas de dolor. Malva se disponía a entrar en el salón central cuando alguien le pegó un empujón y se le adelantó. Cristalina se había precipitado hasta el sillón, casi cayendo sobre la gran jefa. Esta se levantó de golpe, dispuesta a reprenderla por su comportamiento alocado y su falta de respeto, pero la joven sirena tenía los ojos inyectados en sangre y parecía estar ahogándose. Durante un segundo, Escama Dorada olvidó su título y se sintió simplemente Turquesa, una asustadiza habitante de Pacífica, pero reaccionó a tiempo y agarró a Cristalina por la cintura golpeando su fuerte cola para impulsarse hacia la cabaña de Solaris.

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Marina·Relatos

Después del ocaso (2)

Podéis leer la primera parte AQUÍ.

Esta vez se despertó y se echó a llorar, temblando, sintiendo aún el cosquilleo de su cuerpo. Gritó, se arrancó la ropa y vomitó sin poder contener las náuseas. Por supuesto, la habitación estaba impoluta y cuando se sintió mejor y se volvió a vestir, el vómito ya no estaba, su ropa no tenía manchas y el dolor había desaparecido por completo.

¿Eran pruebas progresivamente peores? No se le ocurría nada más horrible que lo que acababa de vivir. Se preguntó si había fallado la prueba de la ballesta y esa había sido la consecuencia. O quizá no tenía nada que ver. No llegaba a comprenderlo.

-¿Cómo te encuentras? –Caleb había aparecido de la nada.

-¿Qué es todo esto? Tengo miedo –las lágrimas le salpicaron las mejillas. El hombre le ofreció los brazos y ella lo abrazó, hundiendo la cara en su pecho robusto, buscando consuelo en la única persona que se preocupaba por ella.

-Lo estás haciendo muy bien.

-¿En serio? No he hecho nada, solo…

-Está bien –la interrumpió -. Ya te he dicho que no había una forma correcta o incorrecta de hacer las pruebas. No buscan una respuesta o reacción, solo examinar. Pero cada vez será peor –la advirtió.

Carlota se puso a temblar.

-No puedo, no puedo… -él la cogió por los hombros y la obligó a mirarlo.

-Escucha, estás muy cerca, ahora tienes que seguir haciéndolo así -¿pero no había dicho que daba igual lo que hiciera? Carlota no entendía nada y se echó a llorar – Mira, si estas pruebas te superan, ni te imaginas lo que te espera allí abajo –Caleb la soltó y suspiró, la chica no dejaba de sollozar -. Está bien, cálmate. Mira, no debería decírtelo, pero sé que tienes motivos para ser positiva –ella lo miró con los ojos rojos, sorprendida, y lo abrazó. No podía creérselo.

-Gracias, gracias, gracias -el alivio que sintió fue tan grande que no podía dejar de repetirlo -. Me has dado esperanza, justo lo que necesitaba.

Caleb sonrió y le dio una palmada en la espalda antes de apartarse.

-Lo sé, lo sé. Los humanos y la esperanza. Es extraordinario como unas simples palabras pueden llevaros del llanto a la alegría sin que nada mejore realmente –y se esfumó como era habitual en él.

Más animada, Carlota decidió que no podía dejarse llevar por los delirios que esa habitación empezaban a causarle. El murmullo de la calle que se adivinaba en el ventanuco y las sombras de la puerta, la mantenían obsesionada con salir, con saber qué había fuera. Nunca se apagaban las luces y nunca se hacía de noche, aparentemente, así que no podía calcular el tiempo. Para acabar con la desidia, empezó a contar los segundos marcando el tempo con el pie. Sabía que sus intervalos no serían exactamente iguales, pero al menos se haría una idea del tiempo que pasaba. Cuando llevaba cuatro horas, según ella, haciendo eso, se cansó. Le vino una canción a la mente y empezó a cantarla y a bailar. Sí, no había nada en la habitación pero ella estaba ahí y su mente y su cuerpo eran una fuente inagotable de recursos, la imaginación no se le acabaría nunca. Apartó la semilla de un pensamiento, que quería recordarle que un exceso de dependencia de su mente en esas circunstancias podía llevarla a la locura, antes de creérselo.

Oyó un ruido y se giró bruscamente. La puerta, había oído la puerta. Pero cuando se giró, esta se cerraba con un clic, impidiéndole ver el exterior. Ignorando el ser que había entrado, corrió hacia ella y tiró del picaporte. Volvía a estar cerrada a cal y canto. Suspiró y prestó atención a la extraña criatura que la miraba con algo de sorpresa. Era un ser bajito y peludo. Parecía un oso pequeño, pero tenía rasgos humanos. No podía saberse si era macho o hembra y tenía una larga cola de rata. Sigue leyendo “Después del ocaso (2)”

Marina·Relatos

Después del ocaso (1)

Me ha quedado demasiado largo para una entrada, así que la semana que viene colgaré la segunda parte.

La mujer cruzó las piernas lentamente, largas y bien cuidadas. Con un gesto estudiado, se estiró la falda roja, fingiendo que se cubría la rodilla para llamar su atención sobre ella. Después hizo una especie de carraspeó suave y parpadeó, siempre con la mirada fija a la carpeta que sujetaba.

-¿Cómo calificaría su experiencia según los siguientes parámetros: agradable, monótona, desagradable, aterradora u horriblemente dolorosa?

Carlota dudó un instante y miró a su alrededor antes de contestar. La habitación blanca, iluminada con una luz blanca y brillante que nunca se apagaba. Una puerta translúcida que solo dejaba adivinar sombras que cruzaban por delante, una cama sin sábanas contra la pared y un ventanuco alto que daba a la calle, era todo lo que había. La mujer se sentaba en una silla que había aparecido junto a su inesperada presencia.

-De momento diría monótona. Pero empieza a ser desagradable.

-¿Puede describir exactamente qué es lo que le produce la incomodidad? –preguntó mientras apuntaba su respuesta anterior. Carlota se levantó de la cama y paseó por la habitación buscando las palabras. Señaló el ventanuco.

-Esto, por ejemplo. Puedo ver los pies de la gente pasando por la calle, oigo murmullos, pero nunca puedo entender lo que dicen. O la puerta. Veo gente, sé que hay gente. Pasan por delante todo el día. Pero solo son sombras. Si esto va a durar mucho más, voy a volverme loca.

-¿Cuánto tiempo cree que lleva aquí?

-Sin saber si es de día o de noche no sé decirlo con seguridad. Un par de días, supongo. Quizá menos.

La mujer no respondió, solo siguió apuntando.

-¿Qué cree que es peor: el sufrimiento físico o el psicológico?

Carlota dudó un instante.

-El psicológico, supongo. No lo tengo claro. Depende del tipo de dolor físico, ¿no? –la mujer la miraba impertérrita –Pero al menos si te pegan tienes a alguien a quien culpar. Si tú eres la única responsable, ¿cómo luchas contra ello?

-Gracias por sus respuestas –le sonrió falsamente -. Queremos ofrecer el mejor servicio.

Se levantó, se acercó a la puerta y desapareció. Carlota se frotó los ojos, ¿había o no había abierto la maldita puerta? Sin una respuesta clara, se dejó caer en la cama con un suspiro.

Aburrida, solo pensando. No tenía sueño, no tenía hambre, no tenía ninguna necesidad y, por primera vez en su vida, deseaba tenerlas todas. Sentir el dolor del hambre, la desesperación del sueño, algo. Cualquier sensación diferente al tedio de ese lugar era bienvenida.

Oyó un ruido y se incorporó de un salto. De nuevo, alguien había entrado sin que ella lo viera. Y la puerta seguía cerrada. Esta vez se trataba de un hombre de tez oscura y sonrisa arrogante. Cruzaba los brazos y se adivinaba la musculatura trabajada bajo la chaqueta de cuero.

-Hola, Carlota –la saludó una vez esta se había recuperado de la sorpresa.

-¿Quién eres? –la mujer no le había respondido y dudaba que el hombre lo hiciera.

-Soy Caleb, tu guía –se equivocaba -. ¿Sabes dónde te encuentras? –relajó la postura y adoptó un tono amable, casi amistoso. Sigue leyendo “Después del ocaso (1)”