52 Retos·Guille·Relatos

#2 Meta

Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.

En el local huele a tabaco y a sexo, una combinación que nunca me ha desagradado. Doy una vuelta por el sitio, esquivando a salidos babeantes y a camareras en top-less, cuando la veo bailando alrededor de un poste. En cuanto ella me ve le hace una señal al dj, que da paso a Tatiana, una “joven rusa que acaba de llegar de su fría patria para calentaros a todos vosotros”.

Donde antes no había nada ahora se ha puesto unos tejanos y una camiseta que le va grande. Se acerca corriendo y me da un beso, que sabe a distintos tipos de alcohol.

-Conque Angelique, ¿eh? Siempre supe que tenías algo de celestial.

-Hay que innovar de vez en cuando. ¿Y qué te trae por el paraíso? -dice entusiasmada, guiñándome un ojo al referirse al nombre de este antro más bien infernal, quitándole el puesto al bar de al lado-.

-Pasaba por la ciudad y me apetecía hacerle una visita a una vieja amiga.

-Y tan vieja, qué hace ya, ¿5 años desde la última vez que nos vimos?

-Eso parece.

-Ese fue un gran verano, no nos poníamos la ropa ni para salir a la calle, prácticamente -me mira a los ojos mientras se muerde el labio-.

-¿Y tú no decías que esto sería un trabajo temporal? Creía que sería solo para pagar la carrera, pero parece que le has pillado el gusto.

-Dejé la carrera hace años, sabía que ese mundo no era para mí. Desde entonces he trabajado aquí, es un buen trabajo, ¿sabes? El sueldo no está nada mal, y en cuanto un tío se pasa conmigo aparece Carlos y se lo lleva a rastras.

-Sí, ya me he fijado en el armario que hay en la puerta, no te quitaba la vista de encima.

-Es un buen tío, y cuanto más se fijen mejor, más dinero que me llevaré al cerrar.

-¿No has pensado nunca en buscar otro trabajo? Tiene que haber algo más en la vida aparte de poner cachondos a todos los borrachos del pueblo.

-Estás empezando a sonar como mi padre, y ya sabes cómo lo odio. Además, tú no eres la más indicada para hablar sobre la vida de los demás sabiendo qué haces para ganar dinero…

-Tienes razón, retiro lo dicho. No he venido a discutir.

-¿Y entonces a qué has venido? Creía que te iba bien en Ítaca, no sé quién me lo dijo.

-Tú lo has dicho, me iba. Pero entonces apareció mi hermana de la nada a joderlo todo.

-Uff ya me acuerdo de tu hermana. No he conocido a nadie más cabrona que ella.

-Eh, con mi familia no te metas, zorra.

La miro a los ojos, pero la cara seria no dura demasiado y estallamos en carcajadas.

-Me pilló con una chica en el ballet y, bueno, digamos que no pudo aguantarlo y me empezó a gritar en medio de la calle. La chica se enteró de cómo es mi vida y me quedé en la calle y sin haberle sacado nada. Estuve en un motel unos días hasta que me cansé. Y aquí estoy.

-Perdón, me he despistado. ¿Ballet? Sí que te has vuelto repipi.

-Es lo que toca cuando sales con ricos, te tienes que adaptar a ellos si quieres sacarles los cuartos. Pero en verdad no he venido solo a visitarte… Quería pedirte perdón.

-¿Perdón? María, ya está…

-Eli -la interrumpo-, llámame Eli, por favor.

-Está bien. Eli, ya está todo perdonado desde hace tiempo. Entiendo por qué lo hiciste, en serio.

-Pero no quería hacerlo. Llevo toda mi vida huyendo de los problemas, aún sigo preguntándome por qué huí de lo mejor que me ha pasado en la vida. Con esto quiero acabar la carrera. Si pudiera volver atrás plantaría cara a mis padres y seguiría contigo, te lo prometo.

-Joder, tía, me vas a hacer llorar al final -la veo limpiarse la comisura del ojo con el dorso de la mano-. Mira, como la noche parece demasiado tranquila voy a proponerte un trato: si montamos una escena te perdono.

-Acepto -digo mientras le estrecho la mano-. ¿Qué tienes pensado?

-Tú sígueme el rollo.

Y entonces me abofetea la cara. Me guiña un ojo y se levanta, dando un golpe en la mesa.

-Que sea la última vez que me pones los cuernos, ¿me oyes? Estoy harta de encontrar mujeres desnudas en nuestra cama.

-Espera -me levanto yo también, intentando no reír-. Tú estás siempre en este bar y cuando vuelves a casa estás cansada, ¿qué quieres que haga? Es como si ya no tuviera novia…

-¿Y por eso tienes que buscarte mil novias diferentes? Las cosas se hablan, ¿sabes? Pues que sepas que yo me tiré a tu hermana.

-¡¿Qué?!

Agacho la cabeza para que no me vean reír y la empujó intentando no lanzarla muy lejos, pero una camarera se pone en medio y las dos chocan, haciendo que se caiga la bandeja que llevaba la camarera. Voy a pedirle perdón cuando la veo sonriendo mientras la recoge. A nuestro alrededor todo el mundo está callado, expectante. Ni siquiera la chica que está en el escenario se mueve. Sara (o Angelique) se lanza hacia mí y me estira del pelo, quitándome la goma y dejándolo libre. Yo le estiro de la camiseta, desgarrándosela, por lo que se la acaba quitando. Me coge de un brazo y con una llave de cadera (¿cuándo ha aprendido a hacer algo así?) me tira al suelo sin hacerme daño. Me agarra una pierna y me arrastra por el suelo, llevándose mis pantalones por el camino, que se quedan atrapados en mis pies por culpa de los zapatos. Con un par de movimientos con los pies me quedo en bragas. Sara le hace un movimiento casi imperceptible con la cabeza al barman, que quita todas las botellas y vasos de la barra. Seguimos “peleándonos” hasta que llegamos al lado de la barra, la cojo de la cintura y la subo sobre ella. Y nos empezamos a besar. Nos quitamos la poca ropa que nos queda y yo me coloco encima de ella. El bar sigue callado. Sara resigue con el dedo el tatuaje que tengo en el cuello.

-Te perdono -me dice al oído mientras yo le beso el cuello-.

Seguimos así un rato hasta que Sara se sienta en la barra al público.

-Lo que viene ahora es cosa de pareja.

Me coge de la mano y me lleva hasta el camerino y seguimos por donde lo habíamos dejado hasta que cierran el local. Fuera Sara insiste en que me quede en su casa, que, aunque la cama es pequeña, podremos dormir bien. Al final acaba desistiendo y me dice un hostal que hay cerca, Chastilla, donde no ha estado nunca dicen que es barato. Nos despedimos con un beso y la veo alejarse con el coche.

-Hola.

Me giro y veo a un hombre trajeado a mis espaldas, sonriendo. Lo reconozco, ha estado todo el rato al fondo del bar, bebiendo, sin babear ni ponerle billetes a ninguna chica en el tanga.

-No quiero molestarte, pero tu actuación me ha parecido genial. Me gustaría saber si quieres trabajar para mí.

-No sé quién eres y no voy a trabajar para ti.

-Oh, mierda. Me llamo Víctor, soy el dueño del local. Creo que debería haber empezado por ahí… -se rasca la cabeza y se le notan rojas las mejillas-.

-Pues creo que sí -le sonrío, se le ve muy avergonzado-. Pero mi respuesta sigue siendo la misma, lo siento.

-No se pierde nada por intentarlo. Por si decides cambiar de opinión, aquí tienes mi tarjeta.

Me la da y me estrecha la mano. También se aleja con el coche. Yo voy andando hasta el hostal, siguiendo la vía del tren, tal y como me ha dicho Sara. No tardo en encontrarlo. Después de golpear la mesa varias veces aparece una mujer en albornoz, que me mira con mala cara, pero acaba dando la llave de una habitación. Subo las escaleras y abro la puerta, tras la que hay la habitación más cutre que he visto nunca. Ni siquiera hay almohada. Me estiro con ropa sobre la cama (no quiero saber qué puedo pillar en este sitio) y pongo el brazo bajo la cabeza. Suspiro e intento dejar la mente en blanco, si empiezo a pensar en este sitio de mierda no dormiré nada. Entonces oigo un ruido bajo la cama, creo que es una rata. Ahora sí que puedo dar el sueño por perdido. Rebusco en el bolsillo y saco la tarjeta de Víctor. Le llamo.

Guillermo Domínguez

Guille·Relatos

Cornisa

La ciudad descansa bajo sus pies, que cuelgan en hacia el abismo. Bajo ellos veía a la gente pasar de un lado a otro, sin tener consciencia de la chica que estaba a punto de caer sobre ellos. Había subido muchas veces a aquel edifico abandonado, preparado para lo que estaba a punto de hacer. Esperó hasta que vio que había menos gente y se preparó para tirarse.

-Hola.

Se giró tan rápido que perdió el equilibrio y por poco se precipitó al vacío, pero la chica que le había hablado corrió hacia ella, la cogió del brazo y con una fuerza inusitada la levantó y la devolvió al tejado. Su salvadora vestía toda de negro, tanto la chaqueta con capucha, como los pantalones y los zapatos. Tras la capucha se le veía un poco la cara, morena, y los ojos verdes que la estaban mirando fijamente.

-Aún no es tu momento -dijo la encapuchada mientras se giraba y recogía un arco y un carcaj que Vit no había visto hasta entonces y se los colocó a la espalda-.

-¿Eres la muerte?

-No, tan solo soy una de sus ayudantes.

-¿Eres un demonio?

Su salvadora se la quedó mirando un buen rato hasta que se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras.

-Espera -dijo Vit-. ¿Quién eres? ¿Por qué me has salvado?

-No soy nadie. Y no podía dejarte morir, tienes aún mucha vida por delante.

-Por favor, no te vayas. No me puedo quedar sola ahora mismo.
La cazadora la miró con la misma cara inexpresiva y fue con ella. Vit se sentó en el

centro del tejado con las piernas cruzadas y la chica la imitó a cierta distancia. Se quedaron horas hablando. O más bien Vit hablaba y la chica (que tras mucho insistir dijo que se llamaba Asenet, aunque hacía milenios que no la llamaban así) contestaba con monosílabos y poco más. Al final quedaron el día siguiente en el mismo sitio a la misma hora, Vit no empezaría las clases en la universidad hasta unas semanas más tarde. Vit bajó la primera, y cuando vio que Asenet no la seguía volvió a subir al tejado. Pero allí no había nadie.

No sabía cómo, pero Asenet siempre llegaba la primera y se marchaba sin que Vit la viera. No tardaron demasiado en enamorarse. Ambas estaban muy solas, se comprendían entre sí. Poco a poco se fueron confesando sus sueños y miedos. El padre de Vit había muerto en el fatídico accidente de tren que había acabado con tantas vidas y había dejado gran cantidad de heridos. A Vit le costó mucho que Asenet le confiara su historia. Al fin y al cabo, no era humana. Lo había sido hace muchísimos años, hasta que murió por una plaga. Había sido una sacerdotisa muy importante, de ahí que al morir la consideraran para su puesto de trabajo actual. Era una Cazadora, una especie de demonio que se encargaba de llevar a las almas errantes al otro lado. Sus flechas solo herían fantasmas, le dijo. Ella se encargaba de casi toda Fara, y estaba muy alta en los rangos de Cazadores.

-Si pudieras ver otros planos de existencias me verías como soy realmente.

-¿Y cómo eres?

-No es fácil de explicar. Bueno, tengo alas.

-¡¿Qué?!

También le habló de la Muerte, que no era más que un funcionario, y de la bestia que se escondía en el bosque. Era una zona prohibida para los Cazadores, aunque sabía que había almas perdidas allí.

El verano se acabó y las clases volvieron a empezar, por lo que tuvieron que pasar sus citas a la tarde. Y como un día encontraron botellas de alcohol rotas y colillas por el tejado empezaron a quedar en casa de Vit. Sus padres trabajaban hasta tarde, tendrían la casa libre durante mucho tiempo. A partir de ahí su relación se hizo más estrecha. Vit nunca se lo mencionó, pero tenía la sospecha de que Asenet la vigilaba por las noches desde otro plano, notaba su presencia. Y al final hicieron el amor. Si Vit hubiera podido ver otros planos habría visto las alas de Asenet extenderse cuando llegó al orgasmo.

 

-Los errantes están aumentando en Fara y alrededores.

-¿Y eso?

-Alguien no está haciendo su trabajo.

-¿Ella? Lo dudo, siempre ha sido constante. Quizá le pasa algo raro.

-Le he preguntado, pero siempre responde con evasivas. Enviaré algunos cazadores a que la sigan, no podemos permitirnos esto. No ahora.

-¿Ya vuelves con lo mismo? Acaba con esto de una vez o seré yo el que acabe contigo.

 

Asenet le había dejado una nota a Vit en su habitación, diciéndole que ese día no podrían verse. Ahora estaba sentada en el mismo tejado donde la había conocido, esperando. No eran muy sutiles, sus perseguidores. Aunque habían ido cambiando de plano cada cierto tiempo podía oír sus alas batir. Al fin y al cabo, los había entrenado ella. No sabía cuánto tiempo llevaban siguiéndola, no si conocían la existencia de Vit, pero no podía volver a verla hasta que hubiera arreglado eso.

Se levantó y abrió sus alas. Dio un paso atrás para impulsarse y cuando estuvo a punto de volar, estiró el brazo y cogió del cuello al cazador. Lo trajo hacia su plano y a su alrededor aparecieron más cazadores al acecho.

-¿Por qué me seguís?

-La Muerte nos lo ha ordenado -dijo una de las cazadoras-. Dice que no estás haciendo tu trabajo y teme perderte. Ya nos hemos tenido que encargar de un alma que llevaba meses estancada.

-Pues volved y decidle que no me pasa nada. Es una orden.

-No podemos hacerlo -dijo el cazador al que había agarrado del cuello-. Ya le hemos contado lo de tu amiga la mortal. Ahora mismo se están encargando de ella.

-¿Qué le habéis hecho? -por instinto Asenet agarró su arco y preparó una flecha-.

-Aún nada. Se la han llevado al bosque, no vaya a ser que algún mortal nos vea.

-¿Al bosque? ¿Es que sois estúpidos?

-Solo cumplimos órdenes. Como deberías hacer tú.

Asenet soltó la flecha y golpeó al cazador con el arco en la mandíbula. Los demás se lanzaron hacia ella, pero ya había cambiado de plano y estaba volando hacia el bosque.

 

Vit estaba muerta. O eso creía ella. Alguien se le había acercado por la espalda y lo siguiente que sintió fue el frío aire del bosque donde se encontraba ahora. Veía el mundo a su alrededor, pero no podía sentirlo: ni tocar los árboles que veía ni oír los pájaros que tenían que estar allí. Quizá ni siquiera el frío fuera real. A su alrededor había gente observándola, con el mismo uniforme que Asenet. A veces, si entornaba los ojos podía ver una sombra a sus espaldas. Se apartó del árbol que no podía tocar y empezó a andar a trompicones, sus piernas no funcionaban demasiado bien, hasta que una flecha le atravesó el pie. Y entonces sí que sintió. Cayó sobre la otra rodilla y empezó a gritar, notando un dolor extremo en el pie herido. Una cazadora se acercó, le quitó la flecha y la miró a los ojos sin decir nada. Se miró el pie, pero lo que no vio fue sangre ni ninguna herida.

Pasos. Pasos de gigante. En alguna parte del bosque oyó grandes pisadas, y se dirigían hacia donde estaba ella. Los cazadores se miraron entre sí y se pusieron en formación, todos en fila apuntando hacia la distancia. Uno de ellos soltó la flecha y cogió otra del carcaj sin mirar. Vit intentó correr en dirección contraria, pero sus piernas aún no respondían como debían hacerlo, y el dolor del pie tampoco ayudaba. Cayó al suelo y por encima de su cabeza pasó un cazador, que se estrelló contra un árbol y no volvió a levantarse. Se giró aún en el suelo y vio el origen de las pisadas, aunque no podía verlo demasiado bien por lo rápido que luchaba contra los cazadores. Las flechas le atravesaban, esa bestia no era un fantasma. Parecía una persona, o al menos era humanoide, pero era muchísimo más alto y fuerte. Tenía la ropa hecha girones, unas garras que iban rajando cazadores a su paso y ojos amarillos. Y estaban mirándola.

Se levantó como pudo y volvió a correr, agarrándose a los árboles. Oía la lucha continuar a su espalda, hasta que solo oyó las pisadas que se acercaban de nuevo. No pudo ni girarse a tiempo, las garras le atravesaban el pecho. Se desplomó, no podía ni asimilar el dolor. Intentó gritar, pero su garganta no le respondía. Notó una mano gigante que la agarró de la pierna y la empezó a arrastrar por el bosque. Mientras la arrastraba vio a los cazadores caídos, o los trozos que quedaban de ellos.

Se estaba yendo. Notaba como cada vez más los pocos sentidos que le quedaban iban perdiendo fuerza. Iba a morir, otra vez. Se concentró en el dolor del pecho y poco a poco fue volviendo a la realidad. Se giró como pudo y se quedó mirando a aquella bestia. Y entonces vio como aparecía un puño de la nada y se estrellaba en la cara del monstruo. Asenet había llegado. Aquel ser soltó a Vit y se centró en la cazadora, que iba saltando a su alrededor golpeándole con su arco y sus puños. Asenet consiguió apartar al monstruo de Vit y fue volando hacia ella para llevársela de allí. Pero las garras del monstruo se cerraron alrededores de su ala, y se la arrancó de cuajo. El grito de Asenet fue insoportable. Aun así siguió luchando.

El monstruo era rápido, pero Asenet era más ágil, aunque al haber perdido un ala había perdido algo de equilibrio. Le golpeó con todas sus fuerzas en un lado de la cabeza y pareció que por fin le había herido. Pero la criatura volvió a la carga, cogió a la cazadora por el cuello y la lanzó contra el suelo. Vit cerró los ojos antes de que estampara su pie sobre Asenet.

 

-¿Ya está arreglado?

-Sí. Mis cazadores llegaron tarde, ya estaban las dos muertas, pero al menos tenemos un problema menos.

-¿Y qué has hecho con el cuerpo de la muchacha?

-Los cazadores lo habían dejado en el palacete del bosque. Cuando se deshicieron de los cadáveres de todos los cazadores muertos incineraron el de la chica. Lo que no sabemos es qué le ha pasado a su alma, se lo habrá quedado el monstruo.

-Sí, lo más seguro. Buen trabajo, no esperaba menos de ti. Hasta pronto.

-Espera un momento. ¿Cuánto tiempo llevabas planeando esto?

La chica guiñó un ojo al hombre trajeado y se esfumó.

Guillermo Domínguez

52 Retos·Guille·Relatos

#22 Sanatorio

Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.

Un extraño sonido le arrastró desde el sueño a la realidad. Abrió los ojos y se giró, en busca de la fuente del ruido. Sentado en su silla de ruedas estaba Abel babeando embobado con Peppa Pig (lo máximo que su mente destrozada podía soportar sin ponerse a llorar), riéndose con sus ronquidos característico, haciéndole parecer un cerdo como la que salía en esos momentos en pantalla. Germán se recolocó en su butaca y se puso a leer el libro que le había caído en las rodillas al dormirse. Era Misery, un libro sobre una loca de cuidado que secuestraba a su autor favorito. La doctora Iberu había hecho un gran trabajo incorporando una pequeña biblioteca en la sala común, pero por algún motivo lo único que había eran libros de terror. Germán ya había leído a Lovecraft, Shelley, algún cuento de Poe y ahora estaba a medio camino de leerse a todo King. Le hizo gracia la protagonista de Misery, lo mucho que se parecía a alguno de sus compañeros del lugar. En ese momento el protagonista estaba haciendo pesas con su máquina de escribir, pero los ronquidos no le dejaban concentrarse.

Se levantó de la butaca, le arrancó el mando a Abel de las manos y lo lanzó a la otra punta de la habitación, donde una paciente estaba jugando al solitario en el suelo. Abel se le quedó mirando, con una gota danzando en la comisura del ojo. A Germán le entraron arcadas. Solo falta que le cayera cera de las orejas para que todos sus orificios estuvieran goteando. Siempre tenía mocos, y los esfínteres hacía tiempo que no le funcionaban. Según otros pacientes le habían contado, Abel había sido jardinero en un internado para niños pijos donde se dedicaba a espiarles y hacer cosas raras en su cabaña. Le habían pillado oliendo ropa interior de la Patrulla Canina (“al menos no de Peppa Pig, eso habría sido el colmo” pensó Germán) mientras una jeringuilla sobresalía de su brazo. En el juicio había repetido una y otra vez que él no sabía lo que hacía, que una voz entre los arbustos le obligó a hacerlo. Germán se reía de los tontos que eran los jueces, creyéndose estupideces como esa. Al fin y al cabo él mismo había acabado en aquel loquero gracias a la credulidad de un juez.

-¿Qué miras, cerdo de mierda?

-¡Mierda, mierda, mierda, mierda! -Abel no paraba de gritar, ahora con la cara hecha un cuadro por las lágrimas y mocos-.

-¡Que te calles!

-¿Qué está pasando aquí? -el enfermero Titre salió de detrás del mostrador de las pastillas y se plantó en medio de la sala, donde los demás pacientes habían formado un corrillo-. Germán devuélvele el mando. Ya.

Le miró con odio, pero lo hizo, mientras soltaba insultos entre los dientes.

-Bien hecho, ahora vez que te tengo que dar tu pastilla -dijo el enfermero de espaldas, yendo al mostrador-.

-Pero no me toca hasta dentro de una hora…

-Te toca cuando yo te lo diga.

Germán se acercó y el enfermero le entregó el vaso de plástico con sus pastillas dentro. Echó un vistazo antes de tragárselas, y vio una de color verde que era nueva para él, pero se la tragó sin hacer preguntas. No quería más problemas ese día.

-Bien hecho.

 

La cerradura automática se abrió en plena noche, despertándolo. Estaba empapado de sudor y con la boca llena de sangre, que escupió en el pequeño retrete enganchado en la pared. Asomó la cabeza por la puerta: el pasillo estaba vacío. Fue dar un paso fuera de la habitación y el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor, tuvo que agarrarse a la pared como pudo. Avanzó a trompicones con los ojos cerrados, notando aún la sangre en su boca.

-Suicídate.

-No mereces vivir.

-Sé lo que hiciste el año pasado.

Germán abrió los ojos, pero no vio a nadie. Solo sombras que se arremolinaban a su alrededor y que hicieron que perdiera el equilibrio. En el suelo se tapó los oídos lo más fuerte que pudo, sin que el volumen disminuyera. “Al final la locura me ha atrapado” pensó. Se levantó y siguió caminando a pesar de aquellas desagradables voces. Cuando llegó a la esquina empezó a oír otro ruido, y este no parecía producto de su imaginación. Esperando que fuera algún doctor fue hacia allí corriendo. No era más que un cerdo enorme sentado al lado de las escaleras. El animal estaba roncando, Germán se extrañó de que nadie más hubiera aparecido para acallar ese horrible ruido.

-Hazlo.

-Acaba con él.

Se giró y entre las sombras le pareció ver algo. Una persona con máscara de cirujano y los ojos rojos. Incluso le pareció ver que estaba fumando.
Alguien o algo lo golpeó por detrás y acabó al lado del cerdo, sintiendo su aliento fétido en la cara. El ruido se había vuelto insoportable. Las piernas ya no le funcionaban. Así que no tenía otro remedio: empujó al animal por las escaleras. Vio cómo se desplomaba hacia la oscuridad que había abajo. Oyó su cuello romperse. Por fin pudo levantarse, sintiéndose el salvador de aquel manicomio, liberándolo de criaturas molestas.

 

La puerta eléctrica se abrió de nuevo, pero esta vez era para que los internos fueran a desayunar. Se desperezó mientras pensaba en la noche anterior, sin saber si era real. No recordaba cómo había vuelto a su habitación. Antes de salir escupió sangre en el retrete.
El desayuno fue tranquilo, lo que le dejó tiempo para pensar. Se centró en la imagen del doctor de los ojos rojos. Ahora pensaba que olía a azufre, pero ya no sabía si era verdad o el recuerdo ya se estaba degradando.

En la sala común todo seguía igual de tranquilo. Jugó al dominó con la señora Medina, una ancianita que seguía viendo a su hijo muerto (y al que culpaba cuando hacía trampas) y ganó las dos partidas. Cuando iban a empezar la tercera sonó una voz por megafonía avisándoles de que se presentaran todos en la sala común, que la doctora Iberu debía decirles algo.

-Tengo malas noticias -dijo la doctora cuando llegó, interrumpiendo la partida de dominó, y estaba mirando a Germán-. Esta mañana hemos encontrado el cuerpo de Abel. Muerto. -Germán giró la cabeza y vio que faltaba su silla de ruedas. Ahora entendía lo tranquilo que estaba siendo el día- Alguien lo ha empujado por las escaleras. Si habéis sido vosotros o sabéis quién ha sido, comunicádnoslo ya. No podemos dejar pasar una falta tan grave como esta.

Siguió un rato hablando de Abel y de lo horrible de ese acto, todo esto sin apartar la mirada de Germán. Cuando acabó Titre les repartió sus pastillas y los enviaron a sus habitaciones hasta la hora de comer, no les dejarían tiempo de ocio en una buena temporada.

Esta vez la locura le llegó mucho antes. Estirado en su cama, esperando que llegara la hora de comer el mundo se desmoronaba a su alrededor. Las paredes se agrietaban y el techo se elevaba hasta el infinito. Todo se volvió borroso, hasta que unos golpes lo devolvieron a la realidad. Pero ya no estaba en su habitación, sino en el juzgado. Se miró y vio que llevaba traje, y a su lado estaba su abogada. Estaba en su propio juicio.

Una testigo estaba hablando de cómo Germán había cambiado las vías de tren para que aquellos dos trenes chocaran, causando 235 muertos y 46 heridos de gravedad. Pero Germán no le estaba haciendo caso. Él se giró, intentando comprender qué estaba pasando. ¿Era un sueño? ¿Un recuerdo demasiado vívido? ¿O estaba en el infierno? Entre el público encontró dos caras conocidas: la doctora Iberu y el enfermero Titre. Estaban abrazados, llorando. Y tenían los ojos rojos.

Un psiquiatra pasó a ser el testigo y contó que lo que le pasaba a Germán era que estaba enfermo. Tras varias preguntas tanto del fiscal como de su abogada la jueza dio pasó al veredicto. Era culpable, pero en vez de ir a la cárcel iría a un psiquiátrico, donde quizá podrían curarle. Él sabía que no estaba loco. Vale, sí, había matado a todas esas personas. Pero no lo había hecho por locura, ninguna voz le había obligado ni nada por el estilo, él solo quería probar si sería capaz de hacerlo. Y lo había sido. Alguien, un alguacil supuso, lo cogió del brazo y lo levantó de la silla. Lo llevó por el pasillo del público, donde la doctora y el enfermero habían desaparecido, y lo sacó de la sala. Fuera miró a la cara a su acompañante. Era Abel. Se sacudió y consiguió liberarse de él. Salió corriendo por los pasillos del juzgado, esquivando a la gente. Se chocó contra una mujer y cayó al suelo. Al alzar la vista vio que no era más que un cadáver andante.

-Tú me mataste.

Se levantó de un salto y volvió a la carrera. A los lados del pasillo los muertos se congregaban, culpándole de su muerte. Consiguió llegar a la puerta de salida, pero Abel estaba en medio, con orejas y hocico de cerdo, roncando como siempre. Detrás los muertos se habían amontonado, formando una barrera de cadáveres. Se lanzó hacia “Abel”, lo agarró del cuello y apretó con todas sus fuerzas. Los ronquidos fueron perdiendo fuerza hasta que aquel ser dejó de respirar. Entonces las puertas se abrieron y la luz iluminó su rostro.

Se despertó en su habitación, estrangulando al celador. Entraron por la puerta dos miembros de seguridad con porras y le golpearon la cabeza. Germán soltó al celador y fue a la esquina, poniéndose en posición fetal para que no volvieran a pegarle. Los agentes le agarraron por los brazos y lo arrastraron por los pasillos, a la vista de los demás pacientes. La señora Medina le dijo a su hijo que sospechaba de Germán, nunca le había gustado. Lo encerraron en Aislamiento. Lo ataron a la cama de pies y manos y mientras Titre le hacía tragar las pastillas la doctora Iberu le contó qué le pasaría a continuación. No volvería a salir de esa habitación hasta nuevo aviso, sería controlado las 24 horas. Antes de marcharse la doctora se acercó a su oreja y le roncó tan fuerte como pudo.

 

Los días pasaban sin que él se diera cuenta. La habitación no tenía ventanas, solo podía guiarse por las rutinas de doctores y celadores. No le soltaban las manos ni para comer, un celador le ponía la comida en la boca. La doctora Iberu iba cada tarde a hacer terapia con él, le preguntaba siempre por qué lo había hecho, qué había sentido al hacerlo… Y no volvió a roncarle. Germán no paraba de preguntarse si había sido imaginación suya. Tuvo más sueños extraños, pero ninguno como el del juicio. Un par de veces se levantó en plena noche y vio una sombra en la esquina, observándole. Con los ojos rojos. Y esa vez sí que pudo oler el azufre.

 

-¿Seguro que está bien atado?

Germán abrió los ojos y vio que ya no estaba en su habitación. Estaba en una especie de quirófano, sentado en una silla atado con correas, incluso la cabeza. Titre le estaba que tuviera las piernas seguras, y cuando hubo acabado le hizo un gesto afirmativo a alguien a su espalda.

-Perfecto, ya podemos empezar.

De detrás apareció la doctora Iberu, con una máscara de cirujano y una aguja enorme en la mano. El enfermero le metió unas pastillas en la boca y se apartó, sonriendo. Se colocó en la esquina de la habitación, sacó un móvil de su bolsillo y se puso a grabar.

-Te estarás preguntado qué haces aquí, ¿verdad? Bien, lo que está claro es que eres un criminal y mereces ser castigado. En eso estás de acuerdo, ¿o no? -Germán se quedó quieto, sin pestañear siquiera-. Puedes responder, que no te vamos a morder. De momento. A lo que íbamos, te hemos traído aquí para castigarte nosotros. El infierno es un sitio duro, pero creemos que no lo ha sido lo suficiente contigo.

En ese momento Germán notó como las paredes cambiaban de color y se volvían rojas, al igual que los ojos de la doctora y el enfermero. Volvió a oír las voces que lo culpaban. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca.

La doctora se acercó a él y le chupó la cara. Colocó la gran aguja sobre su párpado derecho, aún húmedo, y el enfermero le pasó un pequeño martillo.

-Tranquilo, no te va a doler.

Golpeó la aguja con el martillo y le atravesó la cuenca del ojo. Sí que dolió. Al menos esta vez pudo gritar. Notaba una gota de sangre que caía de la herida y se deslizaba hasta su boca. El enfermero estaba riendo y le gritaba a la doctora que continuara. La doctora volvió a tirar el martillo hacia atrás para coger impulso, pero en ese momento se oyeron golpes en la puerta.

-Mierda.

El enfermero soltó el móvil y sacó un bisturí de su bolsillo. La doctora se quedó detrás de la silla donde estaba Germán, con el martillo en las manos dispuesta a atacar. La puerta se vino abajo y un policía entró pistola en mano. Titre se lanzó contra él y le clavó el bisturí en la mejilla. Otro policía apareció tras el primero y abrió fuego contra el enfermero. Los demás agentes entraron en tromba, esposaron a la doctora después de que intentara estampar el martillo en sus cráneos y liberaron a Germán, que aún tenía la aguja atravesándole.

 

-Esos dos criminales no eran más que eso. Ni siquiera eran personal de este hospital, no sabemos aún cómo consiguieron colarse y que nadie les pillara. Hemos encontrado en su organismo trazas de una nueva droga, Novo. Creemos que se la llevan dando una temporada, de ahí el extraño comportamiento que ha tenido. ¿Me está oyendo?

Germán soltó un gruñido cuando la inspectora le tapó la televisión. Estaba viendo Peppa Pig, y le encantaba. La inspectora continuó hablándole, contándole cómo habían hecho lo mismo con otros pacientes, Abel entre ellos, pero al final dejó de intentarlo al ver que no reaccionaba. Lo dejó allí, en su silla de ruedas, viendo los dibujos y gruñendo hasta que se acabó el tiempo de ocio.

Guillermo Domínguez

Guille·Relatos

Aniversario

La chica más alta arremetió contra su contrincante, con el puño derecho en alto apuntando a su mandíbula, pero la otra chica le agarró el brazo y con una llave de cadera la lanzó al otro lado del garaje. Dio un par de pasos para equilibrarse, pero no lo logró y cayó al suelo, clavándose un cristal en el antebrazo.

-Oh, mierda, ¡lo siento muchísimo, Siara!

Siara se agarró el brazo y vio como la sangre empezaba a caerle. Elisabeth, la otra chica, fue corriendo a la puerta del garaje, donde habían dejado las toallas para el sudor. Cogió una y fue con Siara. Le arrancó con cuidado el cristal, que no había penetrado mucho la carne, y tapó la herida con la toalla.

-Mantén la presión un momento mientras voy a por gasas y alcohol, ¿vale?

-Vale -dijo Siara, que ya se había sentado en el suelo-.

Antes de que pasara un minuto ya había vuelto Elisabeth con el botiquín. Limpió con cuidado la herida con alcohol, diciendo lo siento cada vez que Siara ponía expresión de dolor. Cuando hubo acabado de limpiarla envolvió la herida con gasas y le dio un beso en el hombro.

-Guau, Eli, ¿dónde has aprendido a hacer curas?

-Bueno, esto no es uy complicado. Estuve un tiempo saliendo con un enfermero que me enseñó curas básicas. También sé hacer reanimación cardiopulmonar, así que, si alguna vez tienes pensado que te dé una parada cardiorrespiratoria o algo así, avísame.

-Qué generosa. Un enfermero, una entrenadora de artes marciales. Has salido con gente interesante, ¿qué vas a aprender de mí?

-A ser preciosa -Siara le dio un golpe suave y la llamó tonta, pero antes de acabar la palabra ya se estaban besando-. Te quiero.

-Y yo a ti.

Se levantaron del suelo y Siara miró el reloj que colgaba sobre la puerta.

-Antes me has dejado a mí tirada en el garaje, así que ahora te toca a ti, espérate un momento que ahora vuelvo.

-¿A dónde vas?

-No seas impaciente. Además, si alguien se cuela e intenta robarte puedes usar tus técnicas ninjas.

Salió de allí y cerró la puerta. Mientras, Eli se sentó en el banco de herramientas con cuidado de no clavarse ninguna. Los padres de Siara habían salido esa noche de la ciudad a un acto benéfico y se quedarían a dormir fuera, por lo que Eli se había quedado a dormir en su casa. Como se habían llevado el coche tenían todo el garaje para ellas solas, donde habían empezado a practicar autodefensa hacía unas semanas. Siara le había contado lo que le había pasado con su antigua novia: un día se habían enfadado y a punta de pistola le había robado lo que tenía en la caja fuerte. Por suerte no había demasiado, tenían la mayoría del dinero en el banco. Y Eli sabía que le estaba ocultando algo, pero no se lo tomó a mal. Al fin y al cabo, ella también la estaba engañando.

-¡Cierra los ojos! -exclamó Siara al otro lado de la puerta-.

Eli le hizo caso y oyó la puerta abrirse y unos pasos acercarse. Le cogió las manos lentamente y se las abrió, dejando un papel sobre ellas.

-Ahora ya los puedes abrir.

Lo hizo y vio en sus manos unas entradas para el ballet, la obra que llevaban tanto tiempo esperando que se estrenara.

-Eres tontísima, cari -dijo Eli, y salió corriendo de allí-.

Siara la siguió, sin entender nada. La encontró en el recibidor, buscando algo en su chaqueta de cuero. Y sacó las mismas entradas. Las dos empezaron a reírse y a besarse. Cumplían tres meses juntas.

 

Cuando los padres llegaron a la mañana siguiente Eli le estaba cambiando la gasa, que ya se había llenado de sangre.

-Una noche loca, ¿eh? -dijo el padre-.

-¡Papá!

 

Los bailarines danzaban, saltaban y giraban sobre el escenario mientras la música llenaba el teatro. Eli no entendía nada. Le parecía bello, eso sí, pero no llegaba a comprender del todo el ballet. Una vez el hijo de un gran empresario la había invitado a El lago de los cisnes y al acabar, mientras tomaban una copa, le explicó todo lo que tenía que saber sobre el ballet. Mientras sonreía y asentía se pasó todo el rato pensando en qué le robaría y cómo. A ella lo que le gustaba era la pintura.

La protagonista dio un último giro antes de que el telón se cerrara y las luces se encendieran. Iba a decirle a Siara que le había parecido muy corto cuando una voz anunció por megafonía que en quince minutos empezaba la segunda parte. Salieron fuera a tomar el aire.

-¿Qué te está pareciendo? -preguntó Siara-.

-Está sobrevalorada. El director es un genio, pero la banda sonora deja que desear.

-Estás diciendo cosas al azar, ¿verdad?

-Almohada, póster, colcha.

-¿María? -una voz familiar le gritó a su espalda y Eli se giró-.

Una mujer la miraba con rabia, mientras el hombre al que tenía la mano cogida la estiraba y le decía que se fueran, que no valía la pena.

-¿Quién es? ¿Y por qué te ha llamado María?

-Siara, por favor, vuelve dentro. Yo iré en un momento.

-No te dejaré aquí sola.

-Con que esta es tu nueva víctima, ¿no? Encantada, soy Bea, la hermana de Marina -la mujer se acercó y le tendió la mano a Siara, que tras unos momentos de duda se la estrechó-.

Eli apartó con suavidad a Siara y plantó ante su hermana. Mientras su novio seguía detrás, pidiéndole por favor que se marcharan. “Su marido” pensó Eli, viendo el anillo que tenían los dos.

-¿Qué quieres?

-No quiero nada, hermanita. ¿Acaso no puedo saludarte a ti y a tu nueva novia? No me habías dicho nada de ella.

-Tú no me invitaste a tu boda, al parecer.

-¿Cómo querías que lo hiciera? No sabía cómo contactar contigo. Desde que huiste de casa solo hemos sabido de ti lo que la policía nos decía. Ha sido bastante duro para nosotros. Algunas de las personas a las que timaste vinieron a casa y todo. Por suerte mamá y papá son fuertes y no se han derrumbado.

-Primero de todo, no hui, vosotros me echasteis.

-¿Qué querías que hiciéramos? No podíamos aguantar a alguien como tú en casa.

-Segundo, nada de esto hubiera pasado si al menos me hubierais dejado en paz. Cada vez que salía a la calle veía el coche de papá o alguno de sus sirvientes. No podía ni trabajar tranquila. Al final tuve que desaparecer de vuestra vista, incluso usé un nombre falso. Parece que no fue suficiente.

-Eres una criminal, y vas a acabar en la cárcel, te lo prometo.

-¿Me vas a meter tú en ella?

No tuvo tiempo de esquivar la bofetada que le dio su hermana. Eli ya estaba estirando el brazo hacia atrás cuando el marido cogió a Bea por el hombro y se la llevó a dentro del teatro. Se giró y vio a Siara llorando.

-Por favor, dime que no es verdad.

-Lo siento…

Siara se dio la vuelta y se fue hacia su coche. Eli la siguió, llamándola y pidiéndole perdón. Cuando llegaron al coche Eli continuó rogándole que la escuchara, que antes de juzgarla tenía que oír su historia. Siara bajó la ventanilla.

-Ya he oído suficiente -la escupió desde si asiento, arrancó el coche y se fue-.

 

-Muy bien, ya está.

Eli se levantó de la camilla y se miró en el espejo. Tenía el cuello rojo, pero se podía ver bien el dibujo. Una gran M rodeada de un círculo decoraba su nuca.

-Está perfecto, muchísimas gracias.

-Y si no es indiscreción, ¿qué significa?

-Es para no olvidar mis orígenes.

Guillermo Domínguez

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#49 Solsticio

Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.

 

-Bienvenidos a todos. Me alegra ver tantas caras que repiten año tras año, aunque este haya sido uno difícil.

Carlos agachó la cabeza y posó la mirada sobre la copa que tenía en la mano. Mara le estaba mirando desde el fondo de la habitación, y cuando sus miradas se cruzaron esta le sonrió. Él dibujó una media sonrisa en su cara y continuó con el discurso, alzando la voz para que se oyera por encima de la música.

-Los que ya sois habituales de esta fiesta ya sabéis de qué va, pero esto va para todos aquellos despistados o que no habían venido hasta hoy. Cada año en Fara se celebra el Solsticio de Verano, pero no hay actos ni bailes ni nada del estilo. Los únicos que lo celebran como tal son los ancianos de la residencia que hay aquí al lado, supongo que todos habréis oído la que tienen aquí montada. Un año me cansé de tanta juerga y entre unos cuantos montamos esta “anti-fiesta”. ¡Y dada la gran cantidad de gente que ha venido hoy podemos decir que ha sido todo un éxito! -los invitados gritaron y silbaron a su anfitrión-. Durante estos años he tenido un gran grupo de amigos que me han ayudado, y junto a mí siempre ha estado Ariane. Como todos sabéis el año pasado falleció en un accidente de tráfico. Esto va para ti, Ariane.

Todos alzaron sus copas y bebieron de ellas.

-Con esto doy la fiesta por inaugurada, ahora a pasárnoslo bien y, sobre todo, ¡a demostrarles a esos ancianos quién man…!

Carlos cayó de las escaleras donde estaba y rodó hasta abajo. Se oyó un grito y los que estaban más cerca de él corrieron a socorrerle. Le dieron la vuelta y vieron como le salía espuma por la boca y todas sus extremidades se convulsionaban.

 

La policía llegó un cuarto de hora más tarde. Por suerte alguien había tapado el cadáver con una sábana, y habían cerrado la puerta para que nadie saliera. Los inspectores Vinter y Janssen anunciaron que serían los encargos de resolver el caso, y que hasta que no hubieran interrogado a cada uno de los asistentes no podrían salir de allí. Una ambulancia se llevó el cuerpo y un equipo de la policía forense metió los trozos de la copa rota de Carlos y la metió en una bolsa.

-¿Qué coño está pasando? ¿Y tú por qué estás tan tranquila? Joder, ¿No podemos ir a alguna fiesta sin que pase alguna desgracia?

Nic había logrado encontrar a Mara después del caos inicial. Ahora los inspectores se habían llevado a sus amigos Cam y Fran para interrogarlos y estaban esperando el momento de que les tocara su turno.

-Porque he estado hablando con Rita. Dice que el inspector Vinter es uno de los más competentes de todo Fara, que lo resolverá enseguida y podremos irnos. Vamos fuera, por fa, que al final me dará un golpe de calor.

Salieron a la terraza, donde la gente daba vueltas de un lado a otro, nerviosos. Miraron desde la verja y vieron a unos agentes apostados en la puerta de la mansión. Bajando aquella calle estaba el asilo con el que se estaban “rebelando”, que ya había acabado la fiesta. No sabían si era por la hora o por lo que acababa de pasar.

-Necesito volver a mi casa, no soporto estar aquí -Nic no paraba de tocarse el hombro, hacía unos años se lo había dislocado y ahora cada vez que se ponía nerviosos se lo tocaba-.

-Yo igual. Y suerte que no han venido ni Dália ni David. Rita seguro que se lo hubiera pasado bien haciendo de periodista por la escena del crimen. Lástima que esté en una gala del ayuntamiento con todos esos ricachones. Me hubiera gustado que hubiera venido, a ver si este año se saca otro pecho, que el derecho ya lo enseñó el año pasado.

-Ah, estáis aquí -Cam salió a la terraza cogido de la mano de Fran y sus amigos le hicieron preguntas sobre el interrogatorio-. Bueno es bastante parecido a los de las películas, que si dónde estaba cuando había muerto (pues con todo el mundo, le he dicho), que de qué conocía a Carlos, si sabía de algún enemigo que podía tener… Ahora creo que no están interrogando a nadie, estaban hablando entre ellos.

-Sí, a mí igual -dijo Fran-. Nos han separado y cada uno ha ido con uno de los dos inspectores. El mío me ha preguntado si sabía la contraseña de su ordenador, que no pueden entrar y no ha venido ningún informático. ¿Tú la sabes, Mara? Eres la que mejor lo conoce. Conocía…

-Mmm quizá sí, voy a hablar con los inspectores -y se metió en la mansión-.

 

-¿Alguna pista? -le preguntó Will, el inspector Vinter, a su compañero Tym-.

-Qué va, nadie sabía de ningún enemigo y parece que ninguno era amigo íntimo de la víctima. Lástima que no haya ningún mayordomo, aunque hubiera sido demasiado cliché. Pero al menos nadie ha salido de aquí, el asesino está entre nosotros -Tym puso cara seria, pero le duró unos segundos antes de soltar una carcajada-. Ahora en serio, esto es muy Agatha Christie, lo malo es que hay demasiado invitados.
-Nunca vas a escribir un libro y lo sabes.

-Hay gente que no tiene hermanas escritoras que hagan best-sellers sobre su vida.

-Hola, ¿inspectores? -los dos compañeros se giraron y vieron a una joven con el pelo castaño y rizado a la que aún no habían interrogado-. Me llamo Mara y era una de las mejores amigas de Carlos, igual puedo ayudarles.

 

Al final la contraseña había sido “pipo23”: el perro que había tenido de niño y el día de su cumpleaños. Después de un piedra-papel-tijeras le había tocado a Tym quedarse en el ordenador mientras Will interrogaba a los demás invitados. Will y Mara bajaron las escaleras mientas hablaban de la víctima. Ella le dijo que Carlos era muy reservado, de ahí que pocos de los invitados le conocieran poco. Y aún se había encerrado más en sí mismo tras la muerte de su novia Ariane. Will ya había oído trozos de la historia por algunos invitados, pero lo que no sabía era que Carlos culpaba del accidente al padre de Ariane.

-Yo no me encargué del caso, pero lo clasificaron como un accidente, esa carretera ya ha visto desgracias parecidas.

-¿Y qué me dice de cuando atacó a aquella chica unas semanas más tarde? Carlos creía que había sido una estrategia para acabar en el psiquiátrico en vez de ir a la cárcel, porque sabía que le acabarían juzgando.

Los dos iban en el coche cuando Ariane había muerto, pero el padre sobrevivió. Al no poder soportar el peso de la muerte de su hija había acabado sufriendo una especie de brote psicótico y había atacado a una chica en la calle al creer que se trataba de Ariane. Carlos lo había pasado muy mal tras su muerte y había acabado metiéndose en las drogas.

-Pero nada muy grave, nunca había tenido problemas con la policía ni nada por el estilo.

Al llegar a la sala de estar oyeron alboroto en la terraza, donde a un chico le estaba dando un ataque de pánico y gritaba que le dejaran salir.

-¡Nic! -Mara le dijo a Will que ya hablarían después, que ahora tenía que ocuparse de su amigo-.

El inspector Vinter volvió a la cocina, donde hacía los interrogatorios, y se encontró con la capitana Mata, su jefa.

-Te creías que te iba a dejar solo en un caso como este, ¿eh? Los de la forense me han dicho que ha sido fácil identificar el supuesto veneno: es Novo. No me extrañaría que más de la mitad tuviera un poco de ella encima.

Los últimos meses había sufrido una plaga de esa nueva droga. Normalmente no venía en cantidades suficientes como para provocar una sobredosis, pero ya se habían encontrado algunos casos. Era un potente alucinógeno, que provocaba sobre todo ilusiones auditivas. Will había estado esperando que se tratara de algún tipo de veneno raro y así poder identificar al asesino más fácilmente. Parecía que tendrían que quedarse más rato allí.

 

-Ya estoy mejor, gracias.

Nic hacía respiraciones lentas y profundas y se tocaba el hombro mientras un agente le calmaba. Le habían dado un tranquilizante y parecía que le había ido bien. Mara se sentó a su lado y le acarició el brazo.

-Si es que… No se te puede dejar solo, de verdad.

-Mara, ¿puedes venir un momento?

El inspector Vinter la llamó desde la puerta de la terraza y ella, tras decirle a Nic que vendría en un momento, se metió en la casa.

-Por casualidad la droga que tomaba Carlos no sería Novo, ¿verdad?

-Pues sí, ¿por?

-Hemos encontrado trazas en el vaso que estaba bebiendo. ¿Crees que la habría mezclado con el alcohol para que le subiera más?

-Que yo sepa nunca lo había hecho. Además, aún no había tomado nada, normalmente se lo guardaba para cuando el alcohol ya le hubiera subido y así notar más el efecto. Y no tomaba demasiado, o no tanto como para sufrir una sobredosis, eso seguro.

 

Tym hacía girar la rueda del ratón, bajando la bandeja de entrada del correo (que tenía la misma contraseña que el propio ordenador) en busca de algo sospechoso. Solo había mensajes de la universidad y el registro en una web porno. De pronto encontró en la papelera un cambio de contraseña para una página llamada “el Chubasquero Rojo”. Investigó en internet y descubrió que era una web de chat que confería “privacidad absoluta a sus clientes”. Utilizó la misma contraseña con la web, sin resultados. Probó a cambiar la contraseña de nuevo con el mensaje, y tampoco pudo entrar.

-¡Joder! -exclamó y golpeó en la mesa-.

Por detrás un forense se sobresaltó, pero en seguida volvió a su trabajo.

 

Mientras la capitana Mata llamaba a los inspectores más especializados en Novo Will siguió interrogando a los invitados que faltaban, pero ya había llegado a un punto muerto. Le tocaba interrogar a Nic, al que había dejado para el final por su ataque de pánico. Él le pidió a Mara que le acompañara, y esta lo hizo. No conocía a Carlos más allá del instituto, en el que ni siquiera habían coincidido en la misma clase.

En el piso de arriba los forenses habían acabado de investigar la habitación de Carlos, y pasaron a la habitación de los padres, aunque no tenían muchas esperanzas de encontrar alguna pista. Cuando salieron de la habitación Tym cerró la puerta suavemente e hizo una llamada.

-¿Mel? Necesito tu ayuda.

 

-Un informante me ha dicho que habían visto a Carlos varias veces comprar Novo, pero en bolsas pequeñas, con eso no se puede morir nadie. Tampoco han hecho ningún pedido exagerado en las últimas semanas. O el asesinato lo prepararon con demasiada antelación o lo compraron en otra parte.

-Voy a hablar otra vez con Mara, quizá sepa si había comprado en otra parte o…

-No podemos encerrarlos aquí más tiempo, Will. Se están poniendo nerviosos, saben que ya les hemos interrogado a todos. Además seguro que a estas horas todo el pueblo lo sabe.

-¿Y qué hacemos? El asesino debe estar entre ellos, no podemos soltarlos a todos así como así.

-Solo te digo que no tardes mucho.

El móvil de Will sonó, había recibido un mensaje de Tym diciéndole que subiera, que había resuelto el caso.

Cuando Will y Mata entraron en la habitación Tym estaba mirando un vídeo en el que salía Carlos hablando. Lo paró y les explicó que había conseguido entrar en “el Chubasquero Rojo”, donde había encontrado un chat con una tal “JirafaNegra”. Había hablado con la jirafa de preparar su suicidio, ya tenía el Novo preparado y había ocultado todas las pistas que pudieran incriminarlos. Después de explicárselo todo, puso el vídeo desde el principio y lo vieron los tres.

-Hola a todos. Si estáis viendo este vídeo es que estoy muerto. Bueno sé que es un cliché, pero es la verdad. ¿O no? También quiere decir que la policía ha atrapado a alguien, una persona que es inocente. La policía no ha podido resolver el caso, y al ser tan incompetentes como son han atrapado al primero que pasaba, seguro. Pues estoy aquí para contaros la verdad: nadie me ha matado. Nadie aparte de mí. Durante estos meses he estado guardando un poco de Novo cada vez que compraba, hasta llegar a la cantidad necesaria para morir. Vi en las noticias que la muerte es bastante plácida, te sumerges en tus alucinaciones mientras y no sientes nada mientras empiezas a convulsionar y tus órganos se apagan. Y la policía no ha podido averiguar nada de esto. Si esto no os demuestra su inutilidad no sé qué lo va hacer. Vivimos tranquilos sabiendo que están ahí para protegernos, pero eso no es verdad. ¿Cuántos culpables vagan ahora mismo por las calles? No quiero ni saberlo. Todos os acordáis de Ariane. Su padre la mató y, ¿qué hicieron los polis? Hasta que otra chica no sufrió por su culpa no hicieron nada con él, y tan solo lo enviaron a un psiquiátrico. Ese hombre merece pudrirse en prisión hasta el fin de sus días. Que recaiga sobre vuestras conciencias.

 

Los invitados fueron saliendo, aliviados, y cada uno se fue a su casa. Los tres policías estaban hablando en la cocina, decidiendo qué dirían a la prensa, cuando Mara les interrumpió y Will salió fuera a hablar con ella. Will le hizo prometer que no se lo diría a nadie y le contó todo lo que habían descubierto. Mara no dejó de repetir que no, que Carlos ni hubiera hecho algo así.

-La ira es un arma demasiado fuerte.

Will la abrazó y ella se fue. Poco después desalojaron la mansión y cerraron la puerta a cal y canto.

 

Cuando Mara llegó a casa sus padres ya estaban durmiendo. La única que le saludó fue su gata, que estaba estirada en su cama. Se desmaquilló y se puso el pijama. Encendió el ordenador y se metió en “el Chubasquero Rojo”. Borró todos los mensajes que había enviado a Carlos e incluso eliminó el vídeo, ya no lo iba a necesitar. Canceló su cuenta y cerró el portátil.

 

La fiesta que la residencia de ancianos es real, y es muy molesta. Se pasan toda la tarde y parte de la noche con la música a tope y haciendo ruido. Nunca he hecho esta “anti-fiesta”, pero no sería mala idea. Para que después digan de los jóvenes…

Guillermo Domínguez

52 Retos·Guille·Relatos

#30 Extraviado

Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
-Te estoy diciendo que no tendrías que haber cruzado ese puente.
-¿Y que hago ahora? ¡No puedo dar la vuelta aquí en medio!
-¡No me grites! Pues para un momento y lo miramos bien. Estúpida cobertura…
El hombre aparcó el coche en un lado de la carretera y bajaron su mujer y él. Abrieron el mapa sobre el capó y siguieron discutiendo sobre la dirección que debían tomar. Mientras su hijo miraba por la ventaba aquellos altos árboles, que parecían devolverle la mirada. Cogió su pequeño muñeco de un extraño monstruo con cabeza de flor y lo movió por el aire soltando bufidos y exclamaciones sin sentido. De pronto el niño empezó a notar una presión creciente en su entrepierna, que hasta ese momento había dejado pasar por no cortar el juego. Se bajó del coche y les dijo a sus padres que tenía pipí, y ellos solo le dijeron que tuviera cuidado sin tan solo mirarle.
El pequeño se adentró poco a poco en el bosque, buscando un árbol apartado.
-Hola.

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Guille·Relatos

Cita

Después de que la camarera se acercara a preguntarle a la niña que estaba sola si necesitaba cualquier cosa por tercera vez, se abrió la puerta y entró un hombre trajeado. Miró por encima de sus gafas hasta dar con la mirada de la niña, fue a la barra y pidió un café solo y un batido de chocolate. Cuando ya los tuvo en las manos se sentó enfrente de la chica de cabellos dorados y abrió el maletín que llevaba en la mano.
-Este mes han entrado 836 personas y solo han salido 23, creo que debemos hacer algo, cada vez está más lleno -dijo el hombre leyendo informes que había sacado de su maletín-.
-Jo, espérate a que saboree el chocolate, que siempre vas directo al grano. ¡Disfruta un poco de la vida!
La niña empezó a reírse y al darse cuenta de que no había conseguido la misma reacción en su acompañante, se puso seria.
-Perdón. Creo que tienes razón, quizá deberías aumentar las horas de castigo, a ver si de esta manera la gente puede salir antes de allí.
-No creo que funcione, he tenido mucho tiempo para probar diferentes métodos y un aumento del castigo solo serviría para romper el alma de las personas, y eso es lo último que queremos, ¿no?

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